San Juan Damasceno

Nació en Damasco quizá en 675; murió cerca de Jerusalén, pro­bablemente el 4 de diciembre de 749. Hijo de un cristiano de Siria que había desem­peñado algunos cargos bajo el califato, tuvo como maestro al monje siciliano Cosma, a quien el padre de San J. D. había resca­tado de la prisión para confiarle la educación de su hijo, después que hubo escu­driñado toda Persia a la búsqueda de un maestro «que no inspirase a su discípulo la pasión por el tiro al arco, por la vida mili­tar, por la caza o por el atletismo». Desem­peñó importantes cargos en la corte; pero en 736 aproximadamente, en parte por vocación y en parte porque su posición en la corte se había hecho insostenible a causa de la aspe­reza con que había intervenido en la po­lémica sobre el culto a las imágenes, se retiró junto con su hermano adoptivo Cos­ma al famoso monasterio de San Saba don­de murió.

Su nombre ha quedado vinculado a la obra de sistematización teológica de la doctrina de la Iglesia, que llevó a término y expuso en la Fuente del conocimiento (v.) —una obra que le valió la fama de máximo teólogo de la Iglesia griega, y que tuvo, como manual dogmático, una gran for­tuna en la Edad Media — en la que aplica a la obra de los grandes Padres de la Igle­sia los principios y modelos de la lógica aristotélica, y en especial su intervención en la controversia en torno al culto de las imágenes. Esta polémica, bajo su ropaje religioso, tenía en realidad un fondo político, resolviéndose prácticamente en la lu­cha entre el absolutismo imperial y el par­tido «democrático» de los monjes, defen­sores de la libertad: J. D., jefe del partido de los llamados «iconódulos», sostuvo contra los «iconoclastas» la legitimidad del culto a las imágenes (entendidas como símbolos) al mismo tiempo que afirmaba enérgicamente el principio de que «no corresponde a los emperadores dictar leyes a la Igle­sia», llevando a la polémica el vigor y el rigor de un temperamento batallador y de una mente estrictamente ógica «inconcu­samente firme — como él mismo dice — so­bre los cimientos de la fe».

Pero también es recordado como poeta de la himnología bizantina por los «cánones» (v. Poesías), en los que, entre otras innovaciones, intentó volver a la métrica clásica. La leyenda ha querido rodear con una aureola de divini­dad esta actividad poética cuando refiere que la Virgen se apareció a un viejo monje para profetizarle que J. D. se convertiría en un poeta capaz de competir con los que­rubines en el cántico de las alabanzas a Dios y habría hecho de Jerusalén el cen­tro de donde irradiaría la nueva poesía a todo el mundo. Verdaderamente es algo exa­gerado (excepto la última parte de la pro­fecía que, en efecto, se confirmó) este jui­cio, ya que la poesía de J. D., frecuente­mente retoricista, a veces dura y oscura por la audacia de las imágenes y de los conceptos, es artificiosa en su arquitectura rígida y severa, como la mente del poeta, lógica y ordenada en sus facultades siste­matizadoras y dialécticas.

Q. Cataudella