María Montessori

Nació en Chiaravalle, en las Marcas, el 31 de agosto de 1870; murió en Noordwjek, en los Países Bajos, el 6 de mayo de 1952. La preparación de la que estaba destinada a dejar una huella inde­leble en la historia de la educación contem­poránea fue naturalista y médica; y si de ella extrajo impulsos y enseñanzas fecun­dos, también hubo de conservar de la mis­ma impresiones y dudas que su mente ro­busta y su genio de educadora tendieron siempre a superar y a absorber en una nue­va concepción espiritualista de la educa­ción. Licenciada en Medicina en 1896 en la Universidad de Roma, ayudante el año si­guiente en la cátedra de Psiquiatría de la misma universidad, se vio impulsada por su instinto profundo al estudio de los niños deficientes y advirtió inmediatamente que su problema, más que médico, era pedagó­gico. Expuso sus ideas sobre esta materia en el congreso pedagógico de 1898 de Ta­rín. El ministro Baccelli le encargó que diera un curso a las maestras de Roma so­bre la educación de los niños deficientes mentales, o «psicópatas», curso que se trans­formó después en una Escuela Magistral Ortofrénica, dirigida por Montessori durante dos años.

Marchó a continuación a Londres y a París para profundizar en estos estudios, asistiendo luego a cursos de Filosofía en la Universidad de Roma y de Psicología expe­rimental, convencida de que la educación del niño había de tener su primer y esen­cial fundamento en el conocimiento cien­tífico, somático y psíquico de su ser. La lectura de las obras de J-Montessori-G. Itard y de E. Séguin, los dos ilustres maestros de edu­cación de anormales en Francia, la ayudaron a profundizar los problemas de dicha edu­cación especial, que bien pronto se le apa­reció como aplicación y revelación de las leyes generales de la educación del niño. La obra desarrollada a continuación entre niños psicópatas mediante una experiencia práctica y fecunda trajo como consecuen­cia la aparición de una Montessori teorizadora y organizadora de un método general de la educación infantil. En 1907, precisamente en enero, por encargo del Instituto dei Beni Stabili de Roma, abría Montessori en uno de los nuevos barrios obreros la primera «Casa de los niños», al que pronto seguirá otra, tam­bién en Roma. Desde allí, la institución se difundió por Italia y más aún por el resto del mundo, tomando el carácter de institu­ción independiente, organizada de un modo cada vez más claro como un método origi­nal de educación infantil.

Este método, ya maduro por la experiencia y por la refle­xión, fue expuesto por Montessori en el volumen Il metodo della pedagogia scientifica appli­cato all’autoeducazione infantile nella Casa dei bambini (Città di Castello, 1909), edi­tado más tarde varias veces (1913, 1935, hasta la IV, de 1950, aparecida con el título La scoperta del bambino y pronto tradu­cido a las principales lenguas. El método consistía en la autonomía del niño, que en­contraba en la «Casa» el material indispen­sable para el ejercicio de los sentidos, ob­jetos apropiados a sus aficiones y a sus proporciones físicas, posibilidades de aplicarse, con su trabajo personal y según su libre elección, a la solución de problemas prác­ticos interesantes, mediante el variado ma­terial disponible. Principio dominante: el de dejar hacer; de vigilar para ayudar en caso de necesidad; de tener fe en el valor inmenso de una actividad libre desarrollada con vistas a finalidades concretas adopta­das por el niño, y capaz de impulsar un desarrollo seguro y de desembocar poco a poco en descubrimientos espontáneos y con­quistas según un ritmo natural y según una sucesión de «períodos sensitivos», vincula­dos a las aficiones particulares del niño, que era preciso saber comprender y satis­facer en el momento adecuado, para no dejar pasar la ocasión propicia sin el indis­pensable ejercicio.

Era un programa y un apostolado que se inscribían con caracteres propios en el movimiento de la «escuela activa» y que enlazaba más o menos con Rousseau y con Froebel. La obra siguiente, L’auto educazione nelle scuole elementari (Turín, 1910), también reeditada dos veces en 1916 y en 1940, aplicaba el método a las enseñanzas en la escuela elemental. Entre­tanto, desde 1909, profesaba en Città di Castello cursos para maestros, protegida por dos beneméritos de la educación popular, Leopoldo y Alice Franchetti, y escribía ar­tículos en italiano y en inglés, para ilustrar su método y su pensamiento, que más tarde sintetizó en el Manuele di pedagogia scien­tifica (Nápoles, 1921). A partir de 1913-14, se multiplican sus estancias en América del Norte y en muchos países europeos : Alema­nia, Gran Bretaña, España (Barcelona fue la ciudad que se interesó por los nuevos méto­dos), Holanda, Suecia, después en China y en la India, y al mismo tiempo se difun­dían por todo el mundo las «Casas» monte- sorianas. Su influencia se dejaba sentir también en países como Francia, Austria y Suiza.

Mientras tanto, sus obras eran tra­ducidas a casi todas las lenguas y el pen­samiento de Montessori, aun conservando las líneas esenciales, desarrollaba los gérmenes espi­rituales, la visión algunas veces mística de la naturaleza, la inspiración religiosa, que afloraban ya en las primeras obras. Las eta­pas de su evolución, hasta incluir influen­cias del psicoanálisis, están representadas por el volumen Il segreto dell’infanzia, pu­blicado en Bellinzona en 1938, y luego en Milán en 1950; por los ensayos Il bambino in famiglia, de 1936; por la obra De l’enfant à l’adolescent (París), no traducida al ita­liano; por La mente del bambino (Milán, 1952), traducción italiana póstuma de la obra publicada en inglés en Madras, en 1949, con el título The absorbent mind, y por la cuarta edición de la primera obra fun­damental, con el título La scoperta del bam­bino, ya citada. En conferencias, cursos, congresos se desarrollaba la actividad formidable de la educadora. También había fundado en Barcelona, en 1916, una «Iglesia de los pequeños», aplicación de los princi­pios de la «Casa» a la educación religiosa de los pequeños, tema al que dedicó des­pués algunos ensayos I bambini viventi nella Chiesa, 1924; La Santa Messa spiegata ai bambini, 1949).

Cada vez concentraba más su apostolado en la idea de que el niño educado con pleno respeto a su libertad y a sus infinitos recursos, debía ser el edu­cador del adulto, el regenerador de la hu­manidad, y que la formación del hombre según los principios predicados por ella po­día y debía garantizar el triunfo de la justicia y de la paz en el mundo. El pe­queño volumen Formazione dell’uomo (Mi­lán, 1949) y los tres ensayos contenidos en Educazione e pace (ibid., 1949), represen­tan, puede decirse, su testamento espiritual. En los últimos años de su vida participó de modo notable y competente en los trabajos de la U.N.E.S.C.O. y fundó el centro de estudios pedagógicos en la Universidad para extranjeros de Perusa.

G. Caló