Plotino

Nació probablemente en 203 d. de C., quizá en Licópolis Magna, y murió en Campania en 269 ó 270. Plotino significa la extrema senectud del pensamiento griego que retrasa su muerte porque quiere legar al mundo, ya invadido por el cristianismo, una obra suprema de síntesis: las Enéadas (v.). Fue el pensador más representativo del siglo III d. de C. porque reunía en sí las más altas tradiciones del mundo antiguo: egipcio de sangre, alejandrino por educación filosó­fica, romano porque su escuela, al decir de San Agustín que lo estimó más que a los restantes griegos, «floreció en Roma» du­rante veinticinco años (244-269). Pero su espíritu fue totalmente helénico, y sin em­bargo abierto a las voces de Oriente, a las que, sin embargo, no cedió; encuadró en su platonismo las experiencias que buscó afanosamente, viajando, hasta el extremo de tomar parte —él, tan amigo de la paz, del silencio y de la contemplación— en la desdichada expedición militar de Gordiano (243-244) contra los persas.

Mientras Pla­tón no oculta su admiración por la belleza física del adolescente Cármides (v. Cármides), Plotino aparece desprendido del vano simu­lacro del cuerpo, cuyo peso mortal siente (como San Pablo): se avergüenza de haber nacido hombre; «hablaba con comedimien­to — dice Porfirio — de su nacimiento, de sus padres, de su patria». No comía carne; su pudor confina con el ascetismo, pero no llega hasta el suicidio estoico: cuando Por­firio (v.) cae en un acceso de melancolía y está a punto de matarse, Plotino le persuade de que siga viviendo y le exhorta a hace un viaje a Sicilia. Odiaba a los pintores y a los escultores porque representaban sombras de sombras; y nunca supo que su fiel discípulo Amelio había introducido a escondidas en la escuela al pintor Carterio, el cual estudiaba sus rasgos diariamente y luego, en su casa, trataba de pintarlos de memoria. Nada sabemos de este retrato; Plotino está representado — se dice — en el hombre barbudo situado en el centro del llamado sarcófago del filósofo (Museo Lateranense).

Pero Porfirio nos lo describe mu­cho mejor en su pintoresca Vida de Plotino, precisamente en el acto de explicar una lección: «Su rostro resplandecía de inteli­gencia: su suave humanidad se mostraba transparente, translúcida». Sin embargo, nos encontramos ya lejos de los tiempos olím­picos. La época de Plotino es melancólica, árida y carente de grandeza. Plotino fue un solitario; la nota más profunda de su filosofía mís­tica consiste en un renunciamiento más real que el proclamado por los epicúreos. Por el contrario, su aspiración queda expresada en la frase concluyente de las Enéadas: «eva­sión hacia la soledad», frase que perfec­ciona el ideal místico abierto con la exhor­tación: «Sepárate de todo». De su infancia en Egipto nos refiere Plotino una sola anécdota, llena de gracia. Encariñado con su nodriza, estaba siempre junto a ella; incluso de mayorcito — tenía ya ocho años — le descu­bría el pecho, ansioso de mamar, hasta que por fin perdió la nodriza la paciencia y le llamó impertinente.

Plotino se sintió tan mor­tificado que no lo hizo más. No fue, como Aristóteles, un filósofo precoz; después de haber andado de un maestro a otro, desen­gañado de las diversas celebridades de su tiempo, encontró al fin — tenía veintiocho años — a Ammonio, el Sócrates alejandrino. «He aquí el hombre que buscaba», dijo, y asistió durante once años (232-243) a su escuela, hasta el citado viaje a Persia, cuan­do en el desastre de la retirada se refugió en Antioquía y llegó a Roma el primer año del reinado de Filippo el Árabe, durante el cual debía celebrarse el milenario de Roma (247). En su escuela romana, en la que tuvo entre otros famosos discípulos a Porfirio, Amelio y Eustoquio, y a la que asistían también senadores, mujeres ilustres y en general la sociedad culta, dominó en un principio el espíritu de la enseñanza de Ammonio: una doctrina secreta, prohibida a los no iniciados. Después de la grave enfermedad que obligó a Plotino a marchar de Roma a Minturno, a la hacienda rústica de Zhetos, la escuela se dispersó: Eustoquio, médico alejandrino, acudió desde Pozzuoli a la cabecera del maestro moribundo. «¡Cuánto te he esperado!», le dijo el filó­sofo, y añadió una de aquellas grandes fra­ses en las que se contiene toda una filoso­fía: «He intentado hacer remontar lo di­vino que hay en nosotros hacia lo divino que hay en el universo».

Y murió. Tenía sesenta y seis años. Mientras algunos de sus discípulos, como Amelio, ansiaban tomar parte en los ritos sacros, Plotino rechazaba sus invitaciones y pronunciaba palabras que parecían orgullosas y que, en general, no fueron comprendidas: «Corresponde a los dioses venir a mí, y no yo a ellos». Y es que para Plotino la divinidad se encontraba en todas partes. El pensamiento de Plotino es pura contemplación y no dialéctica en sentido moderno: ignora al mismo tiempo la his­toria y la política; éste es y no otro el valor de su ciudad ideal — Platonópolis— que, al decir del ingenuo Porfirio; habría que­rido fundar en Campania. Para nosotros, Platonópolis es el símbolo de una ciudad de los espíritus (no distinta de la Repú­blica de Platón) en puro ideal contempla­tivo. Tampoco esta vez fue comprendido (pensamos nosotros), no sólo por el empe­rador Galieno y por la Augusta Solonina, sino por otros biógrafos y discípulos suyos. Es verdad que Plotino hacía vida común en la escuela y acogía a adolescentes que le eran confiados: y leía sus versos y les iniciaba en la filosofía y se ocupaba escrupulosa­mente de sus aficiones; pero alejaba a to­dos, grandes y pequeños, de la política que odiaba tanto como a la guerra, de la astro- logia, del fanatismo y de la hipocresía.

Si eliminamos, de la interpretación de Porfi­rio, todo lo que sabe a leyenda y a oráculo y que reduce al austero continuador de Platón a algo que oscila entre el mago y el taumaturgo, entre el médium y el santo, obtendremos una imagen que corresponde mejor y con más verdad a la que se perfila en su misma obra: la verdadera vida de Plotino se encuentra en las Enéadas, que no vaci­lamos en colocar, como las coloca Hegel, entre las obras más grandes del pensamien­to humano, y cuyo sentido religioso de la vida fascinó a todo el Renacimiento plató­nico y pasó después al Romanticismo.

V. Cilento