Mihály Tómpa

Nació en Rimaszombat el 28 de septiembre de 1817 y murió en Hanva el 30 de julio de 1868. Poeta húngaro hijo de humildes artesanos, estudió en Sárospatak como asistente de dos estudiantes nobles. Sus primeras poesías, escritas en el colegio y publicadas en Athenaeum, de Vörösmarty, reflejan el espíritu y las formas de la es­cuela romántica, la influencia de la cual determinó la actividad de todo el período inicial del poeta. Realizados los estudios de teología, fue durante algún tiempo precep­tor en Eperjes, donde conoció a Petöfi, y luego fue pastor calvinista en Beje. Alcanzó los primeros éxitos con «leyendas popula­res» que nada de común tenían con el pue­blo, y después compuso numerosas y gra­ciosas fábulas sobre las flores (v. Leyendas de las flores), en las cuales predomina, con cierta tendencia moral, el gusto de Biedermeier.

Hacía falta el irresistible y benéfico ejemplo de Petöfi para que la voz del autor se hiciera más viril y su estilo más sincero. Cuando en 1847 ingresó en la Sociedad Kisfaludy gozaba ya de una sólida fama; sin embargo, dudaba con frecuencia de sí mis­mo, y sufría depresiones nerviosas que al­gunas veces le llegaban a sugerir incluso la idea del suicidio. Tras la guerra de la independencia, en la cual había participado como capellán militar, contrajo matrimonio, y en 1851 aceptó el cargo de pastor de la comunidad calvinista de Hanva. En esta pequeña localidad pasó el resto de su vida, animada, durante algunos años, por las ale­grías familiares y la amistad de János Arany, pero torturada luego por la dolorosa pérdida de un hijo y una dolencia cardíaca incurable que le llevó al sepulcro apenas cumplidos los cincuenta y un años.

Su nombre se halla vinculado sobre todo a las creaciones de la segunda fase de su exis­tencia, composiciones líricas inspiradas en la caducidad de las cosas humanas o bien basadas en los sufrimientos de la nación oprimida; se trata, en este último caso, de lamentaciones y palabras de consuelo de un patriota, que para burlar la acción de la censura supo disimular bajo sutiles ale­gorías (v. El pájaro a sus pequeños).

E. Várady