Sor Juana Inés De La Cruz

(Juana de Asbaje y Ramírez de Cantillana). Poe­tisa mexicana n. en la aldea de San Miguel Nepantla, jurisdicción de Amecameca, mu­nicipio del actual estado de México en 1651; murió en 1695. La figura lírica más vigorosa e interesante de la América colonial (v. Poesías). Su obra fue publicada por el Fon­do de Cultura Económica de México en cuatro volúmenes: tres de ellos dirigidos, comentados y anotados por Alfonso Mén­dez Planearte: Lírica Personal, Villancicos y Letras sacras y Autos y Loas; la muerte impidió a Méndez Planearte acabar su tra­bajo, y el cuarto volumen fue editado en 1957, con introducción y notas de Alberto G. Salceda, bajo el título: Comedias, sai­netes y prosa. No había cumplido los tres años cuando «me encendí yo de manera en el deseo de saber leer, que engañando, a mi parecer, a la maestra, la dije que mi madre ordenaba me diese lección». Esto nos lo cuenta sor J. I. en su Respuesta a Sor Filotea de la Cruz.

Más adelante, añade: «Teniendo yo después como seis o siete años, y sabiendo ya leer y escribir…, oí de­cir que había Universidad y escuelas en que se estudiaban las ciencias, en México; y apenas lo oí, cuando empecé a matar a mi madre con instantes e importunos rue­gos sobre que, mandándome el traje, me enviase a México, en casa de unos deudos que tenía, para estudiar y cursar la Uni­versidad; ella no lo quiso hacer…» Luego, pasó a la ciudad de México con su fami­lia, cuando tenía ya ocho años cumplidos, y nos cuenta: «Empecé a deprender gramá­tica, en que creo no llegaron a veinte las lecciones que tomé…», para luego referir­nos que se cortaba el pelo si no lograba realizar el trabajo que se había propuesto. Lo cierto es que la linda y precoz joven- cita entra a los catorce años a formar parte de la corte de honor de la virreina, mar­quesa de Mancera, y que a los quince in­gresa en el convento carmelita de Santa Te­resa la Antigua. ¿Por qué? Ella misma nos da su razón: «Entróme religiosa porque aun­que conocía que tenía el estado cosas (de las accesorias hablo, no de las formales) muchas repugnantes a mi genio, con todo, para la total negación que tenía al matri­monio, era lo menos desproporcionado yo más decente que podía elegir en mate­ria de la seguridad que deseaba de mi sal­vación». ¿Desengaño amoroso a los quince años? No parece probable.

Los marqueses de Mancera la acompañaron en la cere­monia de su ingreso (14 de agosto de 1667), pero el 18 de noviembre, quebrantada su salud, abandonó el convento. Sin embargo, su vocación era decidida, y en febrero de 1669, entró definitivamente en el convento de la orden de las Jerónimas. Allí trans­currió su vida, dedicada al estudio en su biblioteca y al servicio de Dios; pero como Santa Teresa, tuvo sus dificultades por par­te de quienes opinaban que una monja no debe escribir sobre cosas profanas, ni saber demasiado; y la delicada poetisa acabó ven­diendo para los pobres su biblioteca «pro­fana»» y quedándose tan sólo con libros de devoción. Y a los cuarenta y tres años de edad, dedicada al cuidado de sus hermanas en religión enfermas de unas «fiebres epi­démicas», se contagió la ilustre monja y bajó al sepulcro. Carácter, sinceridad y un­ción religiosa, hondo sentido humano y ele­vada inspiración lírica fueron las caracte­rísticas esenciales de la poetisa mexicana, la «Décima Musa», que añade a su perso­nalidad lírica peculiar los matices que reflejan las corrientes entonces en boga: cul­teranismo y conceptismo. Es deliciosa la sor J. I. de las redondillas; es brillantí­sima su musa barroca incluso en las exage­raciones, pero a nuestro juicio, llega nuestra autora a la máxima expresión de su delicadeza lírica en sus villancicos y a la máxima expresión de su técnica poética en sus admirables sonetos.

Cuando se le ocu­rre impugnar un sermón del padre jesuita Antonio de Vieyra en la Carta Athenagórica y es cariñosamente amonestada por el obispo de Puebla, Manuel Fernández de Santa Cruz, bajo el seudónimo Sor Filotea de la Cruz, la monja replica en su Res­puesta a Sor Filotea de la Cruz, y nos deja una bella muestra de su prosa, engarzada con abundantes datos biográficos, a través de los cuales podemos concretar muchos rasgos psicológicos de la ilustre religiosa. Prosa de menos aspiraciones resulta la de otros escritos suyos acerca del Santo Rosa­rio, la Purísima, la Protesta que, rubricada con su sangre, hizo de su fe y amor a Dios y algunos documentos. Pero también en la prosa encuentra ocasión la escritora para adentrarse por las sendas más oscuras e intrincadas, siempre con su brillantez carac­terística, como vemos en su Neptuno Ale- gótico, redactado con motivo de la llegada del virrey conde de Paredes. Mención especial merece su obra dramática, en la que figuran una comedia de capa y espada, de estirpe calderoniana, titulada Los empeños de una casa, que incluye una loa y dos sai­netes, entre otras intercalaciones, con pre­dominio absoluto del octosílabo; otra más culterana, Amor es más laberinto, cuyo segundo acto es del licenciado Juan de Guevara, al parecer; y tres autos sacramen­tales: San Hermenegildo [El mártir del Sacramento], El cetro de José y El Divino Narciso, el mejor de los tres, en el que se incluyen villancicos de calidad lírica excep­cional.

Así como Ruiz de Alarcón repre­senta la parte hispanoamericana del gran teatro clásico español, sor Juana personi­fica la parte hispanoamericana de la lírica clásica española, pero con una silueta mexi­cana mucho más perfilada, que se dibuja principalmente con la libertad en el tema y el sentido humano y femenino en el amor, en una época de restricciones y conven­cionalismos que se advertían mucho más rigurosos en la metrópoli. J. Sapiña