Miguel de Unamuno

Nació en Bilbao el 29 de septiembre de 1864 y murió en Salaman­ca el 31 de diciembre de 1936. Hijo de una familia de clase media acomodada, perdió a su padre cuando apenas contaba seis años. Realizó sus primeros estudios en el Colegio de San Nicolás de su ciudad natal y más tarde, en 1875, ingresó en el Instituto Viz­caíno a fin de cursar el bachillerato. Du­rante esta época, ávido devorador de libros, lee muchas vidas de santos, especialmente de San Luis Gonzaga, y a través de Balmes conoce a Kant, Hegel y Descartes. En 1880 se traslada a Madrid, matriculándose en la Facultad de Filosofía y Letras. Su estancia en la capital, que nunca fue demasiado grata a Unamuno, transcurre dentro de un ambiente de gran austeridad y estudio, recordando con nostalgia su tierra vasca.

En 1884 se doctora en Letras con una tesis sobre la lengua vascuence e inmediatamente regresa a Bil­bao, donde se dedica a dar clases particu­lares. En la Sociedad Vizcaína tiene cono­cimiento de las últimas novedades filosóficas y literarias europeas, ampliando y man­teniendo al día de esta manera su ya am­plia cultura. Atraído por su vocación do­cente se dedica a preparar sus oposiciones a cátedra, período interrumpido por un bre­ve viaje por Francia e Italia. Tras realizar sin éxito oposiciones a Lógica, Metafísica y Latín, en 1891 consigue la cátedra de Griego de la Universidad de Salamanca, y en ese mismo año contrae matrimonio con Concha Lizárraga, la gran compañera de toda su vida y cuyo recuerdo aflorará continuamente en su dilatada producción. En 1901 es designado rector de la Universidad salmantina.

Con motivo del estallido de la primera Guerra Mundial, Unamuno tomó partido desde el primer momento por la causa alia­da; su violenta campaña en este sentido a través de mítines, conferencias y artículos, así como las severas críticas dirigidas con­tra la monarquía, le valieron la destitución de su cargo de rector. En 1924, con ocasión del golpe de estado de Primo de Rivera, nuevamente el carácter polémico de Unamuno le lleva a enfrentarse abiertamente con el nue­vo régimen, siendo desterrado a la isla de Fuerteventura. Esta medida provocó en toda la prensa mundial un clamor de indigna­ción, e incluso figuras tan distantes en lo ideológico como D’Annunzio y Romain Rolland se unieron en la protesta. Llegó a aquella isla el 10 de marzo, y el 9 de julio conseguía evadirse de la misma en el buque francés «L’Aiglon», fuga preparada por su hijo mayor y M. Dumey, director de Le Quotidien.

En París primero y en Hendaya después vivió sus años de destierro, hasta que la caída de Primo de Rivera en 1930 le permite regresar a España, donde es reci­bido de manera apoteósica y colmado de honores; es restituido en el rectorado de la Universidad de Salamanca con carácter vi­talicio, la ciudad le nombra además al­calde. perpetuo y la República lo proclamará después ciudadano de honor. En septiem­bre de 1934, en su última lección profeso­ral leída en el paraninfo de la Universi­dad, y como adivinando el mar de odios en que pronto se vería envuelta España, decía a su auditorio de jóvenes estudiantes: «Quie­ro hacer un llamamiento a la paz, a la paz en la guerra; esa marea de insensateces, de injurias, de calumnias, de burlas impías, de sucios estallidos de resentimientos, no es sino el síntoma de una mortal gana de disolución. De disolución nacional, civil y social.

Salvadnos de ella, hijos míos. Os lo pide al entrar en los setenta años, en su jubilación, quien ve en horas de visiones relevatorias rojores de sangre y algo peor: livideces de bilis». Dos años después, hechas realidad sus fatales predicciones, y sin dejar de alzar su voz ni un momento contra la cruel lucha de hermanos, moría en «su» ciudad de Salamanca la figura más típica, más representativa y de mayor dimensión humana de la generación del 98. Hombre apasionado en la defensa de sus ideas, ator­mentado por ellas y siempre con una visión personal de las cosas y de los acontecimien­tos, se encontró siempre en el centro de casi todas las polémicas que se suscitaron en su tiempo. Fue su preocupación que todos vi­vieran inquietos y anhelantes, y fustigó en­carnizadamente todo cuanto suponía conformismo, indiferencia o falsedad. Huyó del encasillamiento, de la clasificación, llegan­do a afirmar que si en España se creaba el partido unamunista el sería el primer anti- unamunista.

Su producción literaria, fiel trasunto de su condición humana, abarca todos los géneros literarios y en cada uno de ellos fue un innovador. Sus novelas no encierran descripciones de ningún tipo, ni escenario, ni pintura de costumbres; lo que importa son los personajes y sus sentimien­tos, la manera de hacerse así mismos a lo largo de su experiencia humana. Aparte su primera novela Paz en la guerra (v.), que relata el sitio de Bilbao durante la guerra carlista, y en la que en puridad el prota­gonista es la ciudad misma y su ambiente, en las demás obras, Amor y pedagogía (v.), San Manuel Bueno, mártir (v.), La tía Tula (v.), Tres novelas ejemplares y un prólogo (v.), que incluye Dos madres, El marqués de Lumbría y Nada menos que todo un hombre, aparecen características completa­mente apartadas de las normas de la pre­ceptiva literaria: no son novelas en un sen­tido general, sino «nivolas» como las llama­ría el propio Unamuno, dramas íntimos en los que el personaje de ficción alcanza la categoría de ser real, hasta el extremo de llegar a enfrentarse con el autor.

Estas novelas «existenciales» anticiparon innovaciones téc­nicas que serían luego aprovechadas en la producción europea y americana más re­ciente. Su teatro, posiblemente el género que cuidó menos, es desnudo, rectilíneo, esquelético, poco apto para la representa­ción escénica. Recordemos La esfinge, La venda, La princesa doña Lambra, Raquel, Fedra (v.), Soledad, Sombras de sueño, El otro, Medea y El hermano Juan o el mundo es teatro. De mayor hondura y trascenden­cia es su producción poética, iniciada tar­díamente, cuando ya Unamuno contaba cuarenta y tres años. Su poesía no es un río apacible de amplias riberas en el que podemos sen­tir la blanda caricia de la mansa corriente, sino avenida torrencial que arrastra ramas y piedras, y aún sin éstas nos pone en ries­go de ser derribados por sus embates. Re­presenta la culminación de su tendencia irracionalista y en ella la expresión se des­nuda, se hace alusiva, rehúye la referencia directa a las cosas para apuntar mejor a su sentido.

Unamuno pretende damos con su poe­sía algo más suyo y más hondo que sus mismos hechos, intentando no mostrarnos una vivencia, sino provocarla alusivamente mediante un efectivo contagio espiritual. Por eso dice de sus cantos que «prenden firmes en la rocosa entraña de lo eterno». En 1907 publicó su primer libro de versos titulado simplemente Poesías (v.), al que siguieron Rosario de sonetos líricos, El Cris­to de Velázquez (v.), considerado como el mayor monumento poético de la litera­tura española después del Siglo de Oro; Rimas de dentro, Teresa; y De Fuerteven­tura a París y Romancero del destierro, en los que se vierte todo su dolor y toda su nostalgia de la patria alejada. En 1953 se publicó su Cancionero (v.), integrado por sus composiciones poéticas posteriores a 1928 y que casi constituye una autobiografía lírica. En el ensayo, posiblemente el género que más se acomodaba a su temperamento, Unamuno nos ha dejado las expresiones más defi­nidas de su pensamiento. Así en En torno al casticismo (v.), Vida de Don Quijote y Sancho (v.), Mi religión y otros ensayos, Soliloquios y conversaciones, Del sentimien­to trágico de la vida (v.), su obra capital; La agonía del cristianismo (v.) y Como se hace una novela.

En Paisajes, Por tierras de Portugal y España y Andanzas y visio­nes españolas nos muestra su magnífica ca­pacidad para descubrirnos e interpretar el paisaje, preocupación constante en los hom­bres de su generación. A lo largo de su vas­ta y diversa producción aparecen siempre como temas dominantes el problema del hombre concreto de carne y hueso, su afán de inmortalidad y su «dolor» de España. Profundamente influenciado por William Ja­mes, Bergson y sobre todo por Kierkegaard — aprendió el danés para leerlo en su len­gua original cuando este precursor del existencialismo era prácticamente ignorado aún en toda Europa —, razón y vida son para él elementos opuestos, y el instrumento ra­cional es incapaz de llegar hasta lo viviente sin hacerlo rígido. Todo lo vital es irra­cional y todo lo racional antivital, consti­tuyendo esta antinomia el fundamento del sentimiento trágico de la vida. Esta actitud básica pragmaticista excluye y elimina toda finura y elevación en el trabajo intelectual.

El objeto del pensamiento no ha de ser el mundo de las ideas, sino el hombre y, en­tiéndase bien, «el hombre de carne y hue­so», el individuo concreto. No el hombre como idea e ideal, tal como puede presen­tárnoslo cualquier tipo de humanismo, sino nuestro hermano hombre en su realidad, su contingencia, su grandeza y su miseria. En este enfoque parece advertirse un paren­tesco con el naturalismo del arte español. Se trata de un «hominismo» más que de un humanismo (el mismo Unamuno, para evitar la palabra humanismo, toma a veces prestada la voz portuguesa «hombridad»). Unamuno rechaza por principio las objeciones conceptuales: «Las ideas me parecen despreciables; sólo aprecio a las personas». Este enfrentamiento del «hombre» con las «ideas» es un rasgo característico de su hominismo y este tema, que abordará repetidamente, le brinda una libertad de movimientos que él aprovecha de un modo sumamente elástico para satis­facer, consciente o inconscientemente, el sentimiento de su propia dignidad.

Ante la reflexión de que pueda ser depresivo para una persona decirle que importa un comino lo que pueda pensar, Unamuno replica que lo úni­co que le interesa es la ductilidad del alma, la vehemencia, el orgullo, la pasión, la emoción, el sentimiento. «Aunque pienso por cuenta propia, no soy un sabio ni un pensador: soy un sentidor.» Esto es lo real­mente humano. Y de esta manera adquiere el derecho de descargar contra el lector los torrentes de lava de su temperamento. El reproche de que siempre está hablando de sí mismo lo rechaza con energía. Esto es lo que todo debiéramos hacer: volver hacia fuera lo que llevamos dentro y volcarlo sobre nuestros hermanos; toda retención es mala; los hombres son crustáceos y cada uno vive encerrado en la soledad de su concha. La tarea del escritor consiste pre­cisamente en llegar a la intimidad de sus semejantes rompiendo sus corazas.

Esta con­tinua afirmación de lo humano le condu­cirá a desear su perduración, a no querer morirse, a su hambre de inmortalidad. «Yo necesito la inmortalidad de mi alma; la per­sistencia indefinida de mi conciencia indi­vidual, la necesito; sin ella, sin la fe en ella, no puedo vivir, y la duda, la incre­dulidad de haber de lograrla me atormen­ta.» Esta inquietud llenará toda su existen­cia y convertirá su vida en una continua agonía (en el sentido lato de lucha que él resucitó). Sus dudas, sus vacilaciones, sus afirmaciones y sus negaciones le llevaron muchas veces lejos de la ortodoxia cató­lica, pero su atormentado temperamento religioso estuvo siempre lleno de la idea de ese Dios al que es imposible llegar por los caminos de la razón, por un artificio silo­gístico, por una deducción escolástica, sino que se hace abordable por los caminos de amor y sufrimiento. «No es posible cono­cerle para luego amarle; hay que amarle y anhelarle para tener hambre de Él antes de conocerle.» «Creer en Dios es ante todo y sobre todo sentir hambre de Dios, ham­bre de divinidad, sentir su ausencia y va­cío.» La tercera cuestión siempre presente en la temática unamuniana es el problema de España, el «leiv motiv» y nexo de unión de toda la generación del 98.

Unamuno, que en su libro En tomo al casticismo se había propuesto desentrañar la esencia de la tra­dición nacional española, rebasa los límites de este planteamiento inicial para afrontar un problema más general: la actitud que una nación moderna debe adoptar ante su propia tradición. Según Unamuno, esta tradición debe buscarse no en un pasado muerto, sino en un presente vivo, en lo intrahistórico. La tradición auténtica es una volun­tad de forma espiritual que se realiza de distinto modo en cada época de la historia y que no se agota en ninguna de sus con­creciones temporales. Lo que Unamuno ataca es el historicismo, o como él dice calando más hondo, el «temporalismo». Pero lo supratemporal, lo instrahistórico, es también lo supranacional, lo eternamente humano. Sólo lo humano es eternamente «castizo». De ahí que Unamuno pida a España que se haga cosmo­polita: o abrirse al mundo o morir en el aislamiento.

El protecciosismo espiritual conduce a la petrificación y a la muerte. En cambio, abrirse a lo extraño significa fertilizar la propia sustancia. Ahora bien, el españolismo de Unamuno se acentúa en la valo­ración de su patria: hemos de asimilar la cultura europea, pero con la condición de que impongamos nuestro espíritu. «Tengo la convicción — escribía creando una de sus aparentes paradojas que más se han difun­dido — de que la verdadera y honda euro­peización de España no empezará hasta que no tratemos de imponernos en el orden espi­ritual a Europa, de hacerles tragar lo nues­tro a cambio de lo suyo, hasta que trate­mos de españolizar a Europa.» Y con este empeño se lanzó muchas veces a la vida pública y política: valiente, apasionado, y a menudo arbitrario y violento en su celo, hizo su figura popular e insustituible. Hay una escisión en la personalidad de Unamuno que se comunica a su obra. No le han faltado ataques y repulsas; pero justamente es eso lo que él quiso ser toda su vida: un luchador. Su viaje a través del mundo español ha estado, como el de Don Quijote, lleno de aventuras, de desafíos y de derrotas.

Es la característica del quijotismo y su tim­bre de honor. Este quijotismo es el que nos da la verdadera perspectiva desde la que podemos apreciar a Unamuno. Nunca se le hará justicia si se le quiere medir sobre el patrón de una perfección artística, ideológica o humana. España posee pensadores de ma­yor sutileza de ideas, poetas de canto más dulce y armonioso —aunque no más hon­do—, creadores de mayor fuerza imagina­tiva y artistas dotados de un más puro sen­tido de la forma. Pero Unamuno sigue siendo único por el dinamismo de su personalidad, pues nadie como él ha influido de manera tan poderosa en la juventud universitaria his­panoamericana, influencia que después de su muerte ha aumentado en significación intelectual y también en intensidad. Pero por encima de todo Unamuno es el despertador de su nación, siempre aguijoneando y ex­citando, impulsando e infundiendo vida.

A él debe España, más que a ningún otro, el haber resurgido de su apatía. Sin los maza­zos y mandobles de Unamuno el espíritu español no sería lo que hoy es y significa para Europa. De esta manera conserva toda su vigencia el homenaje poética del gran An­tonio Machado: «Y el alma desalmada de su raza,/que bajo el golpe de su férrea maza / aún duerme, puede que despierte un día…/Tiene el aliento de una estirpe fuerte / que sonó más allá de sus hoga­res/y que el oro buscó tras de los mares. /Él señala la gloria tras la muerte».

R. Sampablo