[Lettre sur les occupations de l’Académie]. Es el programa de trabajo con que François de Salignac de la Mothe-Fénelon (1651-1715), arzobispo de Cambray, respondió, en 1714, a la encuesta de la Academia Francesa acerca de la actividad futura de sus miembros «una vez impreso el diccionario». Recoge las maduras reflexiones de un espíritu rico de refinada cultura y dócil al reclamo de una sensibilidad inteligente y nueva acerca de los proyectos de redacción de una gramática, una retórica, una poética, un tratado sobre la tragedia, sobre la comedia, sobre la historia, y algunos juicios acerca de la disputa entre los antiguos y los modernos. Escrita a cuarenta años de distancia del Arte Poética (v.), de Boileau, esta obra revela el desarrollo de aquel rígido clasicismo hacia formas de juicio menos absolutas, sustraídas a la tiranía de áridos cánones y abiertas al fluir de los sentimientos y del gusto. El naturalismo racionalista se hace menos científico y se diluye en una concepción de la naturaleza toda sencillez e ingenuidad primitiva, en la que se ha roto el hielo de las inmutables formas, guardianas de una verdad siempre actual. En todos los géneros literarios el autor de los Diálogos de los muertos (v.) propugna un retorno a las costumbres sencillas de los antiguos, más en comunión con la naturaleza, y, por consiguiente, más espontáneos y verdaderos que los modernos. Son éstas lejanas insinuaciones, de las que derivará el ideal naturalista del Emilio (v.), de Rousseau.
No todos los capítulos de esta Carta son igualmente nuevos e ilustrativos; pero constantemente se revela en ellos el gusto exquisito de la antigüedad, incluso cuando se defiende a los «modernos»; de modo que la famosa «querella» queda hábilmente esquivada y sin resolver. No faltan contradicciones y excesos en la condena de la rima en la versificación francesa, contra la opinión de Boileau, y al proponer la elocuencia ática como modelo, a pesar de una feliz intuición respecto a la influencia del clima y del ambiente sobre la elocuencia. En cambio son nuevas y fecundas las observaciones acerca de la manera de escribir la historia: en nombre del respeto a la verdad, Fénelon exige del historiador el conocimiento de las distintas costumbres y de los diversos ambientes sociales en que la historia se desarrolla. La obra del historiógrafo debe tener forma narrativa y no oratoria, carácter filosófico en la búsqueda de las causas, debe ser imparcial y supranacional, y debe dar la fisonomía de las distintas épocas históricas y su color local. Se anuncia aquí la teoría de los climas de Montesquieu (v. Espíritu de las leyes) y la teoría de las costumbres de Voltaire (v. Ensayo sobre las costumbres); se abre además el nuevo camino que seguirá la historia de Thierry en el siglo XIX francés (v. Historia de la conquista de Inglaterra por los normandos).
L. Rodelli

