Andrómaca, Eurípides

Tragedia de Eurípides (480-406 a. de C.) El año de la composición no se nos ha transmitido, pero es seguramente posterior al 431 (año en que se inició la guerra del Peloponeso, por la cual se explica todo el tono antiespartano de la tragedia). La fecha más pro­bable, entre las varias propuestas por los críticos, parece ser el 423. La esposa de Héctor (v.), Andrómaca (v.), ha corres­pondido como botín de guerra a Neoptólemo, hijo de Aquiles (v.), quien habiéndola tomado por concubina ha tenido de ella un hijo, Moloso, y se la ha llevado a Ftia, donde, aunque viviendo en Farsalo, todavía reina Peleo, el anciano padre de Aquiles. Pero Neoptólemo se ha unido des­pués en matrimonio con Hermiona, prince­sa espartana, hija de Menelao (v) y de Helena (v.), que no le ha dado hijos. Fu­riosa de celos y de soberbia humillada, Hermiona inventa contra Andrómaca la acusación de haberla hechizado y hecho es­téril, y mientras Neoptólemo está ausente (ha ido a Delfos como suplicante pues ha osado pedir a Apolo explicaciones por haberle matado a su padre), piensa matar a Andrómaca y a su hijo. Pero Andrómaca, luego de buscar un escondrijo para su hijito, escapa del que la busca para matarla y halla asilo en el templo de Tetis, la Ninfa que los téjalos veneraban después de su unión con Peleo y el nacimiento de Aqui­les. Todo esto es contado en el prólogo por Andrómaca, quien deplora la suerte que después de haberla privado de todo, des­pués de haberla entregado como botín de guerra al hijo de su enemigo y matador de Héctor, ahora quiere que ella tenga tam­bién la culpa de su desgracia. Ella no ama a Neoptólemo, en su corazón está todavía Héctor; pero sabe que Neoptólemo si estu­viera presente alejaría de ella y de su hijo la muerte que los amenaza.

En ausen­cia de él, piensa invocar la ayuda del viejo Peleo, y manda en secreto una anti­gua esclava suya, ahora compañera de ser­vidumbre, a informar al anciano de la des­ventura que amenaza al hijo de Neoptóle­mo y a su madre. Entra el coro, compuesto de mujeres de Ftia y, aunque expresa com­pasión por Andrómaca, la exhorta a mostrarse sumisa a sus señores; en esto Hermiona se presenta delante del templo de Tetis. El poeta la representa privada de todo sentimiento que no sea el orgullo exasperado y el deseo de humillar y ator­mentar a la mujer que tiene ante sí, pro­tegida por la santidad del templo. Encerra­da en una tempestad de odio ciego, Hermiona busca pretextos de justicia acusando a Andrómaca de bárbara inmoralidad. An­drómaca responde más sosegada defendiéndose y a su vez atacando. El poeta no ha mantenido la altura trágica de esta figura dolorida. Con su amor al realismo psico­lógico, la hace descender a menudos repro­ches, le hace pronunciar exhortaciones, avi­sos y máximas de buena conducta conyu­gal. Se suscita un altercado; Hermiona se aleja pronunciando oscuras amenazas. Sabe que puede obligar a Andrómaca a salir del templo: rogado por ella, Menelao su padre, ha encontrado el rastro de Moloso, el hijo; y aparece trayendo consigo al muchacho y afirmando que le matará si Andrómaca no sale del Templo. Andrómaca intenta demostrarle que ese delito no le conviene a él ni a su hija: Neoptólemo vendrá y la repudiará sin que ella pueda ya esperar otro marido. Menelao insiste cruelísimo y vil.

Por salvar a su hijo, Andrómaca sale llorando del templo: en el dolor, en el sa­crificio aceptado, el poeta le hace recupe­rar un tono franco de altura trágica y poé­tica. Pero Menelao le declara acto seguido que la venganza en la persona de su hijo ha sido sólo una ficción para hacerla ceder. La matará a ella, y Hermiona hará del hijo lo que le parezca. A una invectiva de An­drómaca contra los espartanos perjuros si­gue un «estásimo» que deplora «los dobles amores de los hombres». Después, la esce­na se traslada según parece frente al pala­cio real de Neoptólemo. Viene Andrómaca encadenada con su hijo, seguida de Mene­lao, y entona con el niño, un luctuoso canto llegando hasta el punto de mandar a su hijo que suplique a su verdugo. «Amigo mío — grita el niño —, concédeme la gracia de la muerte.» Pero Menelao permanece in­sensible «como roca marina». Tenemos aquí el primer efecto escénico: llega el viejo Peleo. Habla como señor y como juez; pide explicación de lo que está a punto de hacer Menelao. Menelao no acierta a decir nada, y por fin ha de ceder a la actitud enérgica del anciano que sin más preámbulos manda soltar a Andrómaca y a su hijo. Menelao se aleja amenazando que volverá y apelará a las armas. Eurípides ha creado en Mene­lao, con toda conciencia, uno de sus perso­najes más despreciables, cruel sin motivo, cobarde ante la resistencia de un anciano. En tanto Hermiona, abandonada por su pa­dre, temiendo la ira de Neptólemo, es presa de la desesperación y quiere matarse. Pero para salvarla hay otro efecto escénico ines­perado.

Llega Orestes (v.), hijo de Agame­nón, y por lo tanto primo de Hermiona, a quien Menelao había prometido tiempo atrás su hija, y luego había faltado a su palabra para darla a Neoptólemo. Este es, para Orestes que siempre ha odiado a Neop­tólemo, el momento de la venganza. Se lleva­rá a Hermiona, Hermiona consiente acto seguido en huir con él. Las últimas pala­bras de Orestes son de amenaza para Neop­tólemo. Da a entender que en Delfos el hijo de Aquiles hallará la muerte, puesto que él ha cuidado, al pasar por Delfos, crear contra Neoptólemo la hostilidad del pueblo. El coro en un «estásimo» llora sobre las ruinas de la guerra de Troya, originadas por la culpa de una adúltera. Llega Peleo y el coro le informa de la amenaza de muerte que Orestes ha lanzado contra Neoptólemo. El anciano da órdenes a sus criados de que corran en seguida a Delfos; pero ya es demasiado tarde. Llega uno de los sirvientes de Neoptólemo, y cuenta el fin del héroe, muerto, después de furiosa resistencia, por los ciudadanos de Delfos, a quienes Orestes había dado a entender que aquel joven había venido para robar los tesoros del templo. Sigue el lamento fú­nebre cantado por Peleo y el coro, sobre el cadáver del joven héroe que ha sido traído por los suyos. Para atenuar algo la desgra­cia, aparece en el cielo la diosa Tetis, que ordena a Peleo, mande llevar a Delfos el cadáver de Neoptólemo, y profetiza que Andrómaca se unirá con el priamida Hele­no y el hijo de Neoptólemo, Moloso, será fundador de una dinastía; la del rey del Epiro. Peleo será elevado al cielo al lado de la diosa que le concedió su tálamo. La tragedia consta de tres partes demasiado distintas. El drama de Andrómaca que se salva, el de Hermiona que huye, finalmente el del ausente Neoptólemo.

Estas tres partes están ligadas entre sí demasiado exteriormente. Más que la unidad de acción, falta de unidad poética, que no logra ser sostenida, por el motivo, claramente pre­sente en el ánimo del poeta, de representar el destino no sólo de Andrómaca, sino de toda la casa de Neoptólemo. Este es el prin­cipal defecto de la obra que en su conjun­to nos parece a nosotros, como a los anti­guos, de segundo orden. Los personajes es­tán trazados con el realismo psicológico de tendencia pesimista, que sustituía en Eurí­pides el interés por los valores religiosos y morales del mito; pero no alcanzan todos la misma altura artística. El motivo que más interesa al poeta parece haber sido el con­flicto de celos y orgullo entre Andrómaca y Hermiona, motivo de humilde realismo, Orestes le invite a escoger entre él y Astianax. Contra lo que esperaba, Pirro se declara dispuesto a entregar el niño y casarse con Hermiona. Orestes se desespera, Hermiona se muestra radiante de felicidad, con el más irónico desprecio para la troyana, que ahora viene a suplicarle en favor de su hijo. Pero un encuentro entre la es­clava y Pirro trastorna la situación; éste, que sigue enamorado, le ofrece casarse con ella y salvar a su hijo, el cual, si no, estaría perdido. En tal cruel alternativa, ella pa­rece que cede; pero su propósito es el de casarse con Pirro, asegurar la protección de éste a su hijo, y acto seguido darse la muerte. Ahora Hermiona, delante de aque­lla afrenta suprema, por la cual el altar preparado para ella acogerá a Andrómaca, llama a Orestes, e invocando su amor, le induce a matar a Pirro. Combatida entre orgullo y amor espera el resultado, y el retardo de Orestes enardece de nuevo su locura de venganza; pero cuando él viene a decirle que el infiel ha sido muerto, es­tallan su dolor y su amor, y rechazando al hombre que la ha obedecido demasiado («Qui te l’a dit?») corre a matarse sobre el cadáver de Pirro.

Orestes, presa de la locu­ra, se desmaya: Pilades se aprovecha de ello para llevárselo. Esta es la primera obra maestra de Racine, el primer ensayo de su teatro de pasión desnuda y realismo psico­lógico. Si bien la situación inicial ofrece un carácter complejo, intrincado, del cual de­riva el alternado movimiento de los perso­najes — dos parejas que se rechazan y vuel­ven a buscarse —, en el desarrollo hay toda una maravilla de verdad humana, y una aguda penetración, especialmente en las al­mas femeninas. Hermiona, vehemente y apasionada, es la primera de las frenéticas amantes racinianas; Andrómaca reviste la obra de un resplandor de poesía con su candor virgiliano, con los recuerdos de Ilion, por los cuales un fulgor de lejana epopeya ilumina la acción. En ella, humil­de y buena, Chateaubriand veía cristiani­zada la antigua figura. Ciertamente Racine al desarrollar el cual el mismo Eurípides subraya continuamente las exigencias de la realidad actual y humana, que le inte­resan mucho más que el mito. [Trad. espa­ñola de E. de Hier (Madrid, 1909) y G. Gó­mez de la Mata (Valencia, 1923)].

A. Setti

*       El asunto de Eurípides es tomado en la tragedia en cinco actos de Andrómaca de Jean Racine (1639-1699), fue representada el 18 de noviembre en París, en el “Hotel de Bourgongnc” (una representación privada había tenido lugar el día anterior en las habitaciones de la Reina). La acción se desenvuelve concentrada entre los cuatro personajes principales: Andrómaca, Hermiona, Pirro, Orestes. En el palacio de Pirro, en Butroto (Butrinto) en el Epiro, Hermiona espera las bodas prometidas para las cuales ha venido de Esparta; pero el hijo de Aquiles las retarda y las descuida por amor de Andrómaca viuda de Héctor, esclava suya, a quien ofrece su mano, su corona y al mismo tiempo la salvación de su hijo Astianax. Preocupados los griegos le envían a Orestes a pedirle el niño: Orestes, enamorado de Hermiona, espera que Pirro se niegue, y despida a la prometida, la cual en este caso podría corresponder a su amor. La amenaza de los griegos es un arma en las manos de Pirro, que se propone rendir a Andrómaca, pero ella, a pesar de su gran dolor, se resiste. Hermiona no oculta a Orestes su amor por el otro y su esperanza de no perderle; con todo, consiente en que Orestes le invite a escoger entre él y Astianax. Contra lo que esperaba. Pirro se declara dispuesto a entregar el niño y casarse con Hermiona. Orestes se desespera, Hermiona se muestra radiante de felicidad, con el más irónico desprecio para la troyana, que ahora viene a suplicarle el favor de su  hijo. Pero un encuentro entre la esclava y Pirro trastorna la situación; éste, que sigue enamorado, le ofrece casarse con ella y salvar a su hijo, el cual, si no, estaría perdido.

En tal cruel alternativa, ella parece que cede; pero su propósito es el de casarse con Pirro, asegurar la protección de éste a su hijo, y acto seguido darse la muerte. Ahora Hermiona, delante de aquella afrenta suprema, por la cual el altar preparado para ella acogerá a Andrómaca, llama a Orestes, e invocando su amor, le induce a matar a Pirro. Combatida entre el orgullo y amor espera el resultado, y el retardo de Orestes enardece de nuevo su locura de venganza; pero cuando él viene a decirle que el infiel ha sido muerto, estallan su dolor y su amor, y rechazando al hombre que la ha obedecido demasiado (“Qui te l’a dit?”) corre a matarse sobre el cadáver de Pirro. Orestes, presa de la locura se desmaya: Pilades se aprovecha de ello para llevárselo. Esta es la primera obra maestra de Racine, el primer ensayo de su teatro de pasión desnuda y realismo psicológico. Si bien la situación inicial ofrece un carácter complejo, intrincado, del cual deriva el alternado movimiento de años personajes – dos parejas que se rechazan y vuelven a buscarse -, en el desarrollo hay toda una maravilla de verdad humana, y una aguda penetración, especialmente en las almas femeninas. Hermiona, vehemente y apasionada es la primera de las frenéticas amantes racinianas; Andrómaca reviste la obra de un resplandor de poesía con su candor virgiliano, con los recuerdos de Ilion por los cuales un fulgor de lejana epopeya ilumina la acción. En ella, humilde y buena, Chateaubriand veía cristianizada la antigua figura. Ciertamente Racine la  ha purificado quitándole también su nueva maternidad (Moloso, hijo de Pirro), que se halla en la Andrómaca de Eurípides y a la cual fugitivamente alude Virgilio en el tercer libro de la Eneida (vv. 292-332), a quien el autor francés reconoce deber su primera inspiración.

V. Luigli

¿Has leído Andrómaca? ¿Has leído Ifigenia?, ¿Puedes decir que no son un en­canto? ¿Piensas que acaso el Aquiles de Racine no es tan homérico? También Racine ha saqueado a Homero, pero ¡cómo lo ha saqueado! ¿Racine no era un genio? ¿Y cómo podía crear de otro modo el drama? (Dostoievski)

Racine no se preocupa de los detalles; construye su poesía con palabras, no tan sólo pobres sino extraordinariamente gené­ricas, por lo que nuestras mentes, no acer­tando a encontrar las peculiares delicias a que están acostumbradas, caen en el error de considerarlas como faltas de significado. Y el error es grave porque, en verdad, nada hay más admirable que la vivacidad con que Racine sabe evocar, con pocas expresio­nes del más tenue peso, un sentido de com­pleta e íntima realidad. (Strachey)

*      Cierta derivación de la obra se encuen­tra en la tragedia neoclásica, Andrómaca del ruso Pavel Katenín (1792-1853). En An­drómaca está inspirada una poesía de Baudelaire (v. Flores del Mal).

*     De la tragedia de Racine se han sacado varias óperas; la primera es la Andrómaca de Antonio Caldara (1670-1736), musicada sobre libreto de Apostolo Zeno (1668-1750) y representada en Viena en 1724. Aparecie­ron sucesivamente la Andrómaca de Fran­cesco de Feo (1691-1761), Roma, 1730; la Andrómaca de Antón Maria Gaspare Sacchini (1730-1786), Florencia, 1763, en que se nota la influencia de Gluck, como en la Andromaque de André-Ernest-Modeste Grétry (1742-1813), representada en París en 1780. El argumento tomado directamen­te de Racine, fue alterado y cambiado en diversos puntos en el libreto de Pitra; la música, compuesta en treinta días, muestra un esfuerzo de tecnicismo por el cual Grétry se había propuesto ponerse a la altura del nuevo género trágico iniciado por Gluck; pero resultó una partitura harto rígida y embrollada. Con todo, la ópera de Grétry, hoy completamente olvidada, obtuvo en­tonces veinticinco representaciones, sólo in­terrumpidas por el incendio que destruyó la sala del Palacio Real. Finalmente se re­cuerda, entre otras muchas que fueron es­critas durante el siglo XVIII y el XIX, la Andrómaca de Giovanni Paisiello (1740- 1816), representada en Nápoles en 1798; pero no figura entre las mejores del fecun­do operista. Para la tragedia de Racine, compuso música de escena Camille Saint- Saéns (1835-1921), ejecutada en Montecarlo en 1909.

L. Rognoni