San Benito de Nursia

Nació. en Norcia o Nursia en el año 480 y m. en Montecassino el 23 de marzo del 547. Conocemos su vida singularmente gracias a los Diálogos (v.) de San Gregorio Magno, fuente digna de aten­ción desde el punto de vista histórico y aun cuando la figura del patriarca del mo­nacato occidental hubiera entrado ya, en la época de su redacción, en la leyenda.

Toda­vía muy joven, fue enviado a Roma, de donde procedía su familia, para estudiar allí las letras y las artes, cosa que hizo con un provecho mayor de lo que generalmente suele creerse. No obstante, hacia los veinte años, hastiado por la corrupción y la vida muelle que le era dado contemplar, resol­vió abandonar el mundo para dedicarse me­jor a su formación interna y a la oración.

Salió de la ciudad ocultamente, y tras una breve permanencia en Enfida se retiró a la soledad de una gruta cercana a Subiaco; allí vivió por espacio de tres años, en el secreto más absoluto y en medio de nume­rosas privaciones, hasta la Pascua de 503.

Descubierto por la indiscreción de un sacer­dote, dejóse elegir abad por un grupo de monjes que residían cerca de Vicovaro, y los cuales, posteriormente, al no lograr adap­tarse a la disciplina por él establecida, tra­taron de envenenarle.

Superada la asechan­za, Benito reunió a cuantos habían acudido a él de todas partes en busca de sus consejos y fundó en la región doce monasterios que muy pronto se poblaron de monjes, a los cuales dio como norma de vida la regla de San Basilio; de Roma llegaron también los patricios Tertulo y Equicio para confiar al patriarca sus jóvenes hijos Plácido y Mauro, que luego habrían de convertirse en dos de sus más ardientes discípulos y colabo­radores.

Sin embargo, la paz y la tranqui­lidad no duraron demasiado. Envidioso de Benito, el sacerdote Florencio pretendió elimi­narle; fracasado otro intento de envene­namiento llevado a cabo mediante un pan, trató de perjudicarle de la manera más in­fame, y no directamente en su persona, sino en sus jóvenes novicios, a los que some­tió a la más dura de las tentaciones.

El castigo no tardó en llegar, y el presbítero murió en el súbito derrumbamiento de su propia casa; no obstante, Benito, con unos cuan­tos compañeros, alejóse de aquel lugar y se dirigió a Campania, hacia el punto que habría de hacer para siempre famoso: Cas- sino, la antigua y bella colonia romana, entonces arruinada por las devastaciones de los bárbaros y la desolación de la guerra.

En la Pascua del año 529 destruyó Benito el altar de Apolo que los moradores, vueltos al paganismo, habían levantado en la co­lina que dominaba el país, lleno de bosques sagrados, y lo reemplazó por los oratorios de San Juan y San Martín; con ello inició, mediante un acto de firmeza cristiana y romana, el futuro monasterio de Montecassino, el «Archicoenobium Casinense», donde el santo vivió durante el resto de su vida.

Fruto de este período fue su Regla de los monasterios (v.), con la cual adaptó genial­mente a las tendencias, a la naturaleza, a las necesidades y a las condiciones de los pueblos de Occidente las normas de vida monástica que entre los orientales habían producido grandes frutos de santidad en el seno de la Iglesia católica.

San Gregorio Magno alabó sobre todo la «discreción», o sea el equilibrio, de esta regla; a tal característica se debe, indudablemente, la in­mensa fortuna que conocería en el trans­curso de los siglos dicho monumento de la sabiduría cristiana, al cual se halla vincu­lada una parte tan importante de la vida religiosa medieval. Su obra ha hecho de Benito de Nursia una de las grandes figuras del cristianismo.

E. Franceschini