Nació en Quero- nea en 46 d. de C. y murió en 120; nos ha dejado la imagen más completa de la Antigüedad helénica: un helenismo un poco melancólico, como velado por un presagio de muerte. La edades verdaderamente heroicas no representan el tipo del héroe, sino que lo crean, lo realizan, lo hacen vivir y obrar. Las edades ya sin héroes meditan sobre la gloria de los hombres y establecen sus tipos. Plutarco pertenece a esta segunda edad. Por una coincidencia que parece providencial, vive y actúa y escribe rodeado de recuerdos de lugares y figuras que se agolpan en torno a su espíritu sensible, como reclamando una reevocación. Plutarco se crió en medio de los más sagrados recuerdos nacionales: Delfos, el lugar más santo, de cuyo santuario fue sacerdote, y sitios memorables, de épicas batallas, como Platea, Queronea, Aliarto, Coronea, las Termopilas; junto a las ruinas de Tebas, donde habían surgido los epinicios de Píndaro y el arrojo de Epaminondas; no lejos de Tespia, donde se adoraba a Eros; de Orkomenos, donde se rendía culto a las Gracias; de Ascra, donde había cantado Hesiodo.
Pertenecía a una noble familia de costumbres sencillas y tradicionales: gran narrador en los banquetes era su abuelo Lamprias, cuyos recuerdos se remontaban, a través de su antepasado Nicarco, a los tiempos afortunados del triunviro Antonio, de la reina Cleopatra (a los que Plutarco llamará «los compañeros de vida inimitable») y de su vencedor, el futuro César Augusto. Periegeta él también, como Pausanias, vivió en Atenas y en Roma (bajo Vespasiano), viajó por Egipto; después regresó a Queronea, donde permaneció hasta su muerte. Decía delicadamente que, habiendo nacido en una pequeña ciudad, la habría hecho más pequeña todavía abandonándola (Vida de Demóstenes, 2). Su vida transcurrió principalmente en Queronea y Delfos; pero su espíritu continuó viajando y sobre todo recordando. Es un hombre que no sólo recuerda todos los versos que ha leído (y gracias a ello conocemos fragmentos de obras perdidas) sino a los hombres y las cosas que ha visto: vivió entre patricios romanos, sofistas nómadas, griegos de Europa y de Asia, y así sintió la humanidad de un modo incomparable. Hizo más humano a Platón, más fácil a Aristóteles, más popular la Filosofía.
Afable e incapaz de odio, incluso con Nerón, a quien conoció en Atenas en el año 66 cuando el césar histrión se hizo coronar en los juegos píticos, se mostró benigno, premiando así el amor que a su modo sentía por la Acaya, proclamada libre al menos en apariencia. Bien poco sabemos de la vida de Plutarco. Constituye una ironía que no tengamos biografía del biógrafo por excelencia. Los datos que poseemos se deducen casi todos de referencias casuales de sus mismos trabajos: por ejemplo, tenemos noticia de una hija pequeña que se le murió, Timosena, por la Consolatio que dedicó a su mujer. El Corpus de Plutarco se divide corrientemente en dos partes: las Vidas paralelas (v.) y las Obras morales (v.). Mientras las primeras quedan incluidas de un modo total en la historia, las segundas resultan un título bastante impropio, puesto que abarcan obras de todo género y de formas variadas, entre las que predomina el diálogo a la manera platónica.
No faltan, por ejemplo, entre las Moralia, los ensayos literarios: un Cotejo entre Aristófanes y Menandro, totalmente favorable a Menandro (diríamos que este trabajo revela la modernidad de Plutarco, si estuviéramos seguros de su autenticidad); un libelo Sobre la malignidad de Herodoto, en el que Plutarco, por amor a su patria, acusa de embustero al historiador antiguo que había censurado la postura desleal de los beocios durante las guerras médicas; una deliciosa diatriba Como debe leer lo¿ poetas el joven, en la que, atenuando el rigor platónico hacia la poesía, dice que ésta lleva en sí, como la cabeza del pulpo, bien y mal, y que por lo tanto participa de la filosofía y de la moral. El sacerdote de Delfos quería encontrar ingenuamente en la antigua poesía ejemplos elevados y preceptos absolutos de vida moral. Característicos son los tratados píticos: Sobre la letra «E» en Delfos, Por qué la Pitonisa no habla nunca en verso, Sobre la decadencia de los oráculos.
Es la religión délfica y apolínea, no la misteriosa y de Esquilo: en Delfos se encuentra el alma de la Grecia antigua, su antigua sabiduría que saludaba al Dios de un modo bíblico: «Tú eres»; que colocaba al «demonio» como intermedio entre Dios y los hombres y ponía en su boca el oráculo, enmudecido después con la muerte del gran Pan. Las Vidas paralelas son originales, no ya en el sentido de que Plutarco creó el género biográfico, sino porque en él, que es la forma más breve y humanizada de la historia, se encontró a sus anchas y reveló las más bellas cualidades humanas de simpatía y aquella pasión por el heroísmo que él, último hijo de los griegos, de pura estirpe helénica, sintió en sumo grado. Plutarco fue también orador aclamado: es el Emerson de la Antigüedad. Su obra continúa siendo una inmensa mina de temas poéticos y heroicos. Sus páginas tienen sabor de humanidad y se hallan pobladas de hombres y repletas de acciones. Shakespeare extrajo de Plutarco las más grandiosas escenas de Coriolano (v.) y de Julio César (v.). También Comeille se inspira en Plutarco.
Nadie como Plutarco ha sabido contar el profundo patetismo de las grandes muertes desesperadas: los suicidios de Catón, de Bruto, de Demóstenes; la agitación de Cicerón, perseguido por los sicarios. Montaigne extrajo de él aquel sentido profundo de la muerte que aparece en sus Ensayos (v.). Se ha dicho que Plutarco pretendía conciliar Grecia y Roma; pero quizá aspiraba a algo más: a conciliar lo viejo y lo nuevo, la tradición y la libertad, el templo de Delfos y el platonismo del que estaba saturado y que lo inspiraba. Si es verdad que los romanos lo estimaron quizá más que al mismo Polibio, no es menos cierto que los cristianos, respetuosos con este universal platonismo suyo, lo amaron como a Platón y desearon su salvación y aun suspiraron por ella.
V. Cilento

