Amalia, José Mármol

Popular novela romántica ame­ricana del poeta argentino José Mármol (1817-1871), famoso por sus versos contra el tirano Rosas. Sin ser propiamente una no­vela histórica, pues describe un ambiente contemporáneo del autor, la ciudad de Bue­nos Aires durante el terror de 1840, se la considera tal porque el autor mezcló en la acción narrativa una abundante, y quizá excesiva, crónica de los sucesos políticos y militares contemporáneos, y también por la gran sugestión que ejerce sobre el lector todo cuanto concierne a la época de Rosas, eminentemente histórica por su dramatis­mo. Amalia es un idilio acabado trágica­mente, y a la vez un cuadro político-social de la larga dictadura de veinte años derri­bada en 1852. Empezó a publicarse en folle­tín del periódico «La Semana», en 1851, en Montevideo, ciudad en donde vivió expa­triado el autor; la edición completa, con supresiones y muchos agregados de carác­ter documental, apareció en Buenos Aires en 1855.

La acción novelesca comienza la noche del 4 de mayo de 1840. Cinco hom­bres intentan huir de Buenos Aires, para incorporarse al ejército libertador que se está formando en la Banda Oriental. Una ballenera debe esperarlos; pero, engañados y delatados por el guía, son asaltados por una partida de jinetes de la policía de Ro­sas; de los cinco, cuatro caen muertos en la lucha, uno, Eduardo Belgrano, alejándose del grupo, se defiende valientemente con la espada, y, cuando, malherido, está a punto de ser degollado, lo salva la provi­dencial llegada de un nuevo personaje, Daniel Bello. Éste lleva al herido a casa de Amalia, prima de Daniel. Amalia, na­tural de Tucumán, vive en una quinta apartada de la ciudad, cerca de la barran­ca donde se produjo la tragedia: tiene poco más de veinte años, es viuda, rica, hermo­sa, inteligente y lee a Lamartine. Belgra­no, sobrino del ilustre general de la Inde­pendencia, es joven, apuesto, culto, y tra­duce versos ingleses. Bello, también él jo­ven, apuesto y elegante, hijo de un amigo de Rosas, está relacionado con todas las personas allegadas al tirano, a quien abo­rrece, pero del que se finge, para sus fines, adicto fervoroso. Espíritu travieso y alma generosa, es el «deus ex-machina» de la intriga, el que mueve todos los hilos y re­suelve todas las dificultades, con astucia y valor extraordinarios, sacrificando escrúpu­los. Entre Amalia y Eduardo, refugiado en la quinta, nace durante la convalecencia un amor apasionado y puro.

Descubierto el pa­radero de Eduardo por la sagacidad de la cuñada de Rosas, María Josefa, mujer per­versa que recibe las delaciones de la ser­vidumbre de la ciudad, desde entonces em­piezan las zozobras de los dos amantes, a través de gran variedad de episodios en que el ingenio de Bello consigue desviar momentáneamente las sospechas que se ciernen sobre Belgrano y Amalia. Los su­cesos imaginarios se mezclan con aconte­cimientos reales, los personajes inventados con los históricos: el tirano y su círculo familiar, el ministro Arana, de Relaciones Exteriores, la ya nombrada María Josefa Ezcurra, el ministro inglés Mandeville, el sabio y abnegado médico Diego Alcorta, el sanguinario comandante Cuitiño (fusilado después de la caída del tirano), Nicolás Mariño, gacetillero de Rosas y siniestro jefe del cuerpo de serenos, a quien el no­velista finge poseído de una torpe pasión por Amalia, Salomón, bárbaro presidente de la Sociedad Popular Restauradora, más conocida por la Mazorca, el jefe de policía Victorica, y otros más, de Buenos Aires y de Montevideo, cuyo nombre está vincula­do a aquella época. Especial indulgencia muestra el autor por la bella hermana de Rosas, Agustina, joven esposa del general Mansilla, y muy particularmente por la hija del tirano, Manuelita. Ha sido el no­velista uno de los que más han contribuido a rodearla de la legendaria fama de bondad, sacrificada a los caprichos del padre, de que ella goza todavía. Entre los personajes inventados, los principales son Florencia, novia de Bello, y dos figuras de abultados rasgos cómicos, doña Marcelina, una ter­cera, y don Cándido, viejo maestro de pri­meras letras, enfático y miedoso.

El autor hizo entrar en la ficción, disfrazados, tam­bién, recuerdos de las vicisitudes personales pasadas antes de su destierro. El desenlace es trágico. En el mes de octubre, el terror se desencadena más violento que nunca so­bre la ciudad, amenazando todos los hoga­res. Belgrano, después de encontrar cordial asilo en el consulado norteamericano, deci­de casarse con Amalia y fugarse la misma noche a Montevideo, donde se le reunirá su esposa. Pero, celebrado secretamente el casamiento en la quinta, cuando está por partir, irrumpe en la casa una partida de mazorqueros; se empeña terrible lucha; muere el fiel y viejo criado de Amalia, muere Belgrano. En ese instante un an­ciano aparece gritando: «¡Alto, alto, en nombre del Restaurador!» Es el padre de Daniel. Su intervención suspende la lucha; pero Amalia ha doblado exánime la frente, quedando tendida junto al ensangrentado cadáver de su esposo, y Daniel ha caído también sin voz y sin fuerza en los brazos de su padre. El breve epílogo permite su­poner que ni Amalia ni Daniel murieron esa noche. La idealización romántica, exa­gerada, según las fórmulas de la escuela, en las prolijas descripciones y en los colo­quios entre los dos amantes, se entrelaza con la crónica de costumbres; la escena trágica con el diálogo vivaz y con el apun­te cómico y aun caricaturesco. Por su ins­piración Amalia deriva de las novelas fo­lletinescas francesas entonces en boga; para los argentinos sigue siendo un documento, aunque parcial y polémico, sobre la tira­nía de Rosas. A pesar de sus defectos de construcción, de estilo y de verdad psico­lógica en algunas situaciones, es un libro lleno de color, amenidad, interés, patetismo y emoción patriótica. Ha pasado con éxito al teatro y al cinematógrafo argentinos.

R. F. Giusti