Seudónimo de Samuel Langhorne Clemens, que nació el 30 de noviembre de 1835 en Florida (Missouri), y murió el 21 de abril de 1910 en Redding (Connecticut). El nacimiento del autor coincidió con la aparición del cometa de Halley, y su fallecimiento, según él mismo había predicho, con la reaparición de tal cuerpo celeste, que tuvo lugar en 1910. Durante toda una vida de chanzas alentó la secreta fantasía que le llevaba a considerarse «un misterioso y quizá sobrenatural visitante de Otros Lugares»; y, en parte por haber querido hacer valer las prerrogativas de tal papel (como en la obra póstuma El extranjero misterioso [The Mysterious Stranger]), hubo de experimentar la mortal e intolerable desesperación de sus últimos años. Su padre, natural de Virginia, era un vagabundo y un agnóstico, y su madre una piadosa calvinista.
Visionarios ambos, el hijo heredó sus tendencias: fantasía quijotesca, sueños de inesperada riqueza, esperanzas de acontecimientos milagrosos y coqueteos con lo sobrenatural, todo ello aleteaba en el ambiente de la familia. A tan complejas características hereditarias, con sus contradicciones, son atribuibles algunos conflictos e incertidumbres de la íntima naturaleza de nuestro autor, y también, posiblemente, siquiera sólo en parte, la oscura y obsesiva conciencia de culpabilidad que le inducía sin descanso a actitudes de expiación públicas y privadas. El muchacho fue creciendo en la soñolienta localidad de Hannibal, en la orilla occidental del Mississippi, descrita posteriormente en Las aventuras de Tom Sawyer (v.) y Las aventuras de Huckleberry Finn (v.).
Fallecido su padre, a los doce años abandonó los estudios e ingresó como aprendiz en una imprenta-editorial, donde empezó a escribir artículos periodísticos en el estilo convencional de la época. A los dieciocho, marchó de su casa, y por espacio de cuatro años vagó por la región y se ganó la vida como tipógrafo. Luego, impulsado por uno de sus crónicos sueños de riquezas, pensó dirigirse, por Nueva Orleáns, hacia las fuentes del Amazonas. Durante el viaje, mientras descendía el curso del Mississippi, abandonó inesperadamente el proyecto, y se dedicó a las prácticas de piloto fluvial; bajo una experta guía, Clemens llegó a dominar en pocos años los dos mil kilómetros de aguas traidoras y obtuvo la licencia. A lo largo de este período, luego evocado en Vida en el Mississippi (1875, v.), la imaginación del autor asimiló los elementos esenciales de los que habría de servirse.
El comienzo, en 1861, de la guerra civil, que interrumpió el tráfico fluvial, puso fin a su carrera de piloto. Para alejarse de un insoluble conflicto entre la instintiva fidelidad al Sur y la aversión a la lucha en favor del esclavismo, se dirigió al Oeste, y, a través de las llanuras desiertas, llegó hasta los montes de Nevada. Allí vagó entre los primeros campamentos de mineros, anduvo inquieto algún tiempo en pos de la riqueza, buscó infructuosamente el oro y, al final, aceptó un empleo de periodista. Mediante el ejercicio, cada vez más hábil, del tosco, vigoroso e interesante arte del periodismo de frontera, Clemens, quien adoptó entonces el seudónimo de «Mark Twain» (vieja expresión de navegación fluvial equivalente a «marca dos fathoms», o sea unos cuatro metros, que gritaba el sondeador al piloto de la embarcación como diciéndole: «aguas seguras»), empezó a adquirir un estilo muy personal.
La publicación en un periódico de La rana saltarina del condado de Calaveras (v.), que apareció en 1865, le permitió saborear brevemente la fama; ello aumentó su ambición, y, así, en adelante nada deseó tanto como el aplauso del público, el cual no fue para él solamente alimento y sedante, sino también un escudo indispensable contra la desconfianza en sí mismo. La profesión periodística llevóle, primero a San Francisco — donde el escritor Bret Harte (v.), con quien trabó amistad, le alentó en su carrera literaria —, y luego a las islas Hawaii; allí permaneció poco tiempo. Con este viaje inició la actividad, en la cual persistió toda su vida, de viajero mundial; los artículos acerca del mismo, aparecidos en una revista de Nueva York, dieron principio a su carrera de escritor, y, finalmente, una conferencia humorística, también sobre el mencionado tema, que pronunció a su regreso le convirtió en el más divertido conferenciante de la nación.
Poseía aptitudes naturales, arraigadas en las tradiciones fronterizas, para el papel de humorista, o, más concretamente, de bufón de la democracia triunfante. Sin embargo, tal máscara se transformó rápidamente en una trampa que no siempre supo evitar, en un muro susceptible de separarle no sólo del público, sino también de sus propias intuiciones; y a menudo, al caer dejaba vislumbrar sombríos abismos. A los vagabundeos y las conferencias por América siguieron el viaje por el Mediterráneo descrito en Los inocentes en el extranjero (1869, v.), y luego, en 1870, su matrimonio. Establecido en Connecticut, a la mitad del camino entre Boston y Nueva York, Mark Twain entregóse con interés a su actividad de escritor. Vida dura (1872, v.), que refiere sus peregrinaciones por el Oeste, fue el segundo de los numerosos libros de viajes del autor.
En La edad dorada [The Gilded Age, 1873], obra escrita con un colaborador, ensayó la novela; si bien el libro fracasara como texto narrativo, la importante aportación de Twain al mismo y la quijotesca y visionaria figura del coronel Beriah Sellers hicieron vibrar nuevas notas en la historia de la fantasía norteamericana, y, de esta suerte, la obra se convirtió rápidamente en un prototipo clásico de la literatura nacional. Con Tom Sawyer (1876) el autor empezó a acudir a las fuentes más profundas de su arte: los recuerdos de la vida junto al Mississippi. Ocho años después, Huckleberry Finn dio a estas memorias, cristalizadas en tomo a las complementarias y simbólicas figuras de Huckleberry (v.) y Tom Sawyer (v.), una fantástica resonancia que hizo del libro una de las obras maestras de las letras norteamericanas. Mark Twain, mientras tanto, había obtenido el benéfico apoyo de W. D. Howells (v.) y llegado a ser rico, padre orgulloso de cuatro hijos y el más apreciado de los escritores contemporáneos del país.
Luego, en 1893, ya en el punto culminante de su fortuna pública y privada, empezó a experimentar sucesivos desastres: la bancarrota, la pérdida de la salud, el ocaso de sus facultades creadoras, el fallecimiento de la hija predilecta, la locura de otra y la invalidez impotente (que terminó con la muerte) de la esposa, a la cual amaba con una especie de religiosa veneración. Nuestro autor tomó el sufrimiento intenso de tales años como una expiación de sus pecados y se estimó absuelto. En este estado de ánimo y movido por una sed de pureza, este agnóstico manifiesto escribió su Juana de Arco [Joan of Are, 1895]. Su concepción de la humanidad y de su destino, por otra parte bastante oscura, no tiene equivalente en la literatura norteamericana. Los primeros indicios de tal criterio aparecieron en los pasajes de un cinismo misantrópico y algo jocoso de Pudd’nhead Wilson (1894), novela inquietante por su fusión de lo trágico y lo grotesco.
Lo mismo que Melville (v.), sólo raramente consiguió hallar los medios expresivos adecuados a esta visión. Su última palabra en materia de tinieblas fue The Mysterious Stranger (1916). La ideología y el arte de Mark Twain son aún temas contradictorios para la crítica americana. Sin embargo, el autor encamó tan a fondo el espíritu de su época y de su tierra — las fuentes de la debilidad y de la fuerza del escritor, los profundos conflictos interiores, cuya manifestación no literaria fue la guerra civil — por lo que se tiende a considerarle más que como un escritor’, como un héroe fabuloso de la cultura norteamericana.
S. Geist

