Rosvita de Gandersheim

(Hrotsvith, Hrotsvitha). Muy poco sabemos acerca de esta mujer, a quien algunos historiadores de la literatura medieval han definido como representante poético del reinado de Otón el Grande, y cuyos Dramas (v.) han alcanzado singular fortuna entre los eruditos de nuestros días. Nació, probablemente, en una familia noble, hacia 935. En el convento de Gandersheim, que la acogió cuando to­davía era joven, recibió educación y tuvo a dos doctas y prudentes maestras en Rikkardis, primeramente, y luego en Gerberga, sobrina del emperador Otón I y más tarde abadesa de aquel monasterio. Toda su pro­ducción permite creer que debió de conocer las obras de autores paganos y cristianos (Terencio, Virgilio, Estacio, Prudencio, Boe­cio, Alcuíno). A excepción de lo dicho, empero, ignoramos lo demás. Nada sabemos que induzca a suponerla viva después de 973.

Escritora de singular simplicidad, ins­piró en los mismos temas de las leyendas hagiográficas algunos pequeños poemas de imitación virgiliana (v. Poemas hagiográficos) y dramas procedentes de las comedias de Terencio, los cuales, como ella misma confiesa, fueron compuestos precisamente para desviar a los infinitos admiradores del cómico latino de la afición a sus textos «nefastos» y opuestos a los principios de la moral cristiana. Este propósito, aun cuando ahogado en el silencio que envolvió su obra tras los apresurados elogios de algunos doc­tos a quienes pidiera consejo, muestra supe­rado en Rosvita el litigio entre cultura clásica y cristianismo; su tentativa, única en toda la Edad Media, destinada a la sustitución de Terencio, merece sin duda una atención particular, siquiera resulten inútiles los es­fuerzos de cuantos eruditos consideran sus dramas destinados a un teatro que desde hacía siglos enteros había dejado de existir.

«Fuerte grito de Gandersheim», dijo de sí misma Rosvita; sin embargo, sus contemporáneos no lo advirtieron, y sus críticos modernos muestran respecto de la autora una admi­ración exagerada por una buena dosis de galantería (v.  también Gesta de Otón y Orígenes del cenobio de Gandersheim).

E. Franceschini