La buena educación (Begoña Aranguren)

 Un inteligente y ameno recorrido por los usos y costumbres de nuestra

  sociedad
  "Si  algo podría caracterizar nuestro tiempo es el no aceptar en absoluto
  la vida como viene. Es agotador tratar de conducirla, de reconducirla, de
  controlar  el futuro, de olvidar el pasado, de no tolerar nuestro declive
  y,  por  tanto:  ponerse los pechos de amígdalas, estirarse los párpados,
  los   labios   como   Gargantúa,   someterse   a   repetidos  liftings  y
  liposucciones."
  Una  familia como cualquier otra, un hombre y una mujer que llevan juntos
  más de treinta años y han criado a sus hijos como mejor han sabido sirven
  de   arquetipos   para  que  Begoña  Aranguren  realice  un  divertido  e
  inteligente repaso de los usos y maneras de nuestra sociedad. Se trata de
  una acertada disección a través de los avatares de la familia de Carlos y
  María,   de  sus  hijos  y  sus parejas, de sus amigos y de sus enemigos.
  Todos  ellos  son  los  protagonistas de una sucesión de peripecias, unas
  serias,  otras  desternillantes,  en  las  que  cualquier  lector se verá
  reflejado,  y  que la autora utiliza como hilo conductor para el análisis
  de los defectos y virtudes más sobresalientes de la sociedad actual.
      Gracias  a  su dilatada experiencia periodística, Begoña Aranguren ha
  sabido dar a este libro una dimensión informativa y de rotunda actualidad
  que  se convierte en un testimonio sociológico y cultural de gran interés
  para  el  lector  del futuro. Asistimos a una notable reflexión sobre los
  defectos  de los españoles del siglo XXI como ya lo hiciera Fernando Díaz
  Plaja  hace  medio  siglo. Pero esta vez, esta reflexión está enfocada en
  una  familia tipo, lo que ofrece una mayor cercanía al lector y una mejor
  identificación.
      En  cada  capítulo,  la autora expone una situación concreta, siempre
  relacionada  con  la  vida  de los protagonistas. Y, tras la anécdota, el
  análisis,  porque  Begoña  Aranguren  concluye  el capítulo comparando la
  realidad  actual  con  la  de  otros  tiempos,  analizando los pros y los
  contras de cada época y ofreciendo las claves para conseguir salir airoso
  de  las  situaciones  más  diversas.  Qué  hacer  y  qué no hacer en cada
  momento.
        La  invitación  inesperada  a una boda es el arranque de este libro
  que  posee elementos de la novela, en cuanto a que posee una trama y unos
  protagonistas  de  la  acción,  pero  que  tiene también mucho de estudio
  sociológico,  de libro de consejos, de reportaje periodístico e, incluso,
  de  relato  de humor. Una combinación original,  muy divertida y muy útil
  para  los  lectores  que quieran aprender cómo soportar con una sonrisa y
  buenas maneras los retos a los que les enfrenta día tras día el mundo.
      Asuntos  tan  cotidianos  como  las bodas y todo lo que las rodea; la
  dictadura  de  los  hijos;  la  cultura del mal gesto y de la bronca; las
  relaciones  de  pareja:  separaciones, reconciliaciones, peleas, segundos
  matrimonios;  las  reglas de urbanidad en la mesa; los amigos, recibir en
  casa,  los  duelos,  o  el  terror  a  envejecer.   Estas  y otras muchas
  cuestiones se contemplan en este libro único.
  "Y  es  que  en  el  fondo se entiende que el hecho de no ser tú quien ha
  palmado  produzca  cierta sensación de alivio al principio y, después, un
  subidón difícil de disimular."
      María  y  Carlos viven el día a día cada vez más asombrados de lo que
  le  rodea.  María tendrá que sufrir el acoso injustificado de un grupo de
  ciudadanos  en  la parada del autobús. Ambos deberán soportar la cena con
  un antiguo amigo que se ha vuelto a casar con una jovencita cuyos modales
  en  la  mesa dejan mucho que desear. Asistir a un velatorio donde, por la
  algarabía, los corrillos y los chistes verdes,  más parece que estuvieran
  en  una  juerga flamenca. Aguantar los insultos de un mocoso de ocho años
  cuyos  padres son incapaces ya de controlarle. Tragar con una sonrisa los
  modos  pijos  de  ciertas  parejas con maridos malcriados y cursis que se
  consideran a sí mismos "embarazadísimos".
  "?Os  telefoneamos para haceros saber que estamos embarazados ?dicen esos
  chicos  Danone (pelo engominado y con rizos, corbata de Hermés con osos o
  pajaritos  y  zapatos  italianos  de borlas bien lustrados) con los que a
  ciertas mujeres les ha dado por casarse en los últimos tiempos.
  ?¿Sabes,  Asís?  ?Este tipo de gente no se anda con chiquitas, por eso no
  suelan  ser  bautizados con nombres de menos ringo-rango. Si les llamaran
  Pepe  o  Manolo,  otro  gallo  cantaría?.  ¡No  sabes cuánto agradezco tu
  llamada  porque  también nosotros deseábamos comunicaros que seguimos aún
  menstruando cada veintiocho días más o menos!"
      El  lector  asistirá a una sucesión de escenas no por burlescas menos
  realistas de situaciones sociales y de convivencia que molestan, ofenden,
  indignan,  asombran y divierten a la autora, y que quedan aquí reflejadas
  con un gran sentido del humor y también con una gran agudeza.
      Se  trata  de  una  especie  de  cara  y  cruz de la realidad. Podría
  considerarse,  incluso,  que  asistimos a un nuevo modelo de costumbrismo
  del  siglo XXI, en el que esas costumbres asumidas y soportadas por todos
  se muestran en su absurdo realismo cotidiano.
      Un libro que hará las delicias de todos aquellos que quieran pasar un
  tiempo  divertido  con la lectura. Un tiempo en el que, además, se le den
  algunos buenos y prácticos consejos para la vida.
  Begoña  Aranguren  nació en Bilbao y comenzó a ejercer el periodismo como
  columnista de un diario local de Vizcaya. Posteriormente llevó a cabo una
  serie de 80 entrevistas en profundidad a grandes personalidades del mundo
  de  la  literatura, las artes y la cultura en general; entre otros, Julio
  Caro  Baroja,  Gabriel  Celaya,  Pablo  Serrano,  Nuria Espert, o Plácido
  Domingo.  Más  tarde colaboró con Euskal Telebista en programas de éxito.
  Esto  le  condujo  a  crear,  junto  a  Isabel Vergarajauregui, su propia
  productora  con  la que, en coproducción con Canal Plus, llegó a realizar
  más  de 50 testamentos visuales, documentos únicos en que los españoles e
  hispanoamericanos  más  importantes del siglo XX nos dejan su testimonio,
  sus últimas palabras en un programa llamado Epílogo.
  En 2000 publicó El fuego que no quema, un libro de conversaciones con su
  ex marido, el escritor José Luis de Vilallonga. Sus últimas obras son La
  mujer en la sombra (2003), Memorias. Enmanuela Dampierre (2003), Diva,
  divina (2003)y Alta sociedad (2006).

Juan Sin Letras. Una cruzada literaria.

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TRUMAN CAPOTE. LA BIOGRAFÍA (Gerald Clarke)

“Se llora más por las plegarias atendidas
que por las no atendidas” (Santa Teresa)

La vida de Truman Capote puede relatarse en torno al pensamiento de Santa Teresa. Su ansia fue siempre alcanzar el reconocimiento y la aceptación que de niño le negaron sus padres. Con su padre tuvo escaso trato y éste siempre terminaba en una decepción más grande que la anterior. Con su madre tuvo que vivir encerrado en habitaciones de hotel donde veía cómo mantenía relaciones con otros hombres o cómo llegaba bebida y maltrecha. Durante los años que pasó en la casa familiar de Monroeville con sus tías tuvo que vivir inmerso en las relaciones tormentosas que mantenían esas tres mujeres y su tío, y que tan bien reflejaría en “El arpa de hierba”.

Pero su afán de aceptación social y de poder económico, era común a su madre quien le enseñó y transmitió tales valores como objetivos vitales, sobresaliendo de la vulgaridad.; el estilo y la clase eran la clave para elevarse en busca de ese reconocimiento.

La madre de Truman alcanzaría el tan ansiado triunfo mediante el matrimonio con Joe Capote de quien Truman tomaría su apellido; pero la plegaria atendida no logró evitar que murieses alcohólica y destrozada por las continuas sospechas, más o menos certeras, de infidelidades de su marido y su posterior bancarrota. Truman no vio en ello el aviso y la premonición. Por aquel entonces su fama de escritor ya había cruzado fronteras, su ingenio, sus ocurrencias y, sobre todo, las compañías de las que gustaba rodearse (entre lo más selecto de la sociedad de la época) eran la prueba de que él sí lo había conseguido.

Su cima literaria llegó con “A sangre fría”, el espeluznante relato de un crimen en el interior de los Estados Unidos, sin motivo aparente y con una violencia gratuita sin igual. Truman no sólo trabó conocimiento con el entorno de las víctimas (llegó a convertirse en una figura local en Holcomb) sino que mantuvo una larga e intensa relación epistolar y presencial con los dos asesinos, llegando incluso a presenciar su ahorcamiento.

Pero, al mismo tiempo, el crimen permitió que contemplara el reflejo de lo que pudo haber llegado a convertirse. Uno de los asesinos (Perry Smith) era la viva imagen de lo que pudo haber sido Truman de no haber abrazado la religión de la Literatura, salvándole de algún modo. Sus infancias se parecían demasiado como para no sentirse aterrado y culpable por ello; alcohol, abandono, malos tratos, empujaron a Truman y a Perry por caminos diferentes, pero, al fin, Truman vislumbró una fina línea que le separaba del asesino de los Clutter.

Pero la Literatura que le había salvado hasta entonces, y que le dio (precisamente con esta obra) su gran triunfo, no le logró salvar de sí mismo. Exultante tras el éxito de “A sangre fría” pero dolido por el escaso reconocimiento de los críticos profesionales, se planteó llevar adelante un viejo proyecto (emulación de la obra de Proust “En busca del tiempo perdido”). Describir a la alta sociedad de su tiempo y dejar al descubierto su triste condición valiéndose de su privilegiado status de acompañante y bufón se le antojó como su mayor contribución al Arte. Nadie como él aunaba conocimiento y talento para llevar a buen fin esa obra que dejaría al mundo boquiabierto y supondría su consagración definitiva junto a los más grandes autores de todos los tiempos.

Los capítulos publicados de esta obra (“Plegarias atendidas”) supusieron la condena de Truman al ostracismo social y al alejamiento de los círculos por los que hasta ese momento se movía como centro de todas las atenciones y confidencias. El rechazo pasó a convertirse en norma de obligado cumplimiento para todos aquellos, criticados o no, que antes habían otorgado su confianza a Truman.

Desconcertado, creyendo que su talento estaba por encima del orgullo de sus amigos y despreciando su inteligencia (creyó que ninguno de ellos llegaría a reconocerse), vio cómo, poco a poco, su vida se iba convirtiendo en una farsa de sí mismo.

Su vida sentimental (siempre compleja) pasó a ocasionarle un sinnúmero de problemas al empeñarse en escoger a sus parejas entre hombres incapaces de valorar su obra, vulgares, física e intelectualmente quizá como forma de asegurarse un control sobre ellos (prueba de que la confianza en sí mismo comenzaba a fallarle). Sus borracheras y su continuo coqueteo con pastillas y drogas acabaron por convertirle en un asiduo de las clínicas para desintoxicación probando todo tipo de tratamientos contra el alcohol y otro tipo de adicciones.

Su triste final supuso la definitiva extinción de una voz propia en el mundo literario que, seguramente, pudo habernos dejado mucho más de lo que nos legó y que, sin embargo, aportó a la literatura de la segunda mitad del siglo XX un soplo de originalidad que basta para situarle entre los mejores autores de su generación.

La biografía capital de Truman Capote está escrita por Gerald Clarke. A lo largo de sus numerosas páginas construye el mapa genético del niño afeminado que lucha por hacerse un hueco en el mundo, pese a todos los obstáculos, y lo consigue. Nos describe el proceso creativo de sus primeros trabajos y las dificultades para dar con finales adecuados; su talento para la vida social y su afán por rodearse de mujeres con clase (al final de sus tiempos confesaría que la clase, como él la entendía, ya no existía, y que las nuevas clases privilegiadas sólo tenían dinero y carencia del mínimo estilo y clase. Nos describe sus relaciones íntimas, alumbrando la parte privada de su vida, de la que tanto dependía y que pudo ser la clave de sus últimos años.

El libro está escrito en la más pura tradición anglosajona lo que la convierte en seminovela de apasionante lectura, al tiempo que cuenta con una voluminosa anotación agrupada en sus últimas páginas, que sustenta la credibilidad del trabajo.

No todos los autores presentan una simbiosis entre vida y obra. En el caso de Truman Capote, y tal vez con la excepción de “Desayuno en Tiffany´s”, esa dependencia es total por lo que la lectura de esta biografía permite un nuevo acercamiento a la narrativa de Capote desde una nueva perspectiva.

¿Hubiera sido más feliz en el caso de no haber visto atendidas su plegarias y haber llevado una vida menos pública y brillante?. La respuesta que él nos habría dado sería, sin lugar a dudas, que no.

Confieso que he leido

Memphis Blues Again

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Literatura, imagen e imaginación

LA NUEVA ESPAÑA, 21 de marzo de 2007

Literatura, imagen e imaginación

fernando alonso vega

Si tenemos en cuenta las diferentes acepciones acerca de los términos, según el tiempo histórico y los enfoques de las diferentes escuelas, conviene acordar un concepto básico y general para la «Literatura». Acaso podría ser ésta: arte que emplea la palabra como instrumento. El lenguaje literario es estilizado y trascendente, y su destino, la perduración. La literatura es creación. Es la expresión por parte del autor de un mundo que él ha creado, real o imaginario, y que comparte con los demás.

Podríamos acordar igualmente la definición de «imaginación» como \’facultad de la mente para representar las imágenes reales o ideales». El pensamiento siempre va acompañado de imágenes , que constituyen siempre un mecanismo inductivo para captar nuestra atención.

La imaginación es un elemento mágico entre el pensamiento y el ser, se nutre de imágenes y constituye, por tanto, una relación de la imagen con la realidad. La imaginación supone dar a las ideas forma, claridad y adaptabilidad al mundo real. Por el juego de la imaginación, parece que podemos librarnos de las presiones físicas y sociales. Se dan en ella una intencionalidad y la existencia de un sentido simbólico latente en las imágenes. La ciencia de las imágenes analiza los fenómenos visuales, sus contextos y sus funciones. El ensueño, esa forma liberada de la imaginación, genera una soledad que no deja de ser una soledad poblada, pues todo ensueño permanece ligado a lo real y a lo social.

Asistimos en la actualidad a la omnipresencia de la imagen, al tiempo que la manida frase de « una imagen vale más que mil palabras» casi es innecesaria por su amplia aceptación. Del mismo modo, también ha venido siendo reiterada la idea de que «la imagen mata la imaginación». Seguramente, sin confrontarlas, nos hallamos en un tiempo que favorece la imagen, debido a la forma cotidiana de vivir. Las imágenes, representación de una cosa, constituyen un residuo de la percepción cuando la realidad estimulante desaparece del entorno

Comentemos algunos de los motivos para que esto se dé así. O se procure, que también podría ser: 1.-Se suele asociar la literatura a la lentitud, y la imagen a la velocidad. 2.-La literatura, a la soledad; la imagen también es percibida por el grupo. 3.-La imagen, a las ciencias; la imaginación, a las letras. 4.-La imagen, al instante; la literatura, a la perduración.

Literatura e imagen son, en el fondo, la misma cosa: de la lectura se va a la imagen, y de la imagen a la palabra: ambas sugieren, insinúan, pervierten, provocan y su procura no es otra que despertar sensaciones y sentimientos que hagan del mundo de los otros el nuestro propio y muchos más posibles.

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PARA QUIÉN ESCRIBO

 

SIGLO XXI, 15 de octubre de 2006 

Para quién escribo, la duda de siempre

El ganador del premio Nobel reflexionó recientemente en The New York Times

  Orhan Pamuk, Tomado de GDA, La Nación

Nueva York. Durante los últimos 30 años –desde que me convertí en escritor–, la pregunta que me han planteado con mayor frecuencia, tanto lectores como periodistas, es ésta: "¿Para quién escribe usted?" Sus motivos dependen de la época y el lugar, pero todos emplean el mismo tono de voz, suspicaz y desdeñoso.

A mediados de la década de 1970, cuando decidí convertirme en novelista, la pregunta reflejaba la difundida idea filistea de que el arte y la literatura eran lujos en un país no occidental pobre, aquejado por problemas premodernos. También incluía la insinuación de que alguien "tan educado y cultivado como usted" podría ser más útil a la nación como médico dedicado a combatir las epidemias o como ingeniero abocado a la construcción de puentes.

En años posteriores, los que me preguntaban: "¿Para quién escribe usted?" estaban más interesados por descubrir qué parte de la sociedad era la que yo esperaba que leyera y disfrutara de mi trabajo. Sabía que esa pregunta era una trampa, porque si no contestaba: "Escribo para los miembros más pobres y oprimidos de la sociedad", me acusarían de proteger los intereses de los terratenientes turcos y de la burguesía. Y esto, a pesar del hecho de que cualquier escritor de buen corazón que fuera tan ingenuo como para afirmar que escribía para los obreros y los campesinos recibía rápidamente la respuesta de que era muy poco probable que sus libros fueran leídos por personas apenas alfabetizadas.

Treinta años más tarde, escucho más que nunca esa misma pregunta. Pero ahora tiene más que ver con el hecho de que mis novelas se traducen a más de 40 idiomas.
Durante los últimos 10 años, mis cada vez más numerosos interrogadores parecen preocupados de que yo pueda malentender la pregunta, de manera que suelen agregar: "Usted escribe en turco. Entonces, ¿escribe para los turcos, o ahora también piensa en el público más amplio al que llega gracias a las traducciones?" Y la pregunta siempre está acompañada por la misma sonrisa suspicaz y desdeñosa, que me lleva a la conclusión de que, si quiero garantizar la autenticidad de mi obra, debo contestar: "Sólo escribo para los turcos".

Antes de ocuparnos de la pregunta en sí misma, debemos recordar que la aparición de la novela como forma de arte coincidió con la emergencia del Estado-nación. Cuando se escribían las grandes novelas del siglo XIX, el arte de la novela era en todos los sentidos un arte nacional. Balzac, Dickens, Dostoievski y Tolstoi escribían para las clases medias emergentes de sus naciones, que podían abrir los libros y reconocer cada ciudad, cada calle, cada casa, cada habitación y cada silla; podían compartir los mismos gustos y discutir las mismas ideas.

En el siglo XIX, las novelas de esos grandes autores aparecían primero en los suplementos culturales de los periódicos nacionales, pues los autores le estaban hablando a la nación. Para fines del siglo XIX, leer y escribir novelas era participar en una discusión nacional cerrada al exterior.

Pero hoy la escritura de novelas conlleva un significado diferente, al igual que la lectura de novelas literarias. Hoy, los lectores esperan un nuevo libro de García Márquez, Coetzee o Paul Auster, de la misma manera que sus predecesores esperaban la nueva novela de Dickens… como si fueran las últimas noticias. El público lector de novelistas como éstos, a nivel mundial es mucho más grande que el público al que llegan sus libros en sus países de origen.

Los escritores escriben para su lector ideal, para sus seres queridos, para ellos mismos o para nadie. Todo eso es cierto. Pero también es cierto que los escritores literarios de hoy también escriben para los que los leen. De modo que las preguntas incisivas y las sospechas sobre las verdaderas intenciones de estos escritores reflejan cierta inquietud sobre este nuevo orden cultural que ha logrado existencia durante los pasados 30 años.

La gente a la que este orden le resulta más perturbador son los representantes de las naciones no occidentales y de sus instituciones culturales. Los Estados no occidentales atormentados por las crisis, angustiados por su identidad nacional -y reticentes a enfrentar las zonas negras de su historia- se muestran suspicaces con los novelistas creativos que enfocan la historia y el nacionalismo desde una perspectiva no nacional. Según estos críticos, los novelistas que no escriben para su público nacional están exotizando su país para "consumo externo" e inventando problemas que no tienen una base en la realidad.

Existe una sospecha paralela en Occidente, donde muchos lectores creen que las literaturas locales deben seguir siendo locales, puras y fieles a sus raíces nacionales. Su secreto temor es que un escritor que se dirige a un público internacional y que hace uso de tradiciones externas a su propia cultura, termine por perder su autenticidad.

Y porque todos los escritores sienten un profundo deseo de ser auténticos es que todavía me gusta que me pregunten para quién escribo. Pero aunque la autenticidad de un escritor depende de su capacidad de abrir su corazón al mundo en el que vive, también depende de su capacidad de entender su propia posición cambiante dentro de ese mundo.

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Pequeña gran literatura

Pequeña gran literatura

JOSÉ ABAD

 Lo de "literatura infantil y juvenil" no es sólo una drástica simplificación, como toda etiqueta, sino un marbete impreciso donde los haya que, en vez de presentarnos el producto, hace una valoración equívoca del mismo en virtud de su destinatario potencial. No todas las novelas para jóvenes pueden presumir de juventud, qué más quisieran; infinidad de ellas vienen al mundo con artritis, problemas de vista y acusada sordera, achacosas, irremediablemente asistencia, viejas. Tampoco los libros para niños son siempre infantiles; un adjetivo, además, que en literatura siempre ha arrastrado una estela negativa. Siendo como es para niños, como tal nació, pocos se atreverían a calificar de "infantil" la Alicia en el País de las Maravillas (1865) de Lewis Carroll, un artefacto poético nada inocente, diría subversivo, cuyo objetivo no sólo es construir un universo de fantasía autosuficiente, sino trastocar la concepción de la realidad, más aún: cuestionar el orden social aceptado… Todas estas cuestiones terminológicas son secundarias, ni qué decirlo, pero apuntan la desidia con que la crítica suele afrontar el análisis de un capítulo que atrae a no pocas editoriales e impele a numerosos profesionales, en fin, que mueve muchos dineros.

Las cuestiones principales, por supuesto, se refieren a forma y contenidos: ¿Qué métodos se emplean para retener a un lector joven y, con toda seguridad, tentado por las sirenas de los mil artilugios que hoy ofrece el mercado audiovisual? ¿De qué material poético o narrativo se sirve el escritor para construir su propuesta? Y sobre todo, ¿qué moralejas se enseñan, aunque no sepamos si se aprenden, en este marco literario? A la primera pregunta se responde con una sola palabra: claridad. El escritor que se sube a este tren debe olvidarse de todas las martingalas estilísticas de que es capaz y apostar por la mayor transparencia posible. Al lector bisoño no hay que demostrarle qué bueno se es; más bien al contrario: lo ideal es no hacerse notar. Cuantos menos alardes, mejor. Esto explica por qué un autor como Robert Louis Stevenson o una novela centenaria como La isla del tesoro (1883) todavía hoy consiguen reclutar a enteras generaciones de nuevos lectores. Tiempo tendrán luego éstos, si siguen en la brecha, de extraviarse en esos laberintos revueltos que tanto gustan a algunos adultos. Las otras preguntas pueden responderse, en parte, a través de un ejemplo reciente.

En su última novela, Donde nace el sol, Federico Villalobos, un autor con amplia experiencia en este campo, retoma el argumento milenario de la búsqueda del Vellocino de Oro con un objetivo más que apreciable: rescatar un patrimonio cultural enorme que este tipo de literatura puede descubrirle al joven con mayor eficacia que el mejor de los manuales de Historia (con todos mis respetos por dichos manuales), un material del que aprender, con el que divertirse, al alcance… No obstante, esta herencia no debe (más aún: no puede) recuperarse tal cual; hay que adaptarla, y se adapta, a la sensibilidad hodierna: el niño y el adolescente responden mejor a la identificación que al extrañamiento. Así pues, Jasón ya no es el héroe inmaculado de las antiguas gestas; ahora es un pescador que vive humildemente de su trabajo y se niega a sucumbir al monopolio del ambicioso Pelias, tío suyo para más señas, dueño y señor de la pequeña localidad de Yolco.

Villalobos le habla al lector de países y paisajes lejanos, pero reconocibles en sus trazos esenciales; le habla del mar, siempre el mar, de barcos y marineros, de tormentas y horizontes, de empresas donde satisfacer la sed de aventura y aprender un mínimo de honradez, que tampoco está mal. Este autor, que ha confesado en alguna ocasión su apego a la obra de Stevenson, demuestra que este afecto es auténtico. Su prosa es esmerada, limpia, exacta. ¿Y la moraleja? Hay varias. Desde el primer capítulo al último se pondera ese bien precioso que es la amistad. La novela trenza, asimismo, una defensa de la dignidad individual con una denuncia de toda forma de opresión: "Cuando uno es su propio dueño, la buena y la mala suerte le tocan por igual –dice Jasón a Pelias–. Pero cuando el amo es otro, para él es toda la mala suerte, y el amo se queda con la buena". No escasean los apuntes obscuros. Como buen relato iniciático, el protagonista va al encuentro de lo más grato e ingrato de toda existencia; sin embargo, el mensaje último es constructivo, siempre. La llamada "literatura infantil y juvenil" no pertenece a la escuela del desencanto. Y está bien que así sea.

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