Mêng Ko

(Latinizado, Mencio; apelativos honoríficos: Tzû Yü, Tzû Ch’e, Tzû Chü). Nació en 372 en el estado de Tsou (Shantung), murió en 289 a. C. Es el más célebre mora­lista de la escuela de Confucio («Ju Chia»), la cual ha plasmado casi toda la cultura china y quizá del Oriente Medio. Es el mejor intérprete de Confucio. Vivió un siglo después que el maestro, en la época del primer sincretismo social y religioso que terminará, o casi, con la dinastía Han anterior (siglos II y I a. C.). En sus tiem­pos el pensamiento chino era una confusa mezcla de corrientes diversas, procedentes de las culturas campesinas meridionales, de las pastoriles nómadas del noroeste y de otras menos cultivadas de poblaciones es­parcidas por montañas, valles y cuencas de ríos y lagos. Dominaban, incontrolables, la magia y la superstición en el pueblo y en sus jefes; las mitologías de tipo solar y lunar confundían las mentes en sus rela­ciones con la divinidad; en diversos luga­res subsistían todavía sacrificios humanos y ritos caníbales.

La población se encon­traba a merced de unos jefes que se dego­llaban entre sí en busca de la hegemonía y del prestigio. La economía se hallaba en un estado de extremada confusión a causa de las guerras constantes y de las calami­dades naturales. La familia, patriarcal en unos lugares, matriarcal en otros, se orien­taba hacia bases manísticas bien en el pue­blo bien en las casas dinásticas. Confucio había echado ya las bases éticas de la fa­mosa «Piedad filial» («Hsiao»), tanto en el ámbito de las relaciones familiares como en el marco político de los vínculos entre gobernantes y gobernados. Mêng refuerza to­dos los principios de Confucio y aporta a ellos su personal contribución, especial­mente con referencia a la economía polí­tica, basada en el principio de que el pue­blo vale más que el Estado y que, por tal razón, el rey debe preocuparse de su bien­estar material. Ninguno de los dos se preocupó de dotar a su teoría de una base metafísica, contentándose con la manística, fundada en la imitación de los mayores, de los antepasados, que ellos, de un modo arbitrario, pero con la sincera intención de realizar una obra benéfica, convirtieron idealmente en tipos ejemplares de todas las virtudes.

Mêng procedía de una familia de empleados de Estado. Habiendo quedado huérfano de padre muy joven, fue educado sabiamente por su madre, que pasó a ser el tipo ideal de educadora. En 366 casó con una joven noble de la familia Tien. Fue discípulo de Kung Chi, sobrino de Confu­cio, e inició su carrera de pedagogo en 356, continuándola hasta la edad de cua­renta y cinco años, cuando fue elegido mi­nistro del estado de Ch’i. Pero dimitió al negarse el príncipe a seguir sus directri­ces. Y como Confucio, peregrinó de pue­blo en pueblo, pero siempre con el mismo resultado negativo. Durante ocho años sir­vió al príncipe Huei de Liang, y a la muerte de éste se retiró definitivamente de la vida pública, dedicándose al estudio en sus últimos años. Su tumba se encuentra en el distrito de Tsou-hsien, en la actual Yenchow. En 1083 le fue conferido el título póstumo de «Tsou Kuo Kung» o «duque del reino de Tsou» y en 1088 fue admitido en el templo de Confucio como uno de los «Cuatro adjuntos del Maestro», siendo los otros tres K’ung Chi, Yen Hui y Tsêng Tzû, discípulos inmediatos de Confucio.

Su obra, Mêng Tzû (v.) en siete libros, fue comen­tada por primera vez por Chao Chi (murió en 201 d. C.), el cual dio a Mêng el título de «Ya Sheng» o «Segundo sabio», el «alter Confucius» del Extremo Oriente, como San Francisco de Asís es el «alter Christus» de Occidente. Su segundo nombre no debe ser pronunciado nunca en señal de respeto. En su vida de pensador y de político se opuso enérgicamente a Mo Ti y a Yang Chu, representante el primero del amor universal, y el segundo del amor egoísta. Mêng, como toda su escuela, propugna un término medio.

B. Fedele