Las inciertas noticias que acerca de su vida poseemos aparecen, además, envueltas en un halo de leyenda. San Jerónimo (que se remonta a Suetonio) sitúa la fecha de su nacimiento en los años 96 ó 94 a. de C. (según los distintos códices), y dice que Lucrecio, enloquecido por efecto de un filtro amoroso, escribió su poema en hexámetros De la naturaleza de las cosas (v.), formado por seis libros, durante los intervalos de la enfermedad, y que murió suicida a los cuarenta y cuatro años (o sea en 53 ó 51; también Donato señala la primera de estas fechas, o sea el mismo año en el cual Virgilio empezó a llevar la toga viril). Explica también San Jerónimo que el poema fue corregido «más tarde» por Cicerón, con lo cual parece referirse a una revisión del texto para una edición póstuma.
Una carta dirigida el año 54 por el gran orador a su hermano Quinto contiene un juicio respecto de la obra en cuestión en un pasaje muy discutido y diversamente interpretado, que da a entender la atribución a Lucrecio de una abundante capacidad creadora (ingenium), la cual, como desmintiendo una oposición tradicionalmente establecida por los retóricos, no excluye, en este caso, la elaboración artística (ars). Mencionemos aquí, finalmente, la Vita Borgiana, de redacción humanística, que sitúa la vida de Lucrecio entre los años 95 y 52, y precisa que el poeta se ahorcó o dio muerte con la espada, y que en los últimos tiempos había mostrado el poema a Cicerón para obtener de éste una revisión del estilo. Sea como fuere, la noticia del suicidio (considerada a veces una malévola invención de procedencia cristiana) suele admitirse comúnmente en la actualidad, en tanto que sobre las relaciones con Cicerón existen interpretaciones diversas. Lucrecio tuvo, sin duda, un origen libre.
La supuesta nobleza del poeta se ha querido fundamentar en su desprecio del «vulgus», sin tener en cuenta que tal vocablo indica en este caso la multitud de los no iniciados en la ideología epicúrea, entre los cuales figuraba el noble Memmio, destinatario del poema a quien el poeta se dirige con deferencia, pero, asimismo, seguro de que habla a un espíritu reacio a escucharle: indudablemente, la exhortación a la «vida oculta» lejos de las preocupaciones de la política no podía resultar grata al ambicioso Memmio. De Epicuro, saludado en la obra como un salvador de la humanidad, expone el autor la doctrina más bien en su parte menos adecuada al espíritu tan poco especulativo de los romanos. Habla de su aspecto físico, o sea de la teoría de los átomos, de los que estaría compuesto todo el mundo e incluso el alma humana, hecha de materia y destinada a disolverse con el cuerpo; ello, por lo tanto, libra del miedo a la muerte, ya que después de ésta, como antes del nacimiento, nada se sufre.
Los dioses a quienes el vulgo contempla con un terror supersticioso, «viven ocultos» y absolutamente despreocupados de las cosas terrenas, y ofrecen un modelo perfecto de ataraxia y de la imperturbabilidad que es condición de la beatitud; y así, los fenómenos celestes se deben no a la ira de la divinidad, según el vulgo cree, sino al orden natural de la cosas. Cierta crítica, que se remonta a Mommsen, presenta a Lucrecio ajeno a la supuesta serenidad de Epicuro, y más bien oprimido por el pesimismo: se trata, en resumen, de una antinomia entre el contenido de la doctrina y el temperamento del hombre. En realidad, tanto el filósofo como el literato están de acuerdo en negar el carácter providencial de la naturaleza y la perfección del mundo, así como en la concepción del ser humano como un náufrago sobre la Tierra (y en este aspecto ambos resultan pesimistas); sin embargo, también los dos hablan de la filosofía como de un puerto y un refugio para la infelicidad del hombre: en ella residen para uno y otro el mensaje y la esperanza nuevos. Poeta de inspiración cósmica, Lucrecio hace revivir la materia en la forma lírica y fantástica del sentimiento, y presenta a la naturaleza como protagonista de un drama grandioso.
De su elevado nivel poético tuvieron inmediatamente conciencia los antiguos; aun cuando su nombre aparezca escasamente, ello no deja de ser cierto. No sólo el espíritu que llena las Geórgicas de Virgilio y el que informa algunos momentos del arte de Horacio son lucrecianos: Ovidio presagió la inmortalidad de nuestro autor, Estacio exaltó su «furor arduus», Frontón denominóle «sublimis» y los mismos escritores cristianos, aun contrarios, como es natural, a su doctrina, acopiaron imágenes suyas para combatir las supersticiones paganas, circunstancia que supone una demostración de la perenne vitalidad de la poesía de Lucrecio por encima de su doctrina. En la época moderna la estética idealista ha pretendido negar el carácter poético de De rerum natura, que se juzga ahogado por la intención práctica y didáctica; sin embargo, y siquiera alguien haya procurado atenuar tal criterio admitiendo la poesía de algunos fragmentos episódicos, se olvida en todo caso que el momento especulativo precede al poético, el cual surge finalmente cuando el autor infunde un soplo lírico a la materia basta y, en una nueva y más íntima y entusiástica participación, la eleva del mundo dialéctico al de la fantasía.
A. Ronconi

