René-Théophile-Hyacinte Laénnec

Nació en Quimper el 17 de febrero de 1781 y murió en el castillo de Kerlouanec, cerca de Douarnenez, el 13 de agosto de 1826. Sus ante­pasados habían ocupado siempre, desde el siglo XVI, importantes puestos en el Parla­mento de Bretaña y en la administración real. Huérfano de madre, y casi abandona­do por su padre, formóse junto a un tío paterno, Guillaume, doctor en Medicina de Montpellier y establecido en Nantes. Ya licenciado en Retórica y Física a los ca­torce años, orientóse luego hacia la ciencia médica; sin embargo, suprimida por la Re­volución la Universidad de Nantes, apren­dió los primeros rudimentos de la medicina al lado de médicos particulares, y después llevó a cabo las prácticas clínicas bajo la guía de su tío, quien dirigía entonces un hospital militar.

En 1801, y a costa de gran­des sacrificios, marchó a París, donde se matriculó en la «École Spéciale de Santé», que en 1794 había sustituido la Facultad. Ingresó en la escuela de Corvisart, quien, junto con Pinel, era considerado el mejor médico de la ciudad, trabó amistad con G. L. Bayle, y desde 1802 se hizo notar gracias a importantes descubrimientos, como la primera descripción de la peritonitis. Siguieron después otros estudios sobre la anatomía de la cápsula fibrosa del hígado y los quistes hidatídicos. Reacio a los hono­res y galardones, fue casi desconocido en la liza de los cargos, hasta que, en 1816, obtuvo el nombramiento de médico del Hô­pital Necker. Por aquel entonces llevó a cabo el principal de sus descubrimientos: el de la auscultación indirecta, mediante la invención del estetoscopio.

Respecto a tal materia publicó en 1819 el libro Ausculta­ción mediata (v.). Debilitada su salud, en 1820 marchó a Bretaña, donde permaneció dos años en el castillo de Kerlouarnec. Vuelto a París en 1822, fue nombrado pro­fesor del Colegio de Francia, y en 1823 su­cedió a Corvisart en la cátedra de la Clínica médica de la «Santé», su fama atrajo allí a numerosos discípulos nacionales y extran­jeros. Su salud, empero, iba decayendo pro­gresivamente, y le forzó de nuevo al aban­dono de la capital y al regreso a la paz de Kerlouarnec, de donde esta vez no iba ya a volver.

A. Pazzini