Romano el Mélodo

Nació en Emesa (Siria) y murió, sin duda, con posterioridad a 555. Píndaro cristiano de la literatura bizantina, resplandece en la gloria de los altares. La Iglesia griega, en efecto, celebra su festivi­dad anual el 1.° de octubre. No es raro, pues, que su biografía se encuentre en el oficio de los santos. Según parece, fue diácono de la iglesia de Berito, y luego, llegado a Constantinopla en tiempos del emperador Anas­tasio (491-518), permaneció al servicio del templo de la Santísima Virgen de Ciro, desde donde, en ocasión de las fiestas nocturnas, solía dirigirse al santuario de Blaquemas. Cierta noche, apareciósele en sueños María, le entregó un tomo y le exhortó a engullirlo; el santo abrió la boca, y creyó haber tragado el pergamino. «Con ello — dice el oficio de los santos — recibió el don de la himno grafía sagrada». Al des­pertar, maravillado todavía del sueño, agra­deciólo al Señor.

Subido más tarde al púlpito, empezó a cantar, y de sus labios salie­ron las palabras del himno que aún hoy sigue entonándose por Navidad: «En este día la Virgen». «De una manera parecida — prosigue el oficio — compuso para las di­versas festividades unas mil «kondakia»; luego de haber ensalzado a los distintos santos, durmióse en la paz del Señor. Su memoria es venerada en Constantinopla, en el templo de la Santísima Virgen de Ciro». Este ambiente de visiones sobrenaturales no deja de resultar muy apropiado para la vida del príncipe de los himnógrafos bizan­tinos. Su inspiración cristiana, en efecto, se nutre de éxtasis y deslumbrantes revela­ciones, fruto de una constante meditación y del trato cotidiano con lo sobrenatural. La obra de Romano queda compendiada en los «kondakia» o Himnos (v.), de los que no menos de ochenta y cinco son considerados auténticos; muchos de ellos siguen cantándose todavía en liturgia bizantina.

En el plano histórico el autor en cuestión aparece como continuador y perfeccionador de una tradición siríaca de himnografía sacra re­presentada singularmente por San Efrén (murió en 373), cuyas composiciones, traduci­das poco después al griego por sus compa­ñeros y discípulos, se habían difundido progresivamente por la Iglesia oriental durante el siglo V. Gracias a la obra de los inspirados siríacos, fue ganado para la poe­sía griega un reino inexplorado, lleno de nuevas formas rítmicas libres de los impe­dimentos de la métrica clásica, y con un lenguaje audaz, pero todavía griego por su fuerza expresiva y su claridad cristiana, que hace sensibles los conceptos más abs­tractos y convierte en silogismos racionales incluso los misterios.

B. Lavagnini