Wolfgang Amadeus Mozart

Nació el 27 de enero de 1756 en Salzburgo y murió en Viena el 5 de diciembre de 1791. Su padre, Leopoldo, era músico en la corte del arzo­bispo de Salzburgo y modesto compositor, pero buen violinista y apreciado profesor. Supo cultivar hábilmente la asombrosa pre­cocidad musical de su hijo, como también de su primogénita, Mariana, cuatro años mayor. A los seis años, el pequeño Mozart había compuesto ya su primer fragmento musical, un minueto, seguido al cabo de pocos me­ses por otros tres y por un tiempo de so­nata. En aquel mismo año, 1762, el padre llevó los niños a las cortes de Munich y de Viena para que se exhibieran como vir­tuosos. Al año siguiente, nuevo viaje artís­tico, que, a través de diferentes etapas, consteladas todas de conciertos y de éxitos, condujo a la familia entera a París: allí, el enciclopedista Melchior Grimm se afanó por «lanzar» al pequeño prodigio en los ambien­tes artísticos, mundanos y cortesanos. El conocimiento de la música intensamente ex­presiva del clavicembalista silesiano Johann Schobert, establecido en París, constituyó la primera de las innumerables influencias musicales que el genio asimilador de Mozart captó en sus viajes.

En Londres, adonde se dirigieron desde París los Mozart en 1764, le impresionó sobre todo la música elegante, agradable y amablemente superficial de Johann Christian Bach. De regreso de Lon­dres el 1.° de agosto de 1765, los Mozart se detuvieron nueve meses en los Países Bajos, entre conciertos, enfermedades y contratiempos, que no impidieron, sin em­bargo, los acostumbrados triunfos y la com­posición de una Sinfonía en si bemol K. V. 22 (v. Sinfonías). Tras otra breve estancia en París, regresó en fin la familia a Salzburgo a fines de 1766. Tal es el ritmo de la juventud musical de Mozart: viajes artís­ticos a Viena y al extranjero, con amplia y ávida cosecha de experiencias musicales, las cuales serán después lentamente asimi­ladas y darán su fruto en la pacífica per­manencia de la tranquila Salzburgo. Impe­raba allí un gusto musical un tanto anticua­do, sólidamente provinciano y eclesiástico, opuesto a la trepidante galantería del estilo musical de moda en las grandes capitales. El músico local más importante era Johann Michael Haydn, hermano del célebre com­positor. Un nuevo viaje a Viena (1767), fue truncado por una epidemia de viruela; pero el año 1768 lo pasó el joven músico casi totalmente en la capital, donde pudo oír muchas óperas de Piccinni, de Hasse y de Gluck.

Y él mismo se aventuró a la compo­sición de una ópera cómica, La tonta fingi­da, que no pudo representarse en Viena por intrigas de bastidores, pero que se llevó a la escena en Salzburgo el 1. ° de febrero de 1769. También en Viena, en 1768, escribió Mozart la pequeña ópera cómica en un acto Bastien et Bastienne y algunas Misas y Sin­fonías. Intensifica luego la producción de música sacra en Salzburgo, donde pasa casi todo el 1769, hasta que parte con su padre en el primero de sus tres viajes a Italia, etapa obligada de todos los músicos del siglo XVIII que aspiraban a una consagra­ción internacional. Entraron en Italia por el Brenner, y en Milán tomaron contacto con los medios teatrales, siguiendo después a Bolonia, Florencia y Roma, donde oyeron la ejecución del famoso Miserere (v.) de Allegri para la Semana Santa en San Pedro. El papa Clemente XIV concedió a Mozart, cuan­do éste tenía catorce años, la cruz de caba­llero de la Espuela de Oro. Pero Italia era ante todo para Mozart, peregrino musical, el voluptuoso jardín vibrante de cantos de ópera. En Bolonia aprovecha las enseñanzas del docto padre Martini y luego es admitido en la Academia filarmónica. Por último, en otoño, escribe en Milán la ópera seria Mitridate re di Ponto (v.), que se representa la noche de San Esteban y que le vale un contrato para el año siguiente.

Mozart volvió a fines de marzo de 1771 a Salzburgo, donde pasó un período de coordinación de las in­tensas experiencias musicales vividas en Ita­lia. Nueva escapada a Milán en el otoño de 1771, para componer la serenata Ascanio en Alba (v.), con libreto de Parini, en ocasión de las bodas del archiduque Femando; pero la muerte del viejo arzobispo de Salzburgo reclama el músico a su patria en diciembre de 1771. El nuevo arzobispo, conde Jerónimo Colloredo, tendrá menos indulgencia con los largos viajes de los Mozart, padre e hijo, que eran músicos al servicio de su Corte. El último viaje a Italia tiene lugar entre 1772 y 1773 para la composición y represen­tación en Milán de la ópera Lucio Sila: con su acostumbrada precocidad, Mozart se en­cuentra ahora en plena crisis romántica de adolescencia, y su arte asume intensos tonos dramáticos, sucumbiendo a la ola de pate­tismo wertheriano y del «Sturm und Drang» que sacude durante aquellos años la cultura europea. Sigue luego el más largo período de estancia en Salzburgo, interrumpido so­lamente por un viaje a Viena (1773), que revela a Mozart la formidable maestría y la insólita intensidad expresiva de los seis Cuartetos op. 20 de Haydn.

Por lo demás, resultado de una concienzuda meditación sobre las experiencias musicales italianas y vienesas, aparece una rica producción de Sinfonías, Serenatas (v.), Divertimentos (v.), música sacra y de cámara. Pero Salzburgo aburre al joven, que tiene ahora dieciocho años y anhela la intensa y mo­derna vida musical de la capital y sobre todo siente la poderosa atracción del teatro. En cambio, allí sólo puede escribir una ópera bufa para Munich, La jardinera fin­gida (1775) y El rey pastor, con texto de Metastasio para los modestos medios teatra­les de su ciudad. Ésta, con sus innumerables iglesias, le reclama música religiosa, y aquel ambiente recoleto se hace cada vez más insoportable al joven, ya de veinte años, ansioso de vida social y de éxitos. Las relaciones con el nuevo arzobispo son cada cada vez más tensas: por ello se decide a intentar la gran aventura, la evasión del «nativo pueblo salvaje». Mozart hará de nuevo el viaje a París para reanudar los éxitos infantiles y encontrar una honorable colo­cación musical: lo acompañará su madre, ya que el padre no ha obtenido permiso del severo arzobispo Colloredo. El viaje se ini­cia en el otoño de 1777 y al principio lleva a Mozart a través de las principales ciudades musicales alemanas, entre otras Augsburgo y Mannheim. El invierno pasado en esta ciudad proporciona también a Mozart la expe­riencia del primer amor profundo por la joven cantante Aloysia Weber.

En la prima­vera de 1778 prosigue el viaje a París que, rumoroso y distraído, no acoge ya a Mozart con el entusiasmo reservado a sus proezas de niño prodigio. Todo lo que Mozart consigue obtener se reduce a unos pocos encargos de música instrumental. Y he aquí que en París, el 3 de julio de 1778, muere la ma­dre de Mozart: es la desventura que por pri­mera vez se abate sobre el artista, todavía inmaturo. El 26 de septiembre abandona la capital francesa para un largo viaje de regreso, sembrado de desilusiones: éxitos, elogios, abundancia de felicitaciones e in­cluso regalos principescos de dijes, tabaque­ras y relojes; pero ni en París ni en nin­guna de las ciudades alemanas que atra­viesa encuentra trabajo estable. En Mann­heim, la bella Aloysia se muestra doloro­samente cambiada: ha cosechado algunos éxitos como cantante, ha obtenido varios contratos y desdeña ahora el amor del joven artista que regresa derrotado de la gran aventura parisiense. Mozart retoma a Salzbur­go a principios de 1779 más huraño, ya que ahora le parece odiosa más que nunca su ciudad, con su tiranía episcopal, y pasa allí dos años desagradables: la única distrac­ción se la proporciona el paso de una com­pañía teatral ambulante dirigida por el aventurero J. E. Schikaneder.

Mozart no se pierde ningún espectáculo y escribe la mú­sica para el drama exótico Thamos rey de Egipto. Más favorable ocasión le ofrece el cercano Munich, de donde recibe el encar­go de una ópera seria: Idomeneo (v.), que representada en Munich el 29 de enero de 1781, constituye el máximo esfuerzo de Mozart en el campo de la ópera seria de molde gluckiano y deja atrás con mucho todos sus anteriores ensayos escénicos. Mientras tan­to, madura la crisis inevitable en las rela­ciones de Mozart con el arzobispo Colloredo. En el verano de 1781 se encontraba toda la corte en Viena, con gran satisfacción de Mozart, que gozaba de la intensa vida musical vienesa, estrechaba relaciones útiles y ha­bía tejido también un idilio con la her­mana de Aloysia Weber, Konstanzé (toda la familia se había trasladado a Viena para seguir los éxitos de la hija cantante), cuan­do llega la orden de regreso a Salzburgo; varios compromisos pendientes impiden a Mozart abandonar inmediatamente la capital; solicita una prórroga que le es denegada; irritado, presenta la dimisión que le es acep­tada inmediatamente, con la añadidura de un desaire. Aquello ha concluido: en un momento de cólera, Mozart ha puesto fin a una época.

De ahora en adelante vivirá por cuenta propia en Viena, con los ingresos que le proporcione su propio trabajo; cambian las condiciones de existencia del mú­sico a partir de aquella pendencia del 9 de junio de 1781; comienza la era román­tica, ahora que el músico no es ya un asa­lariado de príncipes, sino un profesional libre, con todas las ventajas y los riesgos de la libertad. Pero, a pesar de las miedo­sas previsiones de su padre, la fortuna pa­reció secundar inmediatamente su audacia: la serie de bellísimos Conciertos para piano y orquesta (v.) atrajo sobre Mozart la admira­ción de Viena, la estimación de los enten­didos y las posibilidades de vida mediante frecuentes conciertos y lecciones particula­res bien remuneradas. Coronación de esta oleada fue el encargo de una ópera, más exactamente de un «singspiel», ópera popu­lar cómica en alemán, para el Burgtheater. Y nació El rapto del serrallo (v.), que refleja el feliz episodio sentimental del mú­sico en aquellos días: su matrimonio con Konstanzé Weber, hermana de Aloysia. La obra fue estrenada con éxito el 16 de julio de 1782 y proporcionó al mismo tiempo a su autor nuevas ocasiones de trabajo y la peligrosa envidia de sus rivales.

En el cli­ma artístico de la capital el estilo de Mozart llega a su suprema madurez, despojándose de todo localismo: disminuida la produc­ción de música religiosa, de serenatas y entretenimientos, surgen las formas clá­sicas de la sinfonía, del cuarteto (v. Cuar­tetos), del concierto. Se establece con Haydn un fecundo y recíproco intercambio de influencias, especialmente en la producción de cuartetas. Un ilustrado melómano vienés, el barón Van Swieten, revela a Mozart la gran­deza de Bach y de Haendel, y su arte se fortalece con la solidez del contrapunto. Por lo que se refiere a la música de piano, no dejó de ejercer influencia sobre el estilo de Mozart el agridulce torneo de habilidad eje­cutiva en el que fue su oponente Muzio Clementi, de paso por la corte de Viena en 1781. Pero la suprema aspiración artística de Mozart continuaba siendo la ópera, y tras una tentativa abandonada con la Oca del Cairo (1783, v.) y el pequeño episodio del Empresario (1786), se le presentó otra oca­sión importante con el libreto italiano de Las bodas de Fígaro (v.), de Lorenzo de Ponte: la ópera obtuvo buen éxito, pero no excepcional, en Viena (1.° de mayo de 1786), y triunfó después en Praga, procurándole el encargo del Don Juan (v.), con el que consiguió su mayor éxito teatral aquel mis­mo año (29 de octubre) en Praga.

En Vie­na, en cambio, el viento favorable amai­naba; el trabajo de los envidiosos obtenía ya sus frutos, y empezaba a socavar el favor que el emperador otorgaba a Mozart. Si bien sucesor de Gluck en 1787 como músico de cámara y compositor de corte, vio cómo sus emolumentos se reducían a menos de la mitad (y su favor en la corte disminuyó todavía más a la muerte del inteligente y moderno José II, en 1790). Tampoco la vida íntima de Mozart fue feliz, al surgir dificul­tades con su mujer a causa de celos recí­procos, enfermedades y los crecientes apre­mios económicos. La última obra, escrita en colaboración con Da Ponte, Cosi fan tutte (v.), representada el 26 de enero de 1790, no alivió la situación del músico; a las dolorosas estrecheces materiales, se aña­dió su estado de salud cada vez más pre­cario. El último año y medio de la vida terrenal de Mozart constituye un progresivo calvario de sufrimientos físicos y morales, que no logran, sin embargo, apagar la vena purísima de su inspiración musical: por el contrario, ésta se robustece y se afina con la experiencia del dolor, y en el campo de la sinfonía, del concierto y de la mú­sica de cámara, los últimos cinco años de la vida del compositor son los de sus me­jores obras.

Con todo, el éxito práctico se aleja cada vez más y Mozart tiene que rebajarse a pergeñar humildes composiciones de oca­sión para hacer frente a las deudas que le agobian. De desahucio en desahucio pierde toda posibilidad de trabajo tranquilo en el seno de un ambiente de paz doméstica y se hace la ilusión de encontrar ayuda en la fraternidad masónica. En medio de tanta desventura, constituyó un rayo de luz la llegada a Viena de la compañía teatral de Schikaneder, que le encargó una ópera mu­sical alemana, de asunto fantástico, La flau­ta mágica (v.). Mozart se aferra con energía desesperada a este trabajo, a pesar de sus malas condiciones de salud, e inyecta en él toda su irreductible necesidad de vida, de alegría y de confianza en la humani­dad. Breve y desagradable diversión fue la composición de una ópera de ceremonia, sobre un antiguo libreto de Metastasio, La clemencia de Tito, representada en Praga el 6 de septiembre de 1791 para la coro­nación del nuevo emperador Leopoldo II como rey de Bohemia. Tal ópera constituye un retorno a las antiguas posiciones gluckistas del Idomeneo, ya superadas con cre­ces por el propio compositor. Al gran éxito popular de La flauta mágica, estrenada el 30 de septiembre de 1791 y representada muchas veces, ni siquiera pudo asistir Mozart, enfermo de gravedad.

El encargo de un Requiem (v.), que le hizo un desconocido, turbó su mente trastornada por las aflic­ciones, y durante la composición de este trabajo, que fue continuado más tarde por su discípulo Süssmayer, le sorprendió la muerte. Su entierro fue modestísimo, casi el de un desconocido. Su viuda, Konstanze, volvió a contraer matrimonio, en 1809, con el consejero de legación danesa G. Nicolaus von Nissen, y por éste se convenció de lo que hasta entonces no había sabido com­prender: que había sido la esposa de uno de los mayores genios del siglo; los dos cónyuges emplearon diecisiete años en com­poner juntos una biografía fundamental del artista desaparecido, que fue redactada por Nissen, y que Konstanze, viuda por segun­da vez, publicó en 1828.

M. Mila