Conjeturas Académicas sobre la «Ilíada», François Hédelin

[Conjectures académiques sur l’«Iliade»]. Tratado filológico del erudito francés François Hédelin, abate de Aubignac (1604-1676), publicado en 1715. Exa­minando los poemas llegados a nosotros ba­jo el nombre de Homero, el investigador advierte algunas discrepancias en el espíri­tu y en la lengua de las dos obras; no sólo el tema está tratado de modo distinto en los dos libros, hasta el punto que ya los antiguos los habían atribuido el uno a la juventud y el otro a la vejez del poeta, sino que la misma concepción de la vida y de la divinidad ofrece contrastes. En par­ticular, examinando la estructura y la len­gua de la Ilíada (v.), las diferencias de es­tilo y de forma excluyen la posibilidad de que sea obra de un solo poeta.

Se trata, al contrario, de una variada tradición na­cional de cantores y poetas populares que transmitieron diversas versiones de la gue­rra de Troya que al fin fueron reunidas y refundidas por Licurgo o Pisístrato. La po­lémica del erudito francés tiene una im­portancia excepcional en lo que respecta a la formulación de la llamada «cuestión homérica». El abate d’Aubignac se anticipa a las afirmaciones de muchos investigado­res, en especial a las de Vico en la Ciencia nueva (v.) y de Wolf en sus Prolegómenos a Homero [Prolegomena ad Homerum], y acude a tomar parte en las discusiones de la época sobre la comparación de los an­tiguos y los modernos, dando un grave gol­pe a la escuela académicamente clasicista que no tomaba en cuenta la diferencia en­tre la poética del pasado y el nuevo gusto de una sociedad cartesiana.

C. Cordié

De las Conjeturas, Nicolás de Cusa

[De coniecturis]. Obra del filósofo alemán Nicolás de Cusa (Nicolás Chrypffs de Cues, 1401-1464). To­do lo escrito, en dos volúmenes, se pre­senta como un complemento de la Docta ignorancia (v.) y se ocupa de una mane­ra particular del problema del conocimien­to. Como Dios ha creado el mundo, así el espíritu humano crea su mundo cognosci­tivo, pero mientras Dios conoce de una manera perfecta el mundo que ha creado, el hombre no puede más que conjeturar sobre su Dios y sobre la realidad de la creación. El dualismo entre Dios y el hom­bre es imposible de colmar, puesto que «finiti et infiniti nulla proportio». De lo que se desprende que un conocimiento infinito y absoluto es imposible para el hombre y nuestro saber está sujeto a las cosas finitas.

La lógica del finito, que es la de Aris­tóteles, no puede, pues, ser aplicada a Dios; de manera que toda teoría racional está condenada a favor de una teología mística. Pero si a Dios es solamente posible acercársele por medio del amor intelectual y del éxtasis, este éxtasis presupone un com­plejo movimiento del espíritu y del cono­cer, por lo cual esto no es una compren­sión inmediata de la verdad, sino gradual acercamiento a Dios y a la verdad. Con esto Cusa supera sin más el dogmatismo medieval y encamina la filosofía hacia el fin que luego será alcanzado por Kant y Hegel. Los grados del conocimiento son descritos por Cusa en una especie de feno­menología: el primer grado es representa­do por el múltiple conocimiento de lo sen­sible, el cual es recogido por la imagina­ción y juzgado por la razón. La razón es, empero, conocimiento de lo finito y como tal está ligada al principio de contradicción por medio del cual no puede jamás explicarse y unir los opuestos. Las matemáticas son la ciencia más perfecta de la razón, pero también está sujeta a lo finito a pesar de que Cusa admita también una matemática simbólica del infinito.

La forma más per­fecta de conocimiento es alcanzada por el intelecto que es libre del principio de con­tradicción y, por lo tanto, puede conciliar los opuestos refiriéndolos a la unidad de Dios. Pero esta unidad en sí es inaprensible por el intelecto: en el momento en que el pensamiento alcanza su máxima perfección, cesa también su actividad. La fenomeno­logía del conocimiento conduce así a la visión de todas las cosas en Dios, visión, sin embargo, que no es posible si no es mediante el proceso por medio del cual ha sido alcanzada. El conocer humano no es, pues, jamás positivo, sino que es con­ciencia del propio saber, docta ignorancia, y por esto no alcanza nunca el límite, Dios, sino que es progresivo pensar conjetural sobre Dios y sobre la realidad.

E. Pací

Congreso de Verona, François-René de Chateaubriand

[Congrés de Vérone]. Obra de carácter político de François-René de Chateaubriand (1768-1848), publicada en 1838 para justificar ante la opi­nión pública su actuación como ministro de Asuntos Extranjeros de Francia. Es sa­bido que en Verona, en 1823, el Congreso de los monarcas de Europa planteó un pro­blema muy parecido al del Congreso de Vie­na y de la Santa Alianza: la manera de impedir la difusión y el triunfo de las ideas de libertad y de nacionalidad. En particu­lar se trataba de intervenir en España para reponer en el trono a Fernando VII. En el Congreso participó Chateaubriand como re­presentante de Francia. Apoyó, hasta hacerla triunfar, la solución que contaba con menos adeptos: la de dejar a Francia la responsabilidad y al mismo tiempo el ho­nor de una campaña que restableciese la monarquía contra los insurrectos españoles.

Firme en su intento de hacer prevalecer este proyecto porque había de dar gloria a su país no menos que a sí mismo, con­siguió la adhesión del suspicaz ministro de Austria, Clemente von Metternich, sobre todo como consecuencia de los reproches dirigidos a Inglaterra a propósito de las co­lonias españolas de América (v. Colonias españolas), puesto que éstas se separarían definitivamente de España sin la interven­ción de un fuerte gobierno monárquico en aquel suelo. La empresa se llevó a cabo en conjunto según el proyecto de Chateau­briand, que en las argumentaciones y en los documentos presentados en la obra, de­dicados precisamente a la Guerra de Es­paña, explicó los motivos que le habían lle­vado a sostener la necesidad de empujar a Francia hacia el camino de su tradición mi­litar y de su tradicional hegemonía. La vivacidad de la obra en sus razonamientos y peroraciones, está realzada por un len­guaje cálido y lleno de colorido donde la razón de estado se funde con las consi­deraciones personales. El hombre, Chateau­briand, habla a Europa como un tribuno: también por esta actitud confiere a la lite­ratura un encanto nacional y social. El es­critor encontrará un discípulo más gene­roso en Víctor Hugo.

C. Cordié

Las Cónicas, Apolonio de Perge

Tratado en ocho libros del matemático Apolonio de Perge (II sig. a. de C.), publicado en grie­go y en latín por el astrónomo Halley, en 1710 (Apollonii Pergaei Conicorum, Libri VIII); por Heiberg (1891-1893), limitándose a los libros y fragmentos originales reproducidos en el texto griego y en latín. Ya antes de Apolonio, las cónicas y sus propiedades eran conocidas por los griegos, según lo atestiguan la obra de Menecmo, Los lugares sólidos de Aristeo y muchos pa­sajes de Euclides y Arquímedes. Pero Apo­lonio, al que hay que considerar como el matemático más original después de Arquí­medes, generalizó y extendió las investiga­ciones. Partiendo de un cono cualquiera, cortándolo con un plano cualquiera, llega a obtener las tres especies de cónicas que an­tes de él se consideraban como secciones del cono acutángulo, rectángulo y obtusángulo. Los primeros cuatro libros de esta obra, seguramente han llegado a nosotros en su texto original porque eran libros de texto en las escuelas griegas y alejandri­nas.

Los tres siguientes se conservaron du­rante el medioevo en una traducción árabe, y sólo el octavo libro, que según las de­claraciones de Apolonio contenía la solu­ción de los problemas concernientes a la materia tratada en el libro anterior, se ha perdido. El famoso astrónomo Halley, en la edición hecha por él de las obras de Apolonio, basándose en las informaciones contenidas en los «lemas» dejados por Pappo en su Colección (v.), consiguió dar una relación aproximada de este libro desapa­recido. En conjunto, los libros sobre las cónicas pueden considerarse como una in­troducción a la Geometría superior, porque en ellos encontramos nociones modernísi­mas como son los principios de la teoría de las polares o la generación de una cónica mediante haces de rayos proyectados (teo­rema de Steiner). La importancia de las cónicas en el sistema universal creció mu­cho con el descubrimiento de Kepler, se­gún el cual las órbitas planetarias son elíp­ticas, ocupando el sol uno de los focos de la elipse. Y la obra de Apolonio, examinada hace tres siglos, dio origen a un gran des­envolvimiento de la geometría moderna.

A. Uccelli

Conformidad de la Lengua Francesa con la Griega, Henri II Estienne

[Conformité du langage françois avec le grec]. Tratado del erudito francés Henri II Estienne (1531- 1598), el personaje más importante de la dinastía de tipógrafos y editores fundada por Henri I Estienne, abuelo suyo, famoso también en el mundo humanístico con el nombre de «Stefanus». La obra es muy in­teresante en su aspecto histórico, porque participa directamente en la polémica so­bre el italianismo y sobre el restablecimien­to de los estudios clásicos en Francia. Pu­blicada en el año 1565, se funda en el intento de estudiar la afinidad del griego con el francés, pero el carácter no muy científico del propósito cede a su vez el paso ante la finalidad más inmediata de mostrar que ningún pueblo es más apto que el francés para comprender los valores morales y la belleza de la antigua literatura griega. Partiendo de tal supuesto, le era fácil a Estienne proclamar, frente a la in­vasión del italianismo, que entre todas las lenguas hermanas de la Edad Moderna, la francesa era la reina: posee las cualidades requeridas por todos y cada uno de los géneros literarios, desde la lírica al tratado y a la disquisición doctrinal. Así este tra­tado ocupa un lugar en las diatribas con que los sabios franceses reafirmaron la ex­celencia de su cultura y la importancia ca­da vez más decisiva del francés en la mis­ma tradición de los estudios clásicos. Para entenderla adecuadamente en su compleji­dad histórica, hay que unir a esta obra las observaciones más particularmente polémi­cas de la Superioridad de la lengua fran­cesa (v.) de 1579.

C. Cordié