Otto von Bismarck

Nació el 1.° de abril de 1815 en Schonhausen, pequeña localidad de Brandeburgo, y m. en Friedrichsruhe el 30 de julio de 1898.

Descendiente de una antigua familia de «Junker» de la marca brandeburguesa, era hijo del capitán de ca­ballería Alexander y de Luise Menken, hija de un famoso profesor de filosofía de la Universidad de Leipzig.

Luego de haber es­tudiado leyes en Gotinga y Berlín ingresó en el ejército como refrendario, ascendiendo luego a oficial. Sin embargo, su tempe­ramento autoritario no se hallaba muy en consonancia con la disciplina militar, por lo que retiróse a Pomerania al cabo de dos años, donde se dedicó a la agricultura en las posesiones de sus antepasados.

En 1846 fue elegido miembro de la Dieta prusiana; aquí inició una carrera que habría de pro­longarse por espacio de cuarenta años. Ya desde el mismo comienzo de su actividad política no mostró preocupación alguna por la popularidad: en el «Landtag» convocado por el rey Federico Guillermo en febrero de 1847 asumió, en efecto, casi deliberada­mente, la defensa de las concepciones más conservadoras.

De esta suerte, la revolu­ción del año siguiente hallóle también de una manera resuelta y dura en la oposición. Con todo, no tardó en fracasar él intento revolucionario, y, entonces, Bismarck pudo reconquistar su puesto de intransigente defen­sor de los privilegios del Estado absoluto y de la monarquía de derecho divino.

Tras un primer período en cuyo transcurso mos­tróse partidario de Austria, con la cual tenía de común los afanes reaccionarios y el deseo de sofocar totalmente el espíritu de rebelión, en la Dieta de Francfort de 1851, y en calidad de ministro de Prusia, inició la política que habría de provocar, en los años sucesivos, la exclusión de aquel país de la Confederación germánica.

En 1859 fue enviado, como representante prusiano, a San Petersburgo, y luego, en 1862, a Pa­rís; desde allí hubo de regresar a la patria llamado por el rey, quien, envuelto en un conflicto insoluble con el Parlamento, no vio más salida que la de confiarse a la ener­gía y al rigor absolutista de Bismarck Acogido con hostilidad, el nuevo primer ministro actuó sin vacilaciones, adoptó medidas contra la libertad de prensa y disolvió la Cámara.

La muerte del rey de Dinamarca Fede­rico VII diole pie a presentar la reivindica­ción alemana sobre los ducados de Schleswig-Holstein; aun cuando hubiera deseado unirlos a Prusia, algunas consideraciones dé política interna le forzaron a pedir la ayuda de Austria, y, de esta suerte, finalizada en 1864 con la victoria de ambos aliados la guerra a que ello dio lugar, la convención de Gastein decretó la anexión de los terri­torios en litigio a los dos vencedores.

Este período no constituyó, empero, sino un pa­réntesis en la actuación política de Bismarck, do­minada por la lucha contra Austria; y así, poco después reanudó sus actividades ten­dentes a sustraer alemania de la influen­cia del emperador austríaco y a reemplazar la hegemonía de los Habsburgo por la de los Hohenzollem.

Para ello, y desplegando una gran habilidad diplomática, logró obte­ner la neutralidad de Francia y estrechar una alianza con Italia, deseosa de resolver el problema del Véneto; de esta suerte pudo iniciar la guerra contra Austria, que ter­minó con el resultado apetecido por Bismarck Sin embargo, una vez eliminado el estorbo aus­tríaco, alemania veíase amenazada por Francia, que no admitía la presencia en sus fronteras de un poderoso estado compacto.

Con la guerra de 1870 Napoleón III quedó vencido y su país, debilitado, no pudo opo­nerse a los designios del canciller prusia­no, quien, el 18 de enero de 1871, proclamó en Versalles el Imperio alemán. Luego de estas victorias, y muy satisfecho con los resultados obtenidos, Bismarck inició una política de equilibrio europeo.

Para ello volvió a la amistad con Austria y dio vida en 1882, gracias al concurso de Italia, a la Triple Alianza. En el siglo del liberalismo, y pre­cisamente cuando otros pueblos se consti­tuían en naciones mediante los plebiscitos y la adhesión espontánea de sus ciudada­nos, Bismarck realizó, en cambio, la unidad de alemania con la fuerza y desde arriba.

En­tre 1872 y 1878 luchó a fondo, a través del «Kulturkampf», contra la Iglesia católica; pero el fracaso de esta campaña indújole en 1879 a abandonarla por completo. No mejo­res resultados consiguió en su otra lucha contra los socialistas, que llevó a cabo, con su dureza acostumbrada, entre 1880 y 1884.

Bismarck, que en 1865 había sido nombrado conde y en 1871 príncipe, fue alejado del poder en 1890 por el nuevo soberano Guiller­mo II, y vivió los últimos años de su exis­tencia en una soledad desdeñosa. Además de catorce tomos de discursos y de una abundante correspondencia dejó el libro Pensamientos y recuerdos (v.), publicado entre 1898 y 1921 y muy importante para una comprensión más exacta de la vida po­lítica alemana y europea del siglo pasado.

F. Catalano