Rafael Núñez

Político y escritor colom­biano nació en Cartagena en 1825 y murió en 1894. Se educó en su ciudad natal, en cuya Universidad se hizo doctor en Jurispruden­cia (1845). Liberal y anticlerical en su juventud, escéptico en su madurez, acabó su vida siendo católico y dictador. Como dipu­tado y como ministro del presidente Tomás Cipriano Mosquera, llevó a cabo importan­tes reformas liberales; después, intervino ac­tivamente en la revolución de 1860, y como miembro de la Convención de Rionegro, fue uno de los elaboradores de la Constitución de 1863, de carácter federal, para luego marcharse a Europa como cónsul y pasar en Liverpool cerca de diez años.

Cuando volvió a su país, entusiasmado con las ideas de Spencer, sus antiguos amigos políticos se habían desgastado en el poder; el perio­dista había expuesto desde Liverpool en la prensa colombiana sus ideas, y su popula­ridad había aumentado: Colombia no es­taba preparada para organizarse en país federal y había que estructurarla semifederalmente. Su personalidad y sus ideas le llevaron en 1882 a la presidencia de la República, y a través de reelecciones o por medio de verdaderos delegados suyos, gobernó al país hasta su muerte. Su gobierno fue oligárquico o cesarista, según unos, y patriarcal según otros, pero en fin de cuen­tas, dictatorial. Como poeta, es un román­tico tardío y escéptico (v. Poesías). Una de sus composiciones ha merecido estudio es­pecial: Que sais-je? (v.).

Está contenida su producción lírica en los volúmenes Ver­sos (1885) y Poesías (1889), y aparte la ya mencionada, son las más conocidas y cita­das de sus composiciones Dulce ignorancia, Sursum, Sócrates, Canto a Moisés y Toda­vía. Paralelo en pesimismo a Que sais-je? es otro poema titulado El mar Muerto. Más interés que el prosista de Ensayos de crí­tica social (1874) y La crisis económica (1886), tiene el de su libro La reforma polí­tica en Colombia (1885). Y no se puede desdeñar en conjunto su producción perio­dística: fundó y dirigió en Cartagena La Democracia; colaboró en la prensa de otros países, al principio, con el seudónimo Da­vid Olmedo, y defendió siempre con gran habilidad la evolución de su ideología.

J. Sapiña