Thomas Hobbes

Nació en Westport (Malmesbury) el 5 de abril de 1588, y murió en Hardwicke el 4 de diciembre de 1679. Era hijo de un eclesiástico, y frecuentó las es­cuelas de su ciudad natal; gracias al auxilio de un tío prosiguió los estudios en el «Magdalen Hall» de Oxford. En 1608 ingresó al servicio de la familia Cavendish como pre­ceptor de William, segundo conde de Devonshire, a quien acompañó dos años después en el «¡grand tour» por Europa. Esta fase de la vida de H. resulta más bien oscura; respecto de ella sólo conocemos el rápido estudio del griego que el futuro sabio realizó y su amistad con Bacon y Ben Jonson. Tras la muerte de su tutelado, en 1628, pasó al servicio de sir Gervaise Clinton, y en él permaneció como preceptor de su hijo hasta 1631, año en el cual volvió a servir a Cavendish, solicitado para la educación del tercer conde de Devonshire, a quien H. dedicara tres años antes una traducción de Tucídides. Por aquel entonces su predilec­ción fue pasando de las letras clásicas a las ciencias; y así, cuando en 1634 acompañó a su discípulo en un viaje al continente apro­vechó la ocasión para aproximarse a las per­sonalidades del mundo científico, y en Pisa relacionóse con Galileo Galilei.

En 1637 volvió a Inglaterra, y, junto con Cavendish, se instaló en Chatsworth; sin embargo, las graves perturbaciones políticas que siguie­ron a la apertura del «Parlamento Largo», y el mal aspecto que iba presentando la causa del absolutismo monárquico, del cual era H. un defensor convencido, le indujeron, en invierno de 1640, a franquear de nuevo el canal de la Mancha y a establecerse en París. Poco antes había dado a conocer a los amigos una primera obra, The elements of law, natural and politic (publicada, luego, en 1650, en dos partes: Human nature or the fundamental elements of policy y De corpore político), cuyo núcleo ideológico trató nuevamente y desarrolló en la titulada Del ciudadano (v.), tercera parte de los Elementos de filosofía (v.), aparecida en París en 1642. En 1651 abandonó la capital francesa — donde estuvo al servicio de otro miembro de la familia Cavendish, sir Char­les, y estableció contacto con Descartes y Gassendi — y regresó a la Inglaterra de Cromwell para eludir la conversión al cato­licismo, pero no tanto por fidelidad al credo protestante como por sus convicciones filo­sóficas sobre la superioridad del Estado respecto de la Iglesia y un intransigente an­ticlericalismo, que provocaron luego la con­denación póstuma, pública y solemne, de sus obras por la Universidad de Oxford.

Hobbes llevó consigo desde Francia el manus­crito de Leviatán (v.), texto al cual se halla singularmente vinculado su nombre, y que hizo imprimir en Londres el mismo año de su retorno. En la capital de Inglaterra apa­recieron también las Letters upon Liberty and Necessity (1654), que le llevaron a la polémica con el obispo Bramhall, y la pri­mera y la segunda partes de los Elementos: Del cuerpo (v.) y Del hombre (v.), publi­cadas respectivamente en 1655 y 1658. Las acusaciones de irreligiosidad que contra él lanzó el clero inglés le forzaron a retirarse a Chatsworth, junto a los condes de Devon­shire, sus antiguos protectores, con quienes vivió hasta el fin de sus días. Sin embargo, a pesar de los ataques de los adversarios la fama de H. iba difundiéndose por Europa; y, así, cuando Cosme de Médicis, gran duque de Toscana, estuvo en Inglaterra quiso visi­tar al viejo filósofo.

Durante los últimos años de su vida éste llevó a cabo una tra­ducción en verso de la Ilíada y la Odisea, y publicó su autobiografía versificada, Vita carmine expressa, y una obra histórica sobre la revolución, Behemont or the Long Par­liament, que escribiera veinte años antes. En 1679 quiso seguir al conde de Devonshire, que se trasladaba de Chatsworth a Hardwicke, pero no pudo soportar las fatigas del viaje, las cuales lleváronle a la tumba. Los antiguos biógrafos dicen que H. nació pre­maturamente a causa de la emoción de su madre durante el pánico provocado por la proximidad de la Armada Invencible. Y, así, se ha querido ver en el sabio al filósofo del miedo, por la interpretación de su rigu­rosa teoría sobre la autoridad total del Es­tado, y del soberano que lo personifica por razón de un contrato con el conjunto de los súbditos: horror al desorden (al «bellum omnium contra omnes», al «homo homini lupus») y al abandono del individuo entre los contendientes más fuertes. En realidad, le condujo también a la conclusión según la cual sólo un absolutismo estatal puede garantizar el derecho e imponer la paz social, la experiencia de las guerras de reli­gión en Francia y de las luchas intestinas más recientes que en Inglaterra siguieron a la guerra civil.

Ya con la traducción (1628) de Tucídides al inglés había querido recomendar la moderación a sus compatrio­tas, entre los cuales defendía personalmente el partido del absolutismo monárquico legitimista. No obstante, precisamente los par­tidarios de Carlos I y Carlos II se opusieron al filósofo, por cuanto su teoría excluía peligrosamente la legitimidad de derecho divino y el tradicionalismo político-jurídico. Sobre la base de un materialismo sensualista y mecánico radical y de una antropología realista, H. considera al hombre como indi­viduo que actúa según leyes de egoísmo utilitario, entre las cuales son fundamenta­les las derivadas del instinto de conserva­ción y del de dominio. De tales normas deduce racionalmente su teoría política: la lucha entre estos instintos esenciales y el predominio final del de auto conservación originan el pacto social-corporativo, resul­tado y garantía del equilibrio entre los ins­tintos humanos. La sociedad política es, por lo tanto, un cuerpo artificial, creado por los hombres luego de un cálculo utilitario y por necesidad, y mantenido gracias al poder absoluto conferido corporativamente al so­berano.

Por lo demás, la diferencia sustan­cial entre el hombre y los restantes animales reside en tal capacidad para reconocer y calcular la importancia de la paz social. La única fuente de la ley es, por lo tanto, este soberano (príncipe, Estado): «autorcitas, non veritas, fácil leguen». Por encima del mo­narca, o del Estado, no hay nada; no existe autoridad divina alguna: la religión resulta más bien peligrosa, por cuanto ocasiona discordia y tiende a eludir el poder soberano. El naturalismo sensualista de H. se halla vinculado al del Renacimiento italiano; su teoría política lo está a la de Maquiavelo, y su absolutismo al de Bondi. Diderot, D’Holbach y Voltaire reanudarían la polé­mica racionalista, materialista y anticlerical de H. Durante el siglo XIX, el interés por este filósofo recibió nuevo impulso del sociólogo Tonnies, quien, además, publicó obras suyas hasta entonces inéditas.

D. Cantimori