Poggio Bracciolini

Nació en Terranova (Toscana) el 11 de noviembre de 1380 y murió en Florencia el 30 de octubre de 1459. ue un ávido buscador y no menos afortunado descubridor de códices y de obras clásicas, y un entusiasta cultivador de la Antigüedad, si bien con miras y agilidad perfectamente modernos que le indujeron a la filología, la lingüística, la invectiva, la anécdota humo­rística, la epistolografía, el diálogo cultural y la historia.

Llegado muy joven a Floren­cia, estudió en la escuela de Crisoloras y fue protegido por el canciller de la Seño­ría Coluccio Salutati, quien lo recomendó a la Curia romana. En calidad de escritor apostólico asistió al Concilio de Constanza (1414), y tras la deposición de Juan XXIII visitó los conventos más famosos de Fran­cia y Suiza, donde realizó una serie de interesantes descubrimientos.

En 1418 estu­vo en Inglaterra, y allí recibió las órde­nes menores. En 1453 fue nombrado can­ciller de la república de Florencia, donde murió. La producción de Bracciolini, exclusivamente en latín, es muy extensa.

Comprende, entre otras obras, una traducción de la Ciropedia de Jenofonte y de algunos opúscu­los de Luciano, el folleto de estilística epis­tolar Modus epistolandi, una densa corres­pondencia de carácter histórico-literario, una serie de «invectivas» — género típicamente humanístico y dirigido contra personajes tanto contemporáneos como pretéritos —, una Historia Florentina, y numerosos trata­dos en forma de diálogo: De avaritia (1428), De nobilitate liber (1440, v. De la nobleza), De infelicitate principum (1440, v. De la in­felicidad de los principes), De varietate for­tuna (1431 – 38), Contra hypocrisim (1447), Historia disceptativa convivialis (1451, v. Historia de discusión convivial) y De mise­ria humanae conditionis (1455). Sin embar­go, la obra de Bracciolini que alcanzó un éxito y una difusión mayores fue el Líber facetiarum (1438-52, v. Dichos agudos), repertorio de ingeniosas agudezas y anécdotas, algu­nas de ellas bastante desenvueltas, en las que el autor (seguidor de la estilística cice­roniana) supo adaptar el latín a una expre­sión jocosa y a un sabor realista verdaderamente excepcionales.

Buscador, como ya hemos dicho, de códices antiguos, se le de­ben, entre otros, los hallazgos de Institútio oratoria (completa) de Quintiliano, Argonautica de Valerio Fiacco, De rerum natura de Lucrecio, Punica de Silio Itálico, Silvae de Estacio, Historiae de Ammiano Marceli­no, De re rustica de Columela, Astronomicon de Manilio, De aquis de Frontino, Matheseos libri de Firmico Materno y varias ora­ciones ciceronianas.

D. Mattalia