Guerras justas e injustas (Michael Walzer)

El año 2.003 ha comenzado con los tambores de guerra resonando con fuerza. La inminencia de un ataque estadounidense y británico contra Irak, contaminado a radice en punto a su legitimidad por la unilateralidad de la decisión sobre el mismo, ha convertido en inevitable la vuelta al clásico debate en torno a la justificación del empleo de la violencia en las relaciones internacionales. Esto es, de la guerra.

Porque la cuestión de si existen, en primer lugar, guerras justas y, caso de que así sea, cuáles sean estas, es tan vieja como la propia capacidad humana de reflexionar en términos éticos. Cualquier civilización digna de este nombre se ha dotado de un sistema de valores con el que ha tratado de aprehender, mal que bien, la idea de justicia (o, al menos, una cierta construcción propia de esta idea). Y, así, desde las primeras referencias a sistemas éticos encontramos también discusiones sobre la justicia de la guerra.

Culturalmente, el punto de llegada más o menos consensual al que hemos arribado los miembros de las sociedades occidentales está hasta cierto punto claro. Al menos, en sus perfiles más gruesos. Por ejemplo, en el hecho de que existen guerras justas y, también, guerras injustas. El referido consenso puede hacer parecer la afirmación como una simpleza cuando, en realidad, nada más lejos de la realidad que el carácter evidente de tal juicio. Que existen guerras justas e injustas supone asumir que, de una parte, el hecho de poder emplear la violencia para obtener ciertos beneficios no es suficiente para entender una guerra justa (es decir, que más allá de la existencia de conflictos, guerras y violencia, no todos ellos son justos). Y, de otra, implica necesariamente haber dado por sentado, igualmente, que no todo empleo de la violencia es, por definición, contrario al sistema de valores de acuerdo con el cual queremos ordenar la convivencia de forma general. Afirmar que existen guerras justas e injustas no es, desde este prisma, poca cosa.

Con todo, y como es obvio, mucho más complicado es, metidos en faena, determinar cuándo estamos en presencia de unas o de otras. Aunque, también en este punto, siglos de historia y de decantación han permitido establecer ciertas pautas. La obra de Michael Walzer, clásica en la materia, no es tan interesante por la disección personal del asunto que bien habría podido acometer el autor como por ser plasmación más o menos ajustada a lo que son los cánones occidentales que en la actualidad disciplinan la asignación de las etiquetas “justa” o “injusta” a cualquier guerra. Este peculiar “consenso”, cuyas últimas y revolucionarias piezas han sido aportadas por el nuevo orden jurídico que la Organización de Naciones Unidas ha supuesto para la comunidad internacional, se encuentra perfectamente expuesto en una obra, como se ha dicho, ya clásica y que ha sido recientemente reeditada en España por Paidós.

Walzer afronta la exposición de dos cuestiones esenciales relacionadas con la justicia de la guerra. De una parte, se interroga sobre cuándo estamos ante una situación que justifica su recurso. De otra, analiza si que estemos en tal caso permite cualquier acción. Así, junto a la legitimidad o ilegitimidad de origen, una segunda cuestión se superpone y obliga a explorar la posibilidad de que la guerra, una vez existente y justa, permita cualquier tipo de actuación, no contemple más límites que las exigencias de la búsqueda de la victoria en la misma. Porque, al menos en ciertos momentos históricos, no ha sido extraño pensar de esta forma. Con todo, parece evidente en la catualidad para todos que hay guerras justas que devienen, en consecuencia, injustas si se emplean en ellas ciertos medios o se recurre a algunas técnicas.

Como hemos dicho, la obra de Walzer es extraordinariamente interesante por la abundantísima y amena explicación de las diversas disyuntivas que contiene. Siempre, por lo demás, apelando a ejemplos históricos y aprovechando, de esta forma, para trazar un completo panorama de lo que podríamos llamar “Historia de la justificación del empleo de la violencia política y sus límites”. A este respecto se trata de un libro absolutamente básico y que emplea este punto de partida para incitar a sugerentes desvíos hacia la exploración de justificaciones de la guerra que, aun abandonadas en la actualidad, no dejan por ello de poseer una enorma capacidad de convicción y magnetismo que las conviertieron en el pasado en referencias éticas sólo con gran esfuerzo cuestionadas y superadas.

No obstante su indudable interés, es un error concebir el trabajo de Walzer como una especie de obra en la que desentrañar por medio de una fórmula mágica (y a misteriosos arcanos superiores debida) que permitiera deslindar lo justo de lo injusto. Respecto de cuándo una guerra es justa, Walzer recoge y modela las diversas posibilidades más corrientes, y las califica, por supuesto. Ahora bien, al hacerlo no hace sino aplicar las pautas que constituyen lo que la comunidad internacional lleva años proclamando como el entorno valorativo imprescindible que subyace en las normas de Derecho internacional en la materia.

No está en la actualidad considerado como justo el recurso a la violencia más que en casos muy tasados. Y tampoco se entiende justificado hacer la guerra de cualquier forma.

Releer a Walzer, sin embargo, unas décadas después de la publicación primera de sus trabajos, empieza a adquirir una preocupante vertiente propedéutica que añadir a su interés cultural e histórico. Porque ese consenso en torno al que se articula la valoración ética de las acciones bélicas que contiene su obra parece resquebrajado en la actualidad. O, al menos, así sería para quienes conciben guerras preventivas o el empleo de armas de destrucción masiva en ellas como justas.

No está muy claro si asistimos a un momento en el que una marea reaccionaria e involucionista nos retroatae a cavernas cuasi premedievales en la materia o si, simplemente, es que a muchos importa poco la califiación indudable y asumida de “injusta” para ciertas de sus actuaciones, pero pocas dudas caben sobre el hecho de que ni Walzel ni el consenso del que venimos hablando en esta recensión (en torno al que, por cierto, se ha estructurado la convivencia en paz de nuestras sociedades desde hace 50 años permitiendo un desarrollo económico y social sin precedentes) pueden aceptar nunca como justas:

– guerras estrictamente preventivas (porque no es, sensu stricto, preventiva una guerra desencadenada para frenar de forma proporcionada una previsible, cierta e inminente agresión; de igual forma que la legítima defensa aparece también cuando se reacciona antes de que apuñalen, sin necesidad de esperar a que se consume la agresión, pero sí requiere que sea claro y evidente que ésta va a darse).

– guerras que integren como objetivo provocar daños masivos entre la población civil.

– guerras que empleen armas de destrucción masiva.

– guerras que no concedan a los prisioneros unas condiciones dignas de subsistencia.

Afortunadamente, de momento, en la actualidad estas exigencias éticas encuentran respaldo, fruto de ese consenso que parece hoy perdido, en sendas normas de Derecho internacional que permiten afirmar que quien ataca a otro país sin que medie agresión alguna está comportándose de forma injusta, ilegítima e ilegal; que quien emplea armamento no convencional o busca diezmar a la población civil es un criminal de guerra; y que quien retiene a prisioneros sin proporcionales suficiente espacio, comida, www.lapaginadefinitiva.com

Viaje a la historia de la publicidad gráfica. Arte y nostalgia

FICHA DEL LIBRO
ENLACE AL LIBRO:
CONVERTIR ESTE LIBRO «
TÍTULO=»Guerras justas e injustas (Michael Walzer)»
ENLACE DE DESCARGA: ENLACE DE DESCARGA (En el banner vertical)
REFERENCIA Y AUTOR: «Guerras justas e injustas (Michael Walzer)»

PDF


FORMATOS DISPONIBLES: EPUB,FB2,MOBI

Ya no sufro por amor (Lucía Etxebarría)

Una serie de artículos y ejemplos muestran qué tipo de relaciones sentimentales establece cada persona según su forma de ser, pasado etc…
El libro comienza con un test que al parecer indicará si va a gustarnos el libro o ni siquiera merece la pena comprarlo, para seguir explicando las pretensiones que tiene: su finalidad no es solucionar los problemas, sino para aliviarlos y/o reconocer que se necesita ayuda profesional.

La autora informa además de algunas pautas que ha seguido al escribirlo, como que se puede aplicar a todo tipo de parejas (hetero, homo…), aunque en la mayor parte de las ocasiones ella se dirige al lector/a en femenino, o que no es psiquiatra, limitándose a comentar sus experiencias personales y lo que ha aprendido en sus amplias lecturas.

Es aquí donde el texto se vuelve en ocasiones confuso y farragoso, amontonando información de forma desordenada y poco comprensible.

La comprensión y posible identificación de síntomas y características destaca cuando utiliza ejemplos (a veces personales, con lo que puede parecer prepotente a alguien) de los tipos de personalidades e incluso sugiere los emparejamientos más o menos aconsejables como lo haría un libro de emparejamientos zodiacales.

La parte dedicada al análisis de las telenovelas queda algo obsoleta, pues si bien se analizan los personajes y relaciones de la serie de Antena 3 “Aquí no hay quien viva”, las telenovelas latinoamericanas se ven perjudicadas por ejemplos antiguos como “Cristal” o “Los ricos también lloran”, siendo brevísimas las alusiones a algunas más modernas, como “Yo soy Betty, la fea”.

Etxebarría comentó hace unas semanas en el programa “Channel nº 4” que en ediciones posteriores ha añadido texto referente a “Pasión de Gavilanes”, que sigue la trama "clásica" de amor y venganza.

Sin embargo, para analizar los cambios que se están produciendo en estas series, y en la personalidad de sus protagonistas femeninas, ya no tan mansas, sería mejor comentar “Rubí”, éxito sin precedentes con una heroína egoísta y malvada.

Así, parte del libro es demasiado confusa, otra resulta entretenida y hasta divertida (los mencionados ejemplos) y una más decepcionante (el análisis de telenovelas) resultando una obra cuyo interés sufre altibajos demasiado marcados.

Si se leen solo las partes que más interesan (los tipos de personalidades, las telenovelas…) puede ser más satisfactorio que si se lee entero.

Erratas:

– En la primera edición (no sé si se ha corregido en las siguientes), se alude en varias ocasiones (tres en un párrafo) a Margarita Gaultier, cuando deberería ser Gautier, y se identifica a Laurence Olivier, como Lawrence.

Obra

– La historia de Kurt y Courtney: aguanta esto (1996)
– – Amor, curiosidad, prozac y dudas (1997)
– Beatriz y los cuerpos celestes (1998)
– Nosotras que no somos como las demás (1999)
– La Eva futura. La letra futura (2000)
– De todo lo visible y lo invisible (2001)
– Estación de infierno (2001)
– En brazos de la mujer fetiche (2002). Con Sonia Núñez Puente
– Una historia de amor como otra cualquiera (2003)
– Un milagro en equilibrio (2004)
– Ya no sufro por amor (2005)

http://reginairae.blogcindario.com/2006/05/00274-ya-no-sufro-por-amor-de-lucia-etxebarria.html

FICHA DEL LIBRO
ENLACE AL LIBRO: CONVERTIR ESTE LIBRO «
TÍTULO=»Ya no sufro por amor (Lucía Etxebarría)»
ENLACE DE DESCARGA: ENLACE DE DESCARGA (En el banner vertical)
REFERENCIA Y AUTOR: «Ya no sufro por amor (Lucía Etxebarría)»

PDF


FORMATOS DISPONIBLES: EPUB,FB2,MOBI

La traducción de la A a la Z (Vicente Fernández González)

La traducción de la A a la Z.

Vicente Fernández González

Editorial Berenice, 2008

De vez en cuando le entra a uno curiosidad por regresara los textos académicos, pero no tanta como para acercarse a los asistencia, viejos mamotretos de prosa polvorienta y pedagogía nula en los que el fin último parecía ser la creación de una jerga que mantuviese fuera a de la disciplina a los no iniciados.

Por eso es un placer, y un alivio, encontrar libros como el de Vicente Fernández, en el que entre el ejemplo, la anécdota y la lección magistral, se detallan los problemas a los que debe enfrentarse el traductor a la hora de verter un texto a una lengua distinta de la que fue concebido.

Compuesto con estructura de diccionario, la inicial por la que empieza cada capítulo supone únicamente un atajo mental que nos lleva a los ejemplos, abundantes en toda la obra, o a dilemas de índole semántica, política o hasta ética con que se encuentra el traductor, pues mientras lo escrito, sobre todo lo antiguo, permanece inalterable, no sucede así con las sociedades ni tampoco en el significado de las palabras.

La traducción, para Vicente Fernández, es un poco como el análisis de un virus que muta en cada generación, pero al que es forzoso encontrarle un patrón para no perderle el rastro y que se vuelva incontrolable. Los ejemplos, algunos jurídicos e incluso más cercanos a la picaresca que a la literatura, avalan esta tesis. El traductor ya no es el traidor del aserto clásico, sino un analista que debe buscar la esencia de lo que el autor pretendía transmitir, y para ello debe especializarse en toda clase de serpentines y alambiques.

Este libro demuestra que, cuando hay voluntad para ello, se puede ser riguroso y ameno a la vez. Se puede, al mismo tiempo, satisfacer las expectativas del que busca un texto especializado y del lector curioso que sólo trata de acercarse a una especialidad siempre atractiva, poblada de laberintos y celadas, como una buena partida de ajedrez.

FICHA DEL LIBRO
ENLACE AL LIBRO: CONVERTIR ESTE LIBRO «
TÍTULO=»La traducción de la A a la Z (Vicente Fernández González)»
ENLACE DE DESCARGA: ENLACE DE DESCARGA (En el banner vertical)
REFERENCIA Y AUTOR: «La traducción de la A a la Z (Vicente Fernández González)»

PDF


FORMATOS DISPONIBLES: EPUB,FB2,MOBI

Los testamentos traicionados (Milan Kundera)

¿Cuál es el papel del autor?¿Debe prevalecer su criterio respecto de su obra o, una vez escrita, compuesta, ésta debe ser “patrimonio público”, no en un sentido económico, sino artístico? ¿Puede consentir el novelista una traducción inapropiada de sus palabras?¿Y el músico una alteración de sus arreglos? Pero, al tiempo, ¿no es eso lo que hacemos de continuo adaptando las obras de Shakespeare o Sófocles a nuestros tiempos?¿No es eso lo que ayuda a mantenerlas vigentes y a que después de tantos siglos podamos seguir admirando su genialidad? ¿No es lícito que Picasso tomara como modelo Las Meninas de Velázquez? A todas estas preguntas (y muchas más) pretende dar respuesta Milan Kundera en Los testamentos traicionados

Es conocido que a la muerte de Kafka, su amigo Max Brod encontró entre sus papeles dos cartas (que ya conocía puesto que el propio Kafka le había anticipado su contenido) en las que se recogían instrucciones precisas sobre qué manuscritos debían destruirse, cómo debía recuperarse para su destrucción toda correspondencia que hubiera intercambiado en vida con amigos, familia o amantes y que cualquier papel escrito por él debía correr la misma suerte con la excepción de ciertas obras ya publicadas que eran nombradas de manera expresa y como lista cerrada.

Max Brod no sólo incumplió los deseos de su amigo sino que se encargó de recopilar todos los manuscritos dispersos y comenzó la tarea de publicarlos. Su celo alcanzó incluso a las obras no literarias de Kafka y así se publicaron sus diarios y su impresionante correspondencia (desde la más banal a la más íntima). Al margen de los concretos motivos de Brod para tal desobediencia -y de la justificación que éste ofreció en diversas publicaciones, comenzando por el prefacio de la primera edición de El proceso-, Kundera plantea una oposición frontal al credo actual según el cuál la voluntad del autor debe quedar supeditada a su obra y el público tiene “derecho” a la obra sin que los deseos de su creador deban interferir. Así, es lícito publicar manuscritos que el propio autor no consideró dignos del conocimiento público, borradores de obras ya publicadas, etc.

Pero la mayor traición de Brod a Kafka es la creación de una imagen falsa del autor, la supresión de textos de sus diarios que no convenían a la imagen de santo-mártir que Brod postulaba para su amigo y, en definitiva, la fundación de la kafkología, nacida al amparo de su interpretación de las obras de Kafka. Esa kafkología que discute sobre sí misma, totalmente al margen de la obra del autor praguense, construyendo un método, una cábala, que la aleja día a día de la realidad. Pero no sólo Brod y los críticos, también los editores suprimiendo reiteraciones (queridas y escritas intencionadamente por Kafka), alterando la peculiar puntuación del autor, o los traductores dando rienda suelta a una interpretación libre de las palabras de Kafka.

Pero no sólo Kafka, otros muchos autores (¿alguno no?) ven cómo sus palabras son tapadas, adulteradas, reinterpretadas. Hemingway, por ejemplo, es un ejemplo de cómo sus cuentos pueden ser diseccionados para llegar a conclusiones preconcebidas. Colinas como elefantes blancos es el ejemplo que emplea Kundera para demostrar cómo la crítica obvia las palabras de los personajes del cuento suplantándolas por las suyas propias de manera que acaben diciendo lo contrario de lo que escribió su creador.

No sólo en la Literatura sufre el creador el acoso de los mediocres que pretenden enmendar y manipular su obra. Stravinsky es otro ejemplo. El célebre autor ruso decidió al final de su vida dejar un registro sonoro de sus obras a modo de versión definitiva de sus obras de modo que nadie pudiera “interpretarlas” suplantando su propia versión. Menos suerte tuvo el compositor checo Janáceck quien tuvo que ver cómo su obra era despreciada en su propio país y cuando finalmente se aceptó la interpretación de una de sus más importantes óperas en Praga, tuvo que ser previa adulteración de sus arreglos y de la estructura de la obra de modo que su sentido más profundo quedó totalmente distorsionado.

Pero este libro no es sólo un cántico egocéntrico y narcisista a favor del autor como creador de un arte intocable, airado con el mundo que se apresta a destrozar y vulgarizar su elevada obra. Kundera despliega una brillante teoría sobre el devenir histórico de la novela, organizada en tres tiempos. Según esta teoría (y de manera muy resumida) la novela nace en el momento en que la épica abandona la poesía. Ese vacío narrativo lo asume una nueva forma de expresión que se caracteriza en estos primeros pasos indecisos por la total falta de estructura: normalmente los primeros textos de este género (Rabelais, el Quijote, la novela picaresca, Diderot, …) no son sino aquello que le ocurre al protagonista en su quehacer. La sucesión de escenas sin más conexión que el propio protagonista o algún otro personaje, crean un rico tapiz en el que el humor absurdo, la exageración y la hipérbole trenzan un estilo rico y ágil que aún nos sorprende. Asimismo, la novela es ese espacio en el que se suspende el juicio moral, de nodo que esta independencia de la moral es lo que permite identificar más claramente, siempre según Kundera, la novela con Europa. La incomprensión de este aspecto de la novela explica la persecución a la obra de Rushdie; la postura general del mundo de la cultura en Occidente, considerando que la novela ha podido faltar al respeto de los creyentes musulmanes, supone una amenaza directa a la propia idea de novela y, por tanto, a la propia esencia de la Europa que hoy conocemos.

Pero la novela se consolida como género literario y asume nuevos elementos, como el drama que abandona igualmente a la poesía, o el afán por reflejar la realidad. Los personajes pasan a tener un pasado, una herencia que les hace actuar de un modo determinado en función de sus circunstancias; ya no se trata de personas de las que todo se ignora (¿alguien conoce algo relevante de la vida de Alonso Quijano previa a su locura?), se destierra el absurdo y se sustituye por la descripción minuciosa; la novela imita a la vida y las novelas pasan a ser una sucesión de escenas bien planeadas, todas ellas con un papel dentro del gran proyecto de la obra.

Pero el género se agota, y llega el tercer tiempo, un tiempo en el que el agotamiento del modelo anterior obliga a tomar aire y mirar al pasado. La transición comienza sutilmente. Unos, como Hemingway, tomarán la minuciosidad para sus diálogos, olvidando el marco temporal y espacial que pasan a un segundo plano. Otros, como Joyce, se centrarán en la cotidianeidad para hacer crecer sobre ellas su obra. Kafka tomará como modelo para su primera novela inconclusa (El desaparecido o América) el Oliver Twist de Dickens pero eludiendo lo que define a la obra del inglés (“sequía del corazón disimulada detrás de un estilo desbordante de sentimientos” según el propio Kafka).

Los nuevos caminos romperán definitivamente el esquema de la novela del siglo XIX. Autores de una tradición distinta a la occidental contribuirán a dar un nuevo tono a la novela (Kundera habla de la tropicalización de la novela para describir cómo autores de América Latina introducen nuevamente aspectos mágicos, irracionales, barrocos, en sus obras o subraya las bondades similares de obras como Los versos satánicos de Rushdie, criticando que el enfoque mediático sobre la misma nos ha privado de los aspectos literarios sobresalientes que atesora).

Kundera también aplica su teoría de los tres tiempos de la novela a la música. Así, el primer tiempo caracterizado por la invención y la destreza, la improvisación y la armonización tiene en Bach y las fugas su más alto exponente. Posteriormente se abandona el bajo continuo o los juegos de instrumentos para centrarse en la melodía. Todo se supedita a la melodía y el fin de ésta no es otro sino el evocar sentimientos en el oyente. ¿Cómo definir la música sino es como sentimiento puro, hecho ondas? Pero el modelo se agota y se debe volver al pasado, a la sencillez y a la invención, al gozo en definitiva de crear. Stravinski retoma a los clásicos renacentistas, Janáceck recorre las calles de Praga con un cuaderno y un lápiz anotando las melodías de sus vecinos en sus conversaciones diarias.

Cientos de ideas sobre música, sobre literatura, sobre el arte en general. Riqueza de ejemplos y anécdotas, pero sin perder de vista una visión más global. Todo ello con la vehemencia propia de Kundera, con bastantes (quizá excesivas) referencias a sus obras y un estilo ameno que ayuda a asimilar sus teorías (no necesariamente a compartirlas) y que enriquece a todo aquel que se acerque a las páginas de este libro. Kundera ofrece una visión coherente de la evolución de la novela, de las razones por las que su fin no se adivina próximo (pese a otras voces en sentido contrario) pero dibuja un horizonte inquietante en la medida en que la importancia nominal del creador se pone en tela de juicio por la vía de los hechos día a día, sin disimulo, en el convencimiento de que su obra no le pertenece.

Viaje a la historia de la publicidad gráfica. Arte y nostalgia

FICHA DEL LIBRO
ENLACE AL LIBRO:
CONVERTIR ESTE LIBRO «
TÍTULO=»Los testamentos traicionados (Milan Kundera)»
ENLACE DE DESCARGA: ENLACE DE DESCARGA (En el banner vertical)
REFERENCIA Y AUTOR: «Los testamentos traicionados (Milan Kundera)»

PDF


FORMATOS DISPONIBLES: EPUB,FB2,MOBI

DONDE OLVIDO MI NOMBRE (Alejandra Correa)

""Donde olvido mi nombre", es el título del tercer libro de poesía de la escritora argentina Alejandra Correa interpela ciertas certezas del lector. Porque ¿qué queda de un nombre cuando se lo priva del nombre? O bien: ¿qué parte del nombre sobrevive a su sustracción?

El título resulta perturbador, desapacible, y, a la vez, depara algo parecido al consuelo. Hay allí algo que, por fuera de la primera persona, interpela ciertas certezas del lector. Muchos de ustedes recordarán que la inteligencia alucinada de Georg Christoph Lichtenberg propuso el problema existencial de un cuchillo sin hoja al que le falta el mango. En la misma línea, podríamos preguntar, con menos autoridad pero igual absurdo: ¿qué queda de un nombre cuando se lo priva del nombre? O bien, para matizar: ¿qué parte del nombre sobrevive a su sustracción? La materia prima de la literatura  (esto es algo que Roland Barthes sabía muy bien) no es lo innombrable sino lo nombrado. Toda tentativa de escribir implica siempre un promiscuo concubinato con un lenguaje anterior, con una clasificación nominal que la historia, el mundo y los otros nos imponen como algo dado. No se trata entonces, como podría pretender un romanticismo desvelado, de exhibir el blasón de una palabra conquistada al silencio. Por el contrario, el modesto triunfo del poeta consiste acaso en restituirle a la palabra su fondo de silencio en la estridencia de las cosas. ¿Cómo articular una voz audible en la selva espesa de una lengua corroída? 
El método que elige Alejandra Correa se inscribe en el más puro arte de la crítica. “Es éste/ mi trabajo/ en el río:/ separo/ las piedras/ del oro”, se lee en “Lenguaje”, la segunda parte del libro. No es casual que las otras dos partes se llamen “Huesos” y “Mundo”. Entre los huesos y el mundo está el lenguaje, “la tumba/ del lenguaje”, para ser más exactos. Los huesos, la insistencia en ese resto reverberante, en ese vestigio que ha perdido la carne, que está más allá de la carroña, y que, sin embargo, pervive, no es nueva en los poemas de Alejandra Correa. Pero aquí los huesos devienen casi una opción, la opción por la renuncia al nombre como contracara de la sobrenominación.    
         Donde olvido mi nombre enuncia y postula la existencia de un lugar, una topografía en la cual, justamente, se olvida un nombre, el propio. Nada que ver con los éxtasis místicos. Lejos de cualquier excepcionalidad, casi podría decirse, como dijo alguien, que los poetas no tienen biografía. Su obra es su biografía. ¿Pero qué pasa cuando la obra propone olvidar el nombre que sostiene esa biografía? Si la identidad vacila es porque se mira en el retrato adulterado por la corrupción del lenguaje. “Perdí mis rasgos/ y toda cortesía/ desde que habito/ en las sobras/ del lenguaje”. Porque, esto no es ninguna novedad, el lenguaje está muerto. En un ensayito de 1969, el poeta cubano Virgilio Piñera hablaba ya con alarma del enorme número de palabras muertas; denunciaba allí la inoperancia literaria de palabras tan sencillas como salón, tetera, frazada o escoba. Así las cosas, no queda más que la ilusión adánica de inventar una lengua nueva, o bien, como aquí, “reparar las sílabas/ deshechas por la duda”. Con esas “sílabas que ya nada nombran”, Alejandra crea, y se crea, en “una lengua de retazos”. La novedad ocurre cuando, en la intemperie de la hoja, esos retazos se iluminan con la incandescencia de la epifanía.  
Esa epifanía irradia aquí su propia fragmentación. Los poemas estallan en la página como apariciones de un presente detenido que, sin embargo, condensan un pasado que los antecede y un futuro que los prolonga. Pero nada sabemos de esas temporalidades tácitas. Esos tiempos son el enigma. Y el poema, la respuesta a una pregunta que se desconoce. O, más lógicamente, la pregunta por una respuesta que se ignora. Por ejemplo, la pregunta por lo que fue. Los versos de Alejandra son tímidas miniaturas verbales rodeadas de silencio, se reconocen y se reflejan en “el espejo del silencio”. Pero ese silencio no es la simple ausencia de palabras y de sonidos. Es más bien el espacio que se abre alrededor de las palabras, la inminencia de la palabra que va llegar y el eco de la palabra que, ya dicha, se repliega. Es de ahí, de esa zona ciega, de donde procede el sentido. Se trata de una zona de tensión que antes pudo resolverse en el grito, pero que adopta ahora la forma de una música discontinua, una secuencia de acordes en tono menor que registran un drama asordinado.   
Sugerí hace un momento que los versos eran tímidos. Quisiera agregar ahora que, como pasa siempre con los tímidos, estos versos son también capaces de la mayor dureza e impiedad. Las líneas que, a modo de pórtico, arrancan al libro de la nada conducen a uno de los núcleos dramáticos de la poesía de Alejandra: el dolor de lo que se pierde, “ese fragmento de la ciudad que fuimos”. El desamparo del que se habla no es ya solamente histórico –como en Río partido, su primer libro– sino sobre todo, si se me permite la grosería, cósmico: “Lo trae el invierno, y también la luz que traviesa una madeja de ramas”. Pero esta poética es dura también por su resistencia a ciertas estéticas dominantes en el colorido panorama de la poesía argentina actual. Secados ya los barros más oscuros del neobarroco (para el que, sin más, estaba bien todo aquello que menos se entendiera), algunos poetas catódicos atendieron el canto de sirena del tecno-populismo; otros, en cambio, creyeron que para hablar de poesía era necesario cultivar la reacción. La poética de Alejandra no es en absoluto aquiescente o claudicante frente a este dilema circunstancial. Antes que nada, elude dos peligros: la palabra ungida y las cómodas luminarias del vale todo. Con Donde olvido mi nombre, Alejandra le da continuidad a la voz reconocible de sus libros anteriores, atados a éste por el hilo frágil de la intimidad. Porque creo que de eso se trata: de la escritura de una épica de la intimidad. Lo hace, además, sin caer en las convenciones de la vieja lírica sentimental. Vuelve a mostrar que es capaz de unir la claridad con el misterio, capaz de exhibir una pericia prosódica que, de tan delicada, se percibe con la misma felicidad de algunos sueños, y de permitirse aun el uso imprevisto, prehistórico, de la palabra “crústula”. Y, lo más importante, confía en que esa palabra, y todas las demás que hacen sus poemas, tiene, todavía, sentido, y que ese sentido puede, también todavía, transmitirse. Si no fuera así, no se explicarían estos versos, posiblemente los más hermosos del libro, que me gustaría citar: “si dedicara/ mi tiempo errante/ a estas sobras/ extraería al fin/ las latas con anzuelos/ el paraguas anaranjado/ las letras caligráficas”. A propósito, una duda: ¿hará juego ese paraguas con el vestido anaranjado del poema “Marinamente” de Río Partido? 
“Si digo agua, ¿beberé?”, preguntó una vez otra Alejandra. Y esta Alejandra le contesta: “La palabra/ fuego/ me abriga”. La pausa del corte de verso introduce una indecisión. ¿Es la palabra “fuego” la que abriga? ¿O la palabra es fuego y por eso abriga? Queda en los lectores la respuesta. En cualquier caso, permanece la demanda  de volver al grado cero y construir de nuevo “casas de palabras en medio de la nada”. Alejandra Correa constata aquí que el verdadero olvido de sí consiste, paradojalmente, en el acto valiente de seguir nombrando. Tal vez sea ésa la guerra que no termina. " PABLO GIANERA

FICHA DEL LIBRO
ENLACE AL LIBRO: CONVERTIR ESTE LIBRO «
TÍTULO=»DONDE OLVIDO MI NOMBRE (Alejandra Correa)»
ENLACE DE DESCARGA: ENLACE DE DESCARGA (En el banner vertical)
REFERENCIA Y AUTOR: «DONDE OLVIDO MI NOMBRE (Alejandra Correa)»

PDF


FORMATOS DISPONIBLES: EPUB,FB2,MOBI