Pitágoras

Nació en Samos entre los años 580 y 570 a. de C.; hijo de Mnesarco, es el fundador de la escuela filosófica llamada itálica, que tan amplia influencia había de ejercer sobre la filosofía posterior, especial­mente sobre la platónica y la neoplatónica. Nada sabemos del período transcurrido en Samos; se dice que su maestro fue Ferécides o Anaximandro. Hay que colocar en este período los viajes de estudio que rea­lizó a Persia, Galia, Creta y Egipto; vuelto a Samos, y habiendo encontrado a su pa­tria subyugada por Polícrates, volvió a par­tir a los cuarenta años hacia Italia, donde en Crotona (ahora Cotrone), en la Magna Grecia, fundó una escuela que bien pronto alcanzó gran desarrollo y a la que acudían numerosos discípulos lucanos, mesapios y romanos. Una escuela que era más bien una especie de hermandad, una asociación de carácter educativo y místico, más que filo­sófico, abierta también a las mujeres (entre las cuales, la famosa Teano, mujer o discípula de Pitágoras).

La enseñanza comprendía un cierto número de años, durante los cuales eran despedidos los alumnos que no respondían a los fines de la educación pita­górica. La autoridad del maestro reinaba en la escuela de un modo soberano y absoluto — «ipse dixit» —, como depositaría de ver­dades indiscutibles. Posteriormente se trans­formó en una asociación política de ten­dencias aristocráticas, la cual tuvo amplia resonancia en Crotona y ramificaciones en Síbaris, en Reggio y en Sicilia; y desde este punto de vista atrajo sobre sí violentas reac­ciones de los demócratas, las cuales aca­baron con el incendio del edificio en donde se reunían los pitagóricos, todos los cuales, excepto dos, perdieron la vida, incluido Pitágoras (otra tradición asegura que éste se habría salvado mediante la fuga, y habría muerto después por no haber querido hollar un campo de habas, plantas consideradas intangibles por él). Vestía de blanco, se abste­nía de reír y de bromas, era austero de ros­tro y lleno de digna majestuosidad, por lo que sus discípulos creían que era Apolo, de vuelta de las regiones hiperbóreas.

Todo esto es lo que puede considerarse probable entre la multitud de noticias que nos han quedado de su vida; la leyenda, por lo de­más, se apoderó muy pronto de él — desde los tiempos de Empédocles, que vivió unos cincuenta años después — para el cual Pitágoras es un ser sobrehumano, y de Herodoto, que confunde a Pitágoras con el tracio Zalmoso, una figura puramente legendaria. De Pitágoras se decía que era hijo de Apolo o de Hermes (y se atribuía al mismo filósofo esta declaración) y que había obtenido de su padre el don de recordar, vivo o muerto, todo lo que le hubiera ocurrido, y por ello recordaba ha­ber sido ya Euforbo y también Hermótimo y en fin Pirros o Neoptolemos, antes de ser Pitágoras; se decía que tenía un fémur de oro, con virtudes proféticas, que poseía el don de la ubicuidad, que había descendido a los infiernos, donde había visto el espíritu de Hesiodo encadenado a una columna de bron­ce, y el de Homero colgado de un árbol y rodeado de serpientes por haber dicho lo que dijo de los dioses. No nos queda nada de los escritos de Pitágoras (los Versos áureos, v., atribuidos a él por la tradición, son obra de un tardío seguidor suyo).

Su doctrina, en lo que puede considerarse genuino, corres­ponde en cierto modo a la imagen ideal del hombre, tal como las noticias, legen­darias o no, permiten reconstruir: cuando estima el número como principio de todas las cosas, y el mundo armonía y número, y considera al alma inmortal, encerrada como en una tumba en el cuerpo, y trans­migrando a animales de diferentes especies, incluso a las plantas (metempsícosis), y cree congéneres a todos los animales, y que el hombre está en relación con lo divino y sigue a Dios. La vida presente se parece a una gran reunión deportiva: y como en ella, hay quienes van por motivos de comercio, y otros —los mejores— acuden a ver el espectáculo; así en la vida algunos nacen esclavos de la gloria y de las riquezas y otros — los filósofos — son buscadores de la verdad. En este sentido podía responder Pitágoras a Leontes, tirano de Filiunta, que le pre­guntaba quién era: «Un filósofo», dijo; y era la primera vez que aparecía esta pa­labra.

Q. Catandella