San Antonio de Padua

Nacido en Lisboa en 1195, m. en Arcella, junto a Padua, el 13 de junio de 1231; su nombre de pila era Fernando (Fernandus Martini).

La seve­ridad del ambiente familiar le había incli­nado a la vida religiosa, que abrazó muy joven, entrando en la orden de los canó­nigos regulares de San Agustín. Trasladado a petición suya a Coimbra, en aquel tiempo el principal centro de estudios de Portugal, se hubiera convertido seguramente en uno de sus profesores más insignes si la gran acogida que se hizo a los restos de cinco protomártires franciscanos, brutalmente ase­sinados unos meses antes en Marruecos, no hubiese decidido repentinamente su porve­nir.

Abrasado de amor apostólico, abandonó el hábito agustino por el sayal franciscano, cambiando también su nombre por el de Antonio, que era el de una ermita de Oli­vares. Pidió y obtuvo predicar el Evange­lio en África; pero apenas desembarcado, una grave enfermedad lo tuvo inmóvil du­rante algunos meses, truncando su gene­rosa aventura.

Todo parecía terminado cuan­do una tempestad, arrastrando a la deriva la nave que lo tenía que repatriar, lo llevó a las costas sicilianas. El deseo de conocer al fundador de su Orden le impulsó a pa­sar a la península.

En la Porciúncula en­contró que se estaba celebrando el Capí­tulo general de Pentecostés (1221). Antonio se confundió entre la turba de hermanos, sa­tisfecho de poder ver y oír, de incógnito, al maestro estigmatizado. Habiendo quedado solo, siguió a fray Graziano al eremitorio de Montepaolo, junto a Forli, donde quedó olvidado en la contemplación y en la peni­tencia.

Descubierto casualmente su talento como orador, fue encargado de predicar (v. Sermones), misión que alternó durante va­rios años con la enseñanza a los hermanos de la Orden en Bolonia. A partir de 1225 su doble actividad se desarrolló en la Fran­cia meridional, desde donde, en 1227, fue reclamado a Italia en calidad de ministro general de las provincias septentrionales de la Orden. Liberado del cargo (1230), se en­tregó por completo a la predicación.

Al año siguiente había llegado al apogeo de su fama, cuando la muerte le sorprendió en el convento de la Arcella, a las puertas de Padua.

C. Falconi