Nicolás de Cusa, llamado el Cusano

Con este nombre es conocido Nicola Chrypffs (Krebs: palabra alemana que significa «can­grejo»: y esta figura aparece en su blasón cardenalicio), nació de pobre familia en Cues (de donde el nombre de Cusano), aldea de la provincia de Tréveris, entre el 1. ° de agosto de 1400 y el 11 de agosto de 1401, y murió el 11 de agosto de 1464 en Forli. En­contró modo de dedicarse al estudio gracias a la ayuda de un protector y en 1423 obtuvo la licenciatura en Derecho en la Universidad de Padua. Recibidas las órdenes religiosas, tomó parte en 1432 en el Concilio de Basilea, donde compartió al principio la tesis de la supremacía del Concilio sobre el poder pontificio. De La concordia católica (v.), su primera obra importante, está totalmente ins­pirada en tal concepción. Pero al ver hacia dónde tendía la mayoría de los miembros del Concilio, Nicolás de Cusa hizo suya y defendió después ardorosamente la tesis de la supre­macía papal. Participó en la comisión envia­da en 1437 acomisióntinopla para tratar del problema de la unión de la Iglesia griega con la latina, cooperando eficazmente en el que fue después Concilio de Florencia, que sancionó, por entonces, dicha unión.

Du­rante el viaje de regreso de Constantinopla escribió su obra maestra: De la docta igno­rancia (v.), a la que pronto siguió De las Conjeturas (v.), traducción de términos gnoseológicos de la metafísica desarrollada en De docta ignorantia. Creado en 1449, por el papa Nicolás V, cardenal con el título de San Pedro ad Vincula, fue nombrado por el mismo papa, al año siguiente, visitador apostólico de la Alemania Occidental, Paí­ses Bajos y Bohemia, donde hubo de com­batir la herejía hussita que cada vez se hacía más violenta. Terminada esta misión, fue hecho obispo de Bressanone: sufrió no poco en el ejercicio de este cargo, ya que sintió el deber de defender el dominio territorial del obispado, de las tentativas de conquista a mano armada por Segismundo, conde del Tirol. La lucha se hizo dura: incluso se llegó a atentar contra la vida del obispo; intervino en la disputa Pío II, quien, en 1459, le llamó a Roma como vicario suyo, si bien conservándole de derecho el título de obispo de Bressanone.

En Roma, Nicolás de Cusa sintió y lamentó las malas costumbres de no pocos de los dignatarios de la Curia (esta­mos en vísperas del pontificado de Alejan­dro VI). Murió cuando se encontraba de viaje para unirse a Pío II, que estaba pre­parando la Cruzada contra los turcos. Fue sepultado en Roma, en la iglesia de San Pedro ad Vincula, como había sido su de­seo. Todavía existe en este templo, en el arranque de la nave a la izquierda la losa sepulcral donde se leen estas palabras: «Dilexit Deum et timuit et veneratus est ac illi soli servivit; promissio retribucionis non fefellit eum». En la pared adyacente a la losa sepulcral se ve el hermoso monumento, obra de Andrea Bregno, erigido por un sobrino del difunto. Las vicisitudes de la vida de Nicolás de Cusa alcanzan su verdadero significado si se considera el tiempo en que vivió. Fue la suya una época de profunda crisis, crisis de toda suerte de autoridad, divina y hu­mana, pontifical e imperial, religiosa y mo­ral, crisis, por tanto, del principio mismo de autoridad.

Nicolás de Cusa sintió los estremecimien­tos de la nueva cultura que se iba consoli­dando en el humanismo, y humanista fue el: hizo muchos descubrimientos de códices (entre los cuales es muy conocido el Códice Plautino) y dedicó sus riquezas a la funda­ción en su patria, además de un hospital, de un seminario que, dotado de una rica biblioteca, fue, ante todo, un hogar de estu­diosos. Ganado por las ideas modernas que apuntaban a una concepción científica de la naturaleza, fue sabio matemático, físico, as­trónomo y cosmógrafo. Negó, antes de Copérnico, la hipótesis de la pesada envoltura de las esferas concéntricas que limitaban el universo, y afirmó el movimiento de la Tie­rra. Pero Nicolás de Cusa vivió y padeció asimismo las vicisitudes del trágico duelo entre Roma y los adversarios de Roma, entre la unidad y la universalidad de la Iglesia y la unidad y la universalidad del Imperio y las fuerzas que tendían a disgregar aquélla y éste. En vísperas de la reforma luterana, él, como visitador apostólico, trató de oponerse seria­mente y aun con intransigencia a todas las causas de corrupción, de inmoralidad, de abusos, de superstición, de herejía, de in­justicia, que ofuscaban la fe y las costum­bres.

Sintió toda la gravedad de la caída de Constantinopla y toda la amenaza del triun­fo del Islam, y fue de los primeros en com­batir el islamismo, desde el punto de vista religioso-doctrinal, en el Cribratio-Alchorani. Un rasgo característico de la actividad científica de Nicolás de Cusa lo constituyen los colo­quios promovidos por él en su modesta resi­dencia de Roma, junto a la basílica de San Pedro ad Vincula. En tales coloquios parti­ciparon hombres insignes: Paolo dal Pozzo Roscanelli y Toscanelli entre los italianos, y todos los extranjeros que pasaban por Roma con motivos de estudio. Temas de las discu­siones era la cosmografía: es decir, el estudio de la Tierra, de sus movimientos, de sus relaciones con el Universo. También salieron de allí los proyectos que influyeron en las conquistas geográficas de su tiempo, incluido el descubrimiento de América. Fue también de los primeros que dibujaron un mapa del que se conserva copia. En el segundo libro de De docta ignorantia se presenta de un modo positivo la cuestión de la habitabili­dad de los demás planetas.

A tales méritos científicos hay que añadir el incremento que dio en Italia al desarrollo del «divino arte de la imprenta» (son palabras del mis­mo Nicolás de Cusa), la cual se había desarrollado también en Italia, y precisamente en Subiaco. Los coloquios de San Pedro ad Vin­cula se relacionan con los que, casi una generación más tarde, se desarrollaron en Milán, iniciados por el gran matemático L. Pacioli; tema de tales conferencias eran también, y quizá sobre todo, las nuevas concepciones metafísico-científicas de Nicolás de Cusa sobre la base de aquellos principios que hemos visto que constituían la novedad de todo su sistema. No hay duda de que tales discusiones matemático-científicas fueron conocidas, directa o indirectamente, tam­bién por Leonardo de Vinci. Así se fue afir­mando, de un modo cada vez más vivo y significativo, la personalidad de Nicolás de Cusa en el sereno dominio de las conciencias y de los científicos, en tanto que en la borrascosa inquietud de los hechos históricos se fue poco a poco desvaneciendo su personalidad en relación con aquella su vida, pasada y sufrida en medio de los dolores, de las luchas y de las intransigencias a los que hemos aludido al tratar de él como hombre. Sin embargo, su fama quedó, y aún aumen­tó, en la estimación de los grandes cientí­ficos, desde Descartes y Kepler en adelante.

P. Rotta