Ana Karénina, León Tolstoi

Novela de León Tolstoi [Lev Nikolaevic Tolstoj] (1828-1910), pu­blicada en 1875-1877. Se considera general­mente como la última novela de Tolstoi del primer estilo, y la primera en que se ad­vierte, a pesar de una perfectísima obra de arte, la fractura espiritual a que las conti­nuas crisis morales condujeron al escritor en aquella época. Como en Guerra y paz (v.) una parte del fondo está dedicado a la pintura del mundo aristocrático y al estudio psicológico de los tipos. Pero mientras en Guerra y paz (v.) esta pintura tiene un más amplio fondo histórico, en Ana Karénina los sucesos se desarrollan en el am­biente de la misma época de Tolstoi y el realismo de la representación revela la ob­servación directa e inmediata de quien participa en ella. También en Ana Karénina aparece un conjunto de vidas entremezclándose diversamente las vicisitudes de los personajes varios, entre los cuales domi­na la pasión trágica de Ana Karénina (v.), una joven señora del gran mundo, casada sin amor con Karenin (v.), un alto funcio­nario, hacia el brillante pero superficial Vronski (v.). La novela se desarrolla en torno a este asunto, presentando las distin­tas fases; la lucha de Ana para no dejarse arrastrar por su pasión; la traición al ma­rido; el abandono del hijo para seguir a su amante al extranjero; y sobre todo los tor­mentos que su naturaleza honesta y recta procura a Ana, consciente de la falsa situa­ción en que se encuentra y que acaba pro­vocando entre ella y Vronski una recíproca e irritada incomprensión, completamente superficial pero capaz de ocultar definiti­vamente la secreta unión de las almas y de los afectos; en fin la manera terrible con que resuelve el nudo de su vida arrojándose bajo las ruedas de un tren.

Parale­lamente y en parte en contraste con el des­graciado amor de Ana Karénina y de Vronski, se desarrolla en la novela el amor feliz de Kitty (v.) y de Levin (v.); una his­toria aparentemente secundaria, pero en realidad esencial en la economía de la no­vela, que se desarrolla así en un continuo juego de aproximaciones significativas. Jun­to al brillante Vronski, a quien la vida se presenta agradable y rica de sensaciones fácilmente comprendidas, para después em­brollar su desarrollo en un dramático círcu­lo sin salida, Levin, en quien Tolstoi in­funde mucho de sí mismo, es el hombre de fatigosa vida interior, incapaz de comunicarse con los demás, taciturno, ator­mentado por una gran necesidad de afec­tos y destinado a elevarse lentamente a una comunión positiva con sus semejantes. Así como, frente a Ana, expresión de una sociedad refinada pero incapaz de superarse precisamente porque se cree insuperable, la serena Kitty representa a la mujer espiri­tualmente sana, capaz de ir naturalmente al encuentro de las necesidades del hombre con sabiduría instintiva, de elevarse de la sencillez infantil a la seriedad de la vida adulta sin empobrecerse por ello ni perder lo más femenino que hay en ella. Completa el cuadro la presentación de la familia Oblonski, que, entre la de Karenin y la de Levin, muestra una mujer fiel y resignada, Daria, agotada por los cuidados de la ma­ternidad y por la marcha de la familia, pá­lidamente iluminada, en ciertos momentos, por las dulzuras que aquélla le procura, y con un marido juerguista e infiel pero bo­nachón. En los extremos de este triple pa­norama familiar encontramos luego dos fa­milias más: la de los Serbaski, padres de Kitty, y de Daria, antigua familia aristocrá­tica en la que el hombre, hecho sabio por los años, vive una existencia pálidamente afectiva dejando a la mujer la iniciativa en los negocios de cada día; y la irregular de un hermano de Levin, Nicolai, revoluciona­rio fracasado y alcoholizado, que se ha unido a una mujer de baja extracción, Ma­ría, y acaba consumido.

De modo que ver­dadera protagonista de la novela parece ser la familia rusa, porque no en el indi­viduo sino en el núcleo familiar reconoce Tolstoi el centro vital de la sociedad nueva. A estos grupos de personajes diversos co­rresponde una alternancia de ambientes y de climas que no se limitan a formar el escenario de los sucesos sino que llegan a expresar mágicamente su espíritu. La socie­dad aristocrática de San Petersburgo, el gran mundo de Moscú, que están en torno de Ana y Vronski, se reunirán en la gran escena de las carreras, cuando Ana, agitada por la ilícita maternidad que siente en su regazo, presagio del drama que se aproxi­ma, sigue la porfía al principio victoriosa y luego desgraciada del hombre amado, consiguiendo apenas dominar, frente a las miradas de la sociedad selecta en que vive, el ardor convulsivo de sus sentimientos. E igualmente una breve escena de amor entre aldeanos en el sereno campo de la provincia rusa se convierte en forma ma­dre de aquel ideal de convaleciente elementalismo que domina a toda la novela y al que se dirige la atormentada búsqueda de Levin. Novela perfecta y sin embargo toda­vía poema en el vasto movimiento de la misma concepción de que iba surgiendo Guerra y paz, Ana Karénina se desarrolla así en grandes cuadros en cada uno de los cuales los personajes, los sucesos, y los elementos representativos, sean multitudes mundanas o árboles, cielos o casas, se re­únen en un clima épico. Desde su aparición la obra se consideró una reacción contra el movimiento naturalista francés; pero no puede hablarse de reacción, sobre todo por­que falta la intención programática. Por el contrario, Tolstoi sigue los modos del na­turalismo, pero lo supera inmediatamente no considerándolo fin en sí mismo, apun­tando siempre a una trascendencia que nace de la verdad misma de lo contingente, iluminándolo. De aquí la alta concepción de la criatura humana, que rechaza el ca­racterístico pesimismo de los naturalistas y ve al hombre, no ya sometido a una mísera vicisitud física sino como prota­gonista de un misterioso drama moral. Todos los personajes de Ana Karénina están em­peñados en este drama incluso cuando más parecen librarse de él; todos recorren una ascensión ética, aunque ésta coincida con una decadencia exterior y acabe en la ruina.

Vronski, definido con desenvoltura, en las primeras páginas, como uno de esos hombres que se sentirían deshonrados si no pagasen a las veinticuatro horas una deuda de juego, pero olvidan tranquila­mente pagar la cuenta del sastre, oficial brillante y frívolo, privado, al principio, de todo mundo interior, está destinado a conquistarse dicha interioridad, a lo largo de su desgraciada vicisitud, hasta renunciar a su carrera y a su porvenir, hasta vivir sólo de su drama íntimo, sin salida, y acabar la partida como soldado aventu­rero cuando, tras la muerte de Ana, se siente irremisiblemente postrado por el hu­racán que ha pasado por encima de él. In­terioridad sin solución y sin luz, pero, en su mismo fracaso, presagio de un mundo moral, reconocimiento de- las exigencias de una esfera superior que, sin su culpa, nunca hubiese sospechado. Y si el teniente Vronski desaparece de mala manera de los salo­nes de San Petersburgo; si el hombre Vronski no consigue superar su pecado, el personaje, con su posibilidad de sufrimien­to, con su capacidad de pagar con la per­sona, confirma una buena fe, una secreta dignidad que están en el hombre y le hacen criatura digna, si no siempre conquistadora, de una redención. Por otra parte Ana, que lanza su belleza bajo las ruedas de un tren, parece expresar una desesperada renuncia a todo aquel mundo de apariencias en el cual triunfó fácilmente; en su derrota mo­ral, los dos amantes se unen sin embargo en el umbral de una zona superior a aqué­lla en que llevaban sus victorias mundanas; no lo traspasan, pero afirman de todos mo­dos en el género humano la necesidad del tránsito, rinden su tributo al sufrimiento propio por una purificación universal.

Desde este punto de vista, Tolstoi afirmaba en Ana Karénina, con mucha mayor intensi­dad humana y verdad artística que en las obras del período místico posterior, su con­cepción religiosa; Ana y Vronski vienen a representar la primera fase, negativa, de un movimiento de ascensión, del que Levin y Kitty representan la segunda: aquéllos han de despojarse de las ambiciones mun­danas, obligados a hacerlo ciegamente por las mismas reacciones misteriosas que la avidez de sus sentidos provoca al ponerse en contacto con los motivos dispersos y confusos de su conciencia moral casi ig­norada; éstos, que ya están dispuestos a la renuncia, pueden empezar la fase nueva, de reconstrucción. Partiendo de una busca perfectamente naturalista, de representar, como él mismo había dicho, la caída de una dama del gran mundo, Tolstoi daba ines­perada universalidad a su tema, que se re­fleja en el epígrafe con que se abre la novela; «Yo me he reservado la venganza, dijo el Señor». La venganza que los hom­bres no tienen derecho a echar sobre la culpa, porque ya está implícita en la misma culpa y en ella se expresa como motivo purificador. [Trad. española de A. Marcoff (Barcelona, 1943)].

U. Déttore

Ana Karénina es una obra de arte abso­lutamente perfecta. Hay en esta novela una palabra humana todavía no comprendida en Europa y que sin embargo sería nece­saria a los pueblos de occidente. (Dostoievski)

Tolstoi es un genio fuera de lo común, pero en Ana Karénina erró el camino. Pese a lo cual tiene páginas verdaderamen­te hermosas. (Turguenev)