Allegro Barbaro, Béla Bartók

Obra del composi­tor húngaro Béla Bartók (1881-1945). Esta célebre página para piano, caballo de ba­talla de los virtuosos, ocupa en la litera­tura pianística un lugar de primer orden, sin que su importancia sea menor en la evolución del maestro húngaro. Data de 1911, el mismo año en que Béla Bartók acaba su ópera El Castillo de Barba Azul (v.). Hasta aquí, el compositor, bajo la triple influencia de la canción popular, de Debussy y de Schoenberg, ha multiplicado las experiencias armónicas con las Peque­ñas piezas para piano, los Bocetos, las Ele­gías, las Danzas rumanas y las Burlescas, buscando nuevas fórmulas melódicas, uti­lizando la gama pentatónica y los modos eclesiásticos y profundizando en el estudio de la bitonalidad. El Allegro bárbaro apa­rece como el resultado clarificado de sus búsquedas. Todas las adquisiciones del in­vestigador concurren en esta pieza que, le­jos de dar la impresión de una experien­cia de laboratorio, parece haber surgido de un solo y espontáneo impulso.

Una ener­gía casi demoníaca, desconocida aún en las piezas anteriores, aviva un ritmo de Czarda, en principio, de tres tiempos; pero las bruscas incursiones en los ritmos de cuatro e incluso de cinco tiempos se encargan de acentuar la selvática violencia. Desde un principio, restallan como furiosos latigazos, acordes cuya implacable reaparición confie­re a la tonalidad general en fa sostenido menor una especie de fanatismo inflexible y fascinante; acordes que impulsan hacia adelante a una melodía que hunde sus raíces en la canción popular pero que, al mismo tiempo, sabe extraer de la gama pentatónica sobre la que está construida, efectos sorprendentes, que, de un modo su­til, vienen a acentuar constantes alusiones a los sones griegos: dórico, frigio, eólico y lydio. Por extraordinarias que sean la ri­queza y complejidad técnicas, la obra apa­rece llena de una vida esplendorosa; bajo una forma nueva y muy sólida constituye la expresión de una energía e inspiración na­turales; en pocas palabras, puede incluirse entre las grandes páginas del virtuosismo contemporáneo, por tratarse, sin duda, de una obra maestra impecable.