Wilhelm Raabe

(Jakob Corvinus) Nació el 8 de septiembre de 1831 en Eschershausen, junto a Holzminden, y murió el 15 de noviembre de 1910 en Braunschweig. Después de haber estudiado en el Instituto de Wolfenbüttel (1845-49) se trasladó a Magdeburgo, donde trabajó hasta 1853 en una librería para pasar después a Berlín (1854) y asistir a algunos cursos, pero sin completar estudios regula­res. Allí escribió la Crónica del callejón de los gorriones (v.) que publicó con el seudó­nimo de Jakob Corvinus: una novela que le dio cierta notoriedad y que decidió su carrera de escritor. De 1856 a 1862 vivió en Wolfenbüttel donde tenía muchos ami­gos, especialmente A. Glasser, redactor de los Westermanns Monatshefte. En 1859 ha­bía comenzado a viajar: estuvo en Dresde, Praga, Viena, en el lago de Constanza y en Reno; vio gentes y países diversos, conoció a otros escritores, entre ellos a Freytag y a Gutzkow; recogió impresiones y expe­riencias para su creación poética, pero sin dejar que modificaran su línea fundamen­tal. Después de haber permanecido largo tiempo en Stuttgart, se estableció en 1870 en Braunschweig, donde fundó con algunos amigos un círculo llamado de los «Kleiderseller».

La ciudad lo nombró ciudadano ho­norario. La temática de Raabe tiene sus raíces en su patria bajo-alemana, pero trasciende al horizonte nacional y en una serie de relatos históricos nos lleva de la mano a los acontecimientos de la Reforma, de la guerra de los Treinta Años y de la guerra de liberación de 1813: La galera negra; Elsa del abeto; La corona del imperio (v. Narra­ciones) y otros. La producción juvenil de Raabe muestra influencias de Biedermeier por un lado y, pasajeramente, de la novela de Junges Deutschland por otro. Así la Cró­nica del callejón de los gorriones; Los hijos de Finkenrode (1859) y otras. Por su natu­raleza de escritor se encuentra próximo a Jean Paul y a Laurence Sterne. Lo mismo que Dickens, intenta fundir el «idilio» de la vida pequeñoburguesa con la dura rea­lidad de todos los días; significativo es el lema de una de sus novelas más caracte­rísticas, La gente del bosque [Die Leute aus dem Walde, 1863]: «Presta atención al ca­mino, pero mira hacia las estrellas». El des­tino de muchos de sus personajes revela aquella evasión de la realidad ya iniciada por Keller y por Storm.

En su gran trilogía: El pastor del hambre (v.), Abu Telfan (v.), Schüdderump, se desarrolla el tránsito de la miseria y del hambre a la comprensión y al amor, a través de la resignación y de la soledad. En las obras de la madurez: Stopfkuchen (1891), Akten des Vogelsangs, Altershausen, fragmento publicado en 1911, este pesimismo queda moderado e ilumina­do por la consideración de que están desti­nados a prevalecer los nobles valores del espíritu. Raabe se encuentra próximo espiritual­mente a Schopenhauer y a Nietzsche, como anunciador de una humanidad pura, fuerte, aunque carente de una suprema fe religiosa, y como sus dos contemporáneos combate a los filisteos de la cultura, a los idólatras del progreso material y externo. Pasó en Braunschweig los últimos cuarenta años de su vida, más bien retirado y entregado a su trabajo. Pero la burguesía alemana, que compartía sin embargo su conservadurismo fundamental, acabó por no verse reconocida en este pesimista solitario, que sobrevivió a la fama de que había gozado a finales del siglo pasado- El nuevo siglo vio en Raabe sobre todo a un «reaccionario radical», una espe­cie de huraño misántropo, cuando en reali­dad había en él una profunda aspiración a una ideal solidaridad humana.

G. Weydt