Millás parte de sus temas y situaciones habituales, mostrando a al juez Rincón como una mujer solitaria que llama al contestador de su difunto padre y le deja mensajes de frustración para luego iniciar una relación sexual poco satisfactoria con un forense poco habilidoso.
Luego ve a una mujer en el metro, una desconocida (algo habitual en la obra del autor) a la que siente como otra versión de sí misma y a la que comienza a esperar, a buscar, llegando a comprarse un libro “No mires debajo de la cama” (una novela sobre zapatos) porque lo está leyendo ella y siente que compartir la lectura las une.
Después, como si de meternos en el libro se tratase, la historia se centra en el callista con ínfulas de podólogo Vicente Holgado, o más bien en sus zapatos.
Durante varios capítulos se desgranan las historias de varios pares de zapatos, desde los de un hombre que perdió una pierna y dejó al zapato viudo, la pasión por comer calcetines, o el disgusto al sentir dentro de sí no sólo los pies, sino todo el pesado cuerpo de las personas.
Luego sí, ya medio olvidada la juez, la novela está protagonizada por el callista y sus obsesiones, desde que se siente el monstruo que está debajo de la cama (o dentro del armario, según personalidades) hasta la visita a la familia de su amante y su fulminante “enamoramiento” de Julia, hermana de Teresa, en que se suceden una serie de situaciones surrealistas cuyo sentido no parece ir más allá que ese mismo surrealismo.
Entre calzado que se siente más a gusto sintiendo en su interior el cuerpo de una rata que los pies de una persona, la obsesión de Holgado por prótesis y monstruos diversos, los percheros y zapatos con vida propia y personajes que acaban relacionados entre sí, Millás acude a todos sus temas recurrentes para realizar una obra surrealista y extraña, de difícil comprensión.
La contraportada explica “… es una novela acerca de la simetría y desigualdad de las parejas y de la búsqueda universal de compañía y afecto”.
Se agradece la aclaración, porque, aunque no he sido capaz de captarlo, parece que toda la serie de acontecimientos aparentemente absurdos adquiere un sentido… al menos para su autor.
Bibliografía
/ Cuentos de adúlteros desorientados (2003, Lumen)
/ Dos mujeres en Praga (2002, Alba)
/ Números pares, impares e idiotas (2001, Alba)
/ Articuentos (2001, Alba)
/ No mires debajo de la cama (1999, Alfaguara)
/ La viuda incompetente y otros cuentos (1998, Plaza y Janés)*
/ El orden alfabético (1998, Alfaguara)
/ Tres novelas cortas (1998, Alfaguara)*
/ Cuentos a la intemperie (1997, Acento Editorial)*
/ Trilogía de la soledad (1996, Alfaguara)*
/ Algo que te concierne (1995, El País Aguilar)*
/ Tonto, muerto, bastardo e invisible (1995, Alfaguara)
/ Ella imagina (1994, Alfaguara)
/ Volver a casa (1990, Alfaguara)
/ La soledad era esto (Destino)
/ Primavera de luto (1989, Destino)
/ El desorden de tu nombre (1986, Alfaguara)
/ Letra muerta (1983, Alfaguara)
/ Papel mojado (1983, Alfaguara)
/ El jardín vacío (1981, Alfaguara)
/ Visión del ahogado (1977, Alfaguara)
/ Cerbero son las sombras (1975, Alfaguara)
[*Recopilaciones]
http://reginairae.blogcindario.com/2006/03/00266-no-mires-debajo-de-la-cama-de-juan-jose-millas.html
Juan Sin Letras. Una cruzada literaria.
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La flaqueza del bolchevique (Lorenzo Silva)
Pablo es un tipo raro que al intentar vengarse porque Sonsoles ha dado un golpe a sucoche conoce a la hermana de ésta, María, y decide enamorarse de ella.
El caso es que la novela empieza muy bien.
El autor muestra a Pablo con un tío cínico, un tanto amargado y con un punto de crueldad que expresa con mucho ingenio, mala leche y un humor negrísimo que impele a seguir leyendo,
En estas primeras y mejores páginas de la novela, el protagonista habla además de cierta obsesión por un retrato de las hijas del zar Nicolás II, sintiéndose especialmente atraído por una de las jovencitas, la duquesa Olga y especulando por lo que sentiría el bolchevique encargado de matarla, siendo este el origen del título y del interés del protagonista por algunas adolescentes.
Luego Pablo sale al mundo y se encuentra con Sonsoles, que sí, se muestra un tanto prepotente, aunque su actitud no parece justificar la virulenta venganza a que la somete, que comienza con llamadas telefónicas amenazadoras y sigue conociendo a la hermana menor, María.
Se presenta a la quinceañera como un cruce entre la Lolita de Nabokov y una colegiala de manual, que parece ser quien controla la situación entre ellos, sorprendiendo a un Pablo desconcertado y menos osado de lo que él mismo pensaba, con lo que pierde rápidamente la iniciativa y alucina con las proposiciones de la muchacha.
Poco a poco la novela se va convirtiendo en algo diferente a lo que comenzó, baja el nivel de humor y mala leche y degenera hasta llegar a una masacre absurda que encierra una especie de moralina inoportuna y se ensaña de forma absurda, injusta e innecesaria con el personaje de María, a la que se “castiga” por el enorme “delito” de intentar conseguir lo que desea.
Así una novela que arranca en clave de humor irreverente acaba resultando una suerte de thriller previsible y bastante insatisfactorio, que decepciona en mayor medida debido a un brillante comienzo que se queda en agua de borrajas.
– "La flaqueza del bolchevique" fue finalista al premio Nadal de 1997.
– Fue adaptada al cine en 2003, dirigida por Manuel Martín Cuenca y protagonizada por Luis Tosar, María Valverde, Mar Regueras….
http://reginairae.blogcindario.com/2006/03/00267-la-flaqueza-del-bolchevique-de-lorenzo-silva.html
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Guapa de cara (Rafael Reig)
Una novela curiosa dentro del panorama rabiosamente realista de la literatura española contemporánea, que resulta casi una rareza. Ya de partida, el hecho de estar ambientada en un Madrid imaginario, con una historia alternativa, le da cierto toque excéntrico, aunque en algunos casos un poco tópico: los típicos lugares prohibidos por la autoridad donde vagan drogadictos que se toman ciertas ampollas verdes, etc.
También resulta llamativa la protagonista, que está muerta casi desde las primeras líneas. Así pues, la historia está narrada en primera persona por esa protagonista fantasmal, a la que acompaña, para mayor inri, una de las criaturas imaginarias surgidas de su pluma, un niño repelente y libidinoso, bastante desagradable.
El personaje principal, la escritora, hace reflexiones sobre su vida, juventud, amores, su matrimonio, su trabajo, etc, tanto en tiempo real (asiste a su entierro, a su autopsia, que es descrita con detalle, a la pena de sus padres, etc), como a través de varios flashbacks donde recuerda a su primer novio, la clínica psiquiatrita de su padre, etc. Eso produce escenas bastante surrealistas y humorísticas. El autor no teme tampoco entrar en lo políticamente incorrecto, con una relación sexual entre el fantasma de la difunta y su creación, el niño repelente.
El título hace alusión al hecho de la que protagonista, gordita, según se nos la describe, siempre recibe de los demás el mismo halago: “es guapa de cara”, para no hacer mención al resto del cuerpo.
Uno de los temas de la novela es el de la ciencia aplicada a la lucha contra las limitaciones corporales, en especial, la muerte, tanto en el sentido de que la narradora está muerta, como también en el fondo del misterio.
De todas formas, y a pesar de su carácter “rompedor” y el deseo de hacer algo diferente, los elementos que componen la novela no están muy bien trabados.
Por un lado, los recuerdos de la protagonista son demasiado “serios”. Quiero decir que parece una novela de las “mainstream”, y no una novela de género negro al uso. La investigación criminal es casi anecdótica y los personajes que intervienen en ella, como el inspector Clot, no están suficientemente definidos.
Así pues, no satisface ni como novela policial ni como novela de “personaje”, aunque en este último aspecto está más lograda. También hay cierta crítica o ironía u homenaje a los progres de los años 60 y 70 y todos esos sueños frustrados de revolución, etc, etc, algo que sí es bastante típico dentro de la literatura española. Las canciones de la época dorada del pop español (Los Secretos, etc) están muy presentes a lo largo del texto, y dan un toque nostálgico. De todas formas, no me ha agradado mucho.
El autor alcanzó un gran éxito con su anterior novela “Sangre a Borbotones”, que tenía lugar en el mismo mundo imaginario.
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Pura vida (José María Mendiluce)
Lo he leído a pesar de haber sido finalista del premio Planeta en el 98. No me suelen gustar los premios Planeta.
Además decir que es un libro triste, un dramón. Empezó siendo una historia alegre que me transportaba a las tierras exóticas de Costa Rica, a su naturaleza, sus playas, su gente y sus fiestas. Me dieron ganas de ir y conocerlo en persona. Y es que Mendiluce ambienta muy bien los escenarios.
La historia en sí es como una montaña: La primera parte del libro es una subida, Ariadna llega a San José y se pasa el día de fiesta. Allí todo es precioso, incluido el mulato Jonás. Una vez que se enamora de Jonás comienza el declive, un descenso imparable y un final trágico que pretende apuntar a la esperanza sin conseguirlo.
No faltan tópicos: Chica bien conoce y se enamora de indígena pobre pero feliz… que resulta ser un mulato extraordinariamente dotado sexualmente…
Tampoco falta moralina: El sexo y la fiesta excesiva se castigan con enfermedades o embarazos.
Hay personajes que resultan muy planos, parece que estén ahí para cubrir un hueco necesario, como por ejemplo la amiga de Ariadna, o su madre.
Con su amiga Nuria intercambia cartas a lo largo de todo el libro, es su mejor amiga, pero cuando se reencuentran en Barcelona no se ve nada de esta relación tan estrecha. Hay un momento en el que Nuria quiere hablar con Ariadna de lo pasado con Jonás, de la relación entre ellas… pero esta pone una excusa y se va. No se vuelve a tocar el tema.
La madre, por su parte, es una persona fría con la que Ariadna mantiene una relación formal y distante, sin sentimientos.
En definitiva, es un libro ameno, que está bien para pasar el rato y conocer algunas cosillas de Costa rica, pero que nunca estará entre mis favoritos.
http://reginairae.blogcindario.com/2006/01/00259-pura-vida-de-jose-maria-mendiluce.html
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El hombre del salto (Don DeLillo)
Es un tópico afirmar que el siglo XXI dio comienzo el 11 de septiembre de 2001 con los atentados contra las Torres Gemelas, por tratarse de un cambio en el paradigma que había definido la relación entre las naciones durante el siglo anterior, poniendo de manifiesto el poder de pequeñas minorías fanatizadas y la fragilidad de las temerosas sociedades occidentales.
Como todo acontecimiento traumático, el atentado requirió de inmediatos y urgentes análisis políticos, periodísticos o psicológicos que, en su práctica totalidad, carecen de vigencia pocos años después. El análisis profundo de las causas del atentado y, principalmente, de las consecuencias y los cambios que dicho atentado han traído y traerán a nuestras vidas, no será posible en tanto no transcurra el tiempo necesario para «tomar distancia» como suelen decir los historiadores.
Pero entonces, ¿qué nos queda entre tanto? La Historia con su lento discurrir, o los medios de comunicación con sus intereses creados y el afán por el titular perfecto, no permiten llegar a un conocimiento satisfactorio. Algunos señalan a la Literatura como un camino de conocimiento válido sobre nuestros propios sentimientos, como el medio idóneo a través del que se puede comprender una sociedad, un sentimiento, un tiempo. Más allá de hechos probados, la Literatura sería capaz de acercarnos a una verdad más cierta (o que se percibe vívidamente como tal). Sólo la Literatura habla en el lenguaje del Hombre y desvela y hace comprensibles las relaciones que otras disciplinas segmentan y aíslan con el efecto de una pérdida de la visión del todo.
No este el lugar para juzgar la corrección de dicha hipótesis defendida, entre otros, por uno de los mayores adalides de la novela moderna, Milan Kundera. Bástenos con señalar que El hombre del salto se presenta como uno más de los intentos por avanzar en este sentido en relación a los atentados de Nueva York (la lista de autores que ha asumido el riesgo de escribir al respecto incluye a escritores de la talla de Paul Auster, John Updike, Martin Amis, Ken Kalfus, …) y quizá sea el más logrado hasta la fecha.
Don DeLillo parte del centro mismo de la acción y su novela arranca con el protagonista surgiendo de una nube de polvo y cascotes, herido por diminutos fragmentos de cristal, desorientado, confuso y con un maletín en la mano. Keith, ha logrado escapar de la torre en la que acaba de impactar el primer avión y apenas es consciente de lo que ocurre a su alrededor. Cuando un viejo camión de portes para a su lado y el conductor se ofrece para acercarle a cualquier lugar, con tono firme e indubitado, facilita la dirección de la casa de su ex-mujer.
Lianne, abrumada por los atentados, acepta el retorno del marido sin conocer los motivos ni sus intenciones. La vida conyugal parece retomarse, Keith acompaña al hijo común al colegio, vuelve a hacer el amor con Lianne, pero realmente nada es ya lo mismo. Todos los personajes parecen vagar por la novela igual que lo hace el protagonista en las primeras páginas: entre brumas y tinieblas, escombros y ceniza, sin saber muy bien a dónde dirigir sus pasos, vacíos.
Veamos. Justin, el hijo del matrimonio, vive distante de sus padres, lo que puede ser normal en un niño de esa edad que trata de forzar sus primeros signos de independencia. Sin embargo, con dos vecinos, se arma de prismáticos con los que vigila el cielo a la búsqueda de nuevos aviones suicidas; han oído las palabras de Bill Lawton (versión infantil del nombre Bin Laden) quien les ha advertido de que estén pendientes porque los aviones volverán.
Lianne trata de sobrellevar como puede la tensión posterior a los atetados y, en su afán por comprender qué ha ocurrido, decide asumir la revisión y corrección de un libro que parece profetizar el ataque a las torres y del que una editorial prepara un lanzamiento apresurado aprovechando el momento. El regreso de Keith remueve escenas de su pasado dejándola en expectativa respecto a su futuro personal. Los trastornos que advierte en su hijo (mezclando el regreso del padre, los atentados, su creciente aislamiento) y la enfermedad de su madre, alteran un delicado equilibrio emocional que acaba por traicionarla en ocasiones.
El propio Keith parece retraerse socialmente, querer romper con su pasado pero no para iniciar una nueva vida, un proyecto que le haga recuperar la ilusión desvanecida una mañana de septiembre, más bien parece decidido a instalarse en ese momento. Entabla una peculiar relación con Florence, quien resulta ser la dueña del maletín que Keith aferraba creyendo ser suyo cuando volvió a la vida. Entre ambos hay un punto de conexión, los atentados, la experiencia de descender por las escaleras decenas de pisos, sin luz, en silencio o entre gritos, mientras subían los bomberos, sangrando, pisándose unos a otros, sin saber qué ocurre y comprendiendo que algo ha escapado a su control, al control de todos. Sólo entre ellos parece haber comunicación cierta sobre su experiencia, dicha comunicación se revela imposible con otros que no la han vivido.
El resto de personajes filosofa sobre el significado de los atentados, sus causas y consecuencias. La actual pareja de la madre de Lianne, Martin, cuyas dudosas relaciones con el terrorismo en alemania le hacen resultar aún más delirante, plantea un choque de civilizaciones, el fracaso americano y occidental para comprender fenómenos ajenos, pero resulta fatuo frente a una pareja (Keith y Florence) que hacen el amor sin amor, sólo por la necesidad de contacto con alguien que siente lo mismo, vacío y frío.
Y entre todos ellos, recurrentemente, aparece un personaje que simula una caída, que simula la postura, tantas veces reproducida por la televisión, de un hombre que cae de las torres en una postura imposible. Este artista callejero, o concienciador, o provocador, sacude conciencias con su exhibición, en particular la de Lianne, y es a él a quien parece hacer referencia exclusiva la traducción del título de la novela al español (él es claramente el hombre del salto), perdiendo la calculada ambigüedad del título original (Falling Man) que englobaría igualmente al protagonista, en su caída a los infiernos, en la pérdida de su inocencia, como un ángel caído, incapaz de recuperar el pasado, para siempre perdido.
Los propios terroristas realizan apariciones esporádicas en la obra desde la perspectiva de uno de los protagonistas menores de los ataques. Desde la experiencia en una escuela coránica en alemania hasta el momento previo al estallido del avión, Don DeLillo humaniza a los terroristas en el sentido de dotarlos de intenciones, hacerlos creíbles, dibujar sus rostros, pero evitando en todo momento hacer comprensibles o justificables sus actos o procurar que resulten agradables al lector y forzar la contradicción entre el individuo considerado aisladamente de sus acciones.
En cuanto al estilo, podemos afirmar que El hombre del salto logra su objetivo plenamente. Los personajes, en especial los que han vivido la experiencia directa de los atentados, y el propio narrador, se expresan de un modo peculiar, alusivo (o elusivo en muchas ocasiones), con abundantes repeticiones que parecen no tener otro sentido que ganar tiempo para mejorar la precisión de lo descrito. Las metáforas abundan sin ralentizar la acción, las palabras siempre parecen tener varios significados, al igual que los comportamientos no suelen ser lo que parecen, conformando un peculiar tono que atraviesa toda la novela de irrealidad, provisionalidad onírica. Y este efecto es, sin duda, uno de los mayores logros de la novela.
El hombre del salto, pese a su brevedad, presenta numerosos personajes que juegan un papel importante (no hemos comentado nada respecto de los antiguos compañeros de partida de poker semanal de Keith, su destino tras los atentados o el propio futuro de Keith) e inicia muchos hilos argumentales que no siempre son rematados o incluso que parecen carecer de justificación dentro de la estructura de la novela. Sin embargo, si es cierto lo que afirmábamos al comienzo de este comentario, si la novela debe orientar la búsqueda de una explicación, de un porqué (no necesariamente racional), si realmente aspira a la comprensión, quizá sea el mejor modo de aproximación.
Podemos no comprender los motivos de Keith, de Florence o quizá la novela no ayude a ello, pero también sus vidas quedan truncadas, su discurso coherente y lineal ha quedado roto, como lo quedan algunas de las historias que Don DeLillo describe en la novela. Quizá no entendamos el porqué de ciertos elementos del libro, su justificación o su sentido, pero quizá así es la realidad que debemos afrontar, la irracionalidad, el absurdo, el vacío, todo ello forma parte de un mundo que queremos comprender y que, así visto, la novela refleja adecuadamente. Quizá lo que pueda resultar extraño en las páginas de un libro, es aceptado sin reflexión en la vida diaria y sólo la lectura nos lo revela.
Por ello creo que esta novela ganará peso, cobrará fuerza con el tiempo, se releerá con un ánimo diferente y, quizá, se vea si su vaticinio fue el correcto; si su forma, su estructura, su lenguaje perduran. Mientras tanto, nos queda el placer de acercarnos a un modo de novelar original, en la línea de su autor, que combina aspectos modernos con elementos clásicos.
Confieso que he leído
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