Marie-Joseph Lagrange

Nació en Bourg- en-Bresse el 7 de marzo de 1855 y murió en el convento de San Maximino (Toulouse) el 10 del mismo mes de 1938. Realizó estu­dios clásicos en el seminario de Autun, y de 1873 a 1878 cursó Derecho en el «Instituí Catholique» de París. Obtenida la gradua­ción e iniciado el ejercicio de la aboga­cía, experimentó repentinamente la voca­ción religiosa, pasó un año en el seminario de Issy, y en octubre de 1879 vistió el há­bito de los dominicos en el convento de San Maximino. Expulsados de Francia los religiosos, Lagrange estudió Teología en Salamanca, donde en 1884, tras un año de sacerdo­cio, consiguió el doctorado en dicha mate­ria. Vuelto a Toulouse, dedicóse por espa­cio de cuatro años a la predicación y a la enseñanza. Luego fue invitado a estudiar en la Universidad de Viena los métodos de la crítica bíblica moderna y a especia­lizarse en lenguas orientales — asirio, egip­cio, árabe, hebreo talmúdico — y en la Filología semítica.

Encargado del estable­cimiento en Jerusalén de un centro de estu­dios bíblicos, fundó el 15 de noviembre de 1890 la «École Biblique», destinada a una pronta celebridad en el ámbito de la exégesis católica. En 1893 inició la publicación de la Revue biblique, de la que sostuvo él solo casi todo el peso durante largos años y a través de un número increíble de ar­tículos, críticas y boletines, fruto de su ciencia y de sus estudios en todos los cam­pos de la exégesis bíblica. Presidente de la sección escriturística en el Congreso Cató­lico de Friburgo de 1897, trató el problema de las «fuentes del Pentateuco», en el cual estuvo interesado hasta su muerte. En 1902 pronunció en el «Instituí Catholique» de Toulouse seis conferencias sobre La méthode historique, surtout dans Vexégése de L’An­den Testament, que, reunidas en un pe­queño tomo, habrían de provocar muy pron­to un gran clamor y una dura crítica. Aquel mismo año fue situado por León XIII entre los primeros consultores de la Comisión Bí­blica Pontificia.

Poco después, empero, al producirse la crisis del modernismo, viose objeto de acusaciones de diversas proceden­cias y, en ciertos casos, de notable violen­cia que le amargaron durante diez años; en el invierno de 1912-13 se le alejó incluso de Jerusalén, a donde, sin embargo, re­gresó pocos meses después, tras una orden explícita de Pío X. En 1911 había publicado el comentario a San Marcos, primer fruto de la nueva orientación de sus estudios, consagrados ahora al Nuevo Testamento. Durante la primera Guerra Mundial, cautivo algún tiempo de los turcos y puesto en libertad gracias a la intervención de la Santa Sede, prosiguió en Francia la publi­cación de la Revue biblique, y dio a la luz los comentarios a la Epístola a los Roma­nos y a la Epístola a los Galotas. Los dieci­siete años que, tras el final del conflicto, pasó todavía en Jerusalén resultaron fecun­dos en obras; terminó los cuatro tomos acerca de los Evangelios, sintetizados en el apreciadísimo volumen El Evangelio de Je­sucristo, traducido a los principales idio­mas, e ideó una Introducción al estudio del Nuevo Testamento, para la que publicó en­tre 1935 y 1937 los tres tomos referentes al Canon, la crítica textual y la de carácter histórico.

En 1935, por consejo de los mé­dicos, hubo de abandonar Palestina; y así, pasó los últimos años de su vida en el convento de San Maximino. Enorme es la producción de este infatigable e incompa­rable maestro; se halla integrada por más de 1750 artículos (con críticas y boletines), una impresionante serie de grandes volú­menes de la colección «Études bibliques», entre los cuales cabe citar, además de los comentarios a los Jueces (1903), San Mar­cos (1911), Epístola a los Romanos (1916), Epístola a los Gálatas (1918), San Lucas (1921), San Mateo (1923) y San Juan (1925), Études sur les religions sémitiques (1903), Le Messianisme chez les Juifs (1909) y Le Judaisme avant Jésus Christ (1931), y otras obras como La Crète ancienne (1908), St. Justin (1914), Mélanges d’histoire religieuse (1915), Le sens du Christianisme d’après l’exégèse allemande (1918), La vie de Jésus, d’après Renan (1923) y Loisy et le moder­nisme (1932). Se le debe también Sinopsis evangélica.

M. Làconi