Marcel Proust

Nació en París el 10 de julio de 1871 y murió en la misma capital el 18 de noviembre de 1922. Su padre, Adrien Proust, pertenecía a una antigua familia cató­lica oriunda de Beauce, trasladada desde muchas generaciones antes a los alrededo­res de Chartres, en el pueblo de Illiers, que Proust recordaría después con el nombre de Combray. Ingresado en el seminario, Adrien Proust había renunciado después a la vocación religiosa para el estudio de la Medicina, y posteriormente casó con una joven judía de origen alsaciano, Jeanne Weil, que le dio dos hijos, Marcel y Robert. Esta ascendencia mixta puede ayudar a comprender mejor ciertos aspectos comple­jos del genio de Proust Poco antes del naci­miento de Marcel, durante la Commune de París, el doctor Proust fue herido por la bala de un insurrecto, cuando volvía del Hos­pital de la Caridad; la mujer, embarazada, tardó en reponerse de la emoción experimentada y el niño dado a luz poco tiempo después nació tan delicado que el padre temió por su vida. Criado con grandes cui­dados, dio precoces muestras de inteligen­cia y de sensibilidad, pero su salud continuó siendo frágil: a los nueve años, de regreso de un paseo por el Bois de Boulogne, fue atacado por una crisis asmática tan grave que el padre creyó que moriría ahogado.

Desde entonces, y durante toda su vida, se vio atormentado por la fiebre del heno que todos los años se presentaba con la prima­vera, que para él se convertía en un perío­do de sufrimientos. La enfermedad le per­mitió escapar a la dispersión que impone el tiempo del reloj, haciéndole descubrir un tiempo más precioso, la propia duración interior. Proust ha evocado, fundiéndolos, los dos lugares en que transcurrió su infancia: la casa de provincia de su tía abuela Amiot, en Illiers, y Auteuil. Sería interesante sa­ber cuáles fueron sus gustos, sus sueños, sus pensamientos de niño, cuando jugaba en los Champs-Elysées con Lucie y con Antoi­nette Félix-Faure. Un álbum de niña nos revela algo de su intimidad: «¿Cuál es el colmo de la infelicidad para tí?», pregun­taba el cuestionario. «Verme separado de la mamá», respondía el adolescente, ya apa­sionadamente exclusivo. Formaba parte de aquella familia magnífica y lamentable de los neuróticos, de los que más tarde dirá que constituyen la sal de la tierra.

Hay que imaginárselo jugando en los Champs- Elysées, sobre el prado verde y amarillo, en la época en que tuvo el presentimiento del amor, más turbador que el amor mis­mo, o correteando durante las vacaciones estivales por los campos que flanquean el Loira, tendiendo los brazos hacia las mi­ríadas de ranúnculos amarillos, estos capu­llos de oro «que amaba por su nombre de príncipes de cuentos de hadas»… Su gran pasión era entonces una muchacha rusa, María de Bemardaki, más tarde descrita en Un amour de Jean Santeuil bajo el nom­bre de Marie Kossicheff, primer esbozo de Gilberte Swann. A pesar de su maltrecha salud, se inscribió Proust en los cursos del liceo Condorcet, haciéndose apreciar de sus maes­tros y amar de sus compañeros Léon Brunschvicg, Louis de la Salle, Robert Drey­fus, Abel Des jardins, Jean de Tinan. Obtuvo el premio de composición francesa en Retó­rica y el premio de honor en disertación, en Filosofía, en la que era el alumno pre­dilecto de Darlu.

En 1889, durante el ser­vicio militar prestado como voluntario en Orleáns, en el 76 regimiento de Infantería, conoció a Robert de Billy; poco después, siguió en la Sorbona los cursos de la Fa­cultad de Derecho y de la escuela libre de Ciencias políticas. Tentado al principio por la carrera diplomática, después de haber estado durante un cierto tiempo adscrito a la Bibliothèque Mazarme, decidió consa­grarse totalmente a las letras. En 1892 fundaba con Fernand Gregh, Daniel Halévy, Fiers y La Salle la revista Le Banquet, cuyos ocho números constituyen hoy una rareza bibliográfica. Más tarde colaboró en la Revue Blanche de Thadée Natanson, en la que usó los seudónimos de Laurence y de Horatio. Entretanto había trabado amistad con Gabriel Trarieux y con Léon Daudet, y más adelante se puso en contacto con los Bibesco, Robert de Montesquiou, G. de Lauris y, en fin, con Bertrand de Fénelon, en el que se inspirará para el personaje de Robert de Saint-Loup. Proust frecuentaba entonces el salón de la princesa Matilde, que había acogido en el pasado a Sainte- Beuve y a los Goncourt, y los salones de Mme. Strauss y de Mme. de Caillavet, don­de encontraba a Anatole France y a Char­les Maurras.

Sin embargo, no se sentía satis­fecho de estos fáciles éxitos y de esta dis­persion: deseaba alcanzar una felicidad inagotable y sabía que podía encontrarla sola­mente en el arte y en el trabajo; «los ver­daderos libros — anotaba — no deben ser los hijos de la popularidad y de las discu­siones de salón, sino de la oscuridad y del silencio». En 1896, a los veinticinco años, publicaba Proust en casa de Calmann-Lévi en edición de lujo su primera obra, Los pla­ceres y los días (v.) : el prólogo estaba fir­mado por el más ilustre escritor de la época, Anatole France, pero se ha insinuado a menudo que el verdadero autor de esta pre­sentación elogiosa fue.Mme. de Caillavet, la inspiradora del viejo*maestro. Esta colec­ción de cuentos, ensayos y versos está ilus­trada por Madeleine Lemaire; a algunas de las composiciones poéticas les puso música Reynaldo Hahn, amigo íntimo del autor. Sin embargo, la obra pasa inadvertida a los críticos y al gran público: será preciso esperar- la muerte de Proust para que Gide es­criba en la Nouvelle Revue Française (v.) que esta primera tentativa contenía ya más que la promesa de todos los dones futuros. Entre las recensiones del nuevo libro hubo una escrita con tono tan despectivo y con insinuaciones tan pérfidas que Proust, conside­rándose ofendido, retp al insolente crítico, Jean Lorrain.

El desafío tuvo lugar en los bosques de Villebon, cerca de Meudon, y Proust dio pruebas en él de gran valor. No todo es despreciable en Les plaisirs et les jours: un cuento titulado La fin de la jalousie, con­tiene en potencia la materia de Un amour de Jean Santeuil y de Un amour de Swann (v. En busca del tiempo perdido). En cuan­to al «melancólico veraneo de Mme. de Breyves», nos ofrece una primera versión de Lo que será más tarde la «petite phrase» de Vinteuil y que es sólo un primer acer­camiento a los Maestros cantores (v.). De 1895 a 1905 aproximadamente, en plena ela­boración de sus concepciones estéticas y mientras traducía dos obras de Ruskin — la Biblia de Amiens y Sésamo y los lirios (v.) — intentó Proust bosquejar la gran novela que llevaba dentro de sí y que habría de ser la historia de su itinerario espiritual; pero esta versión demasiado apresurada no podía satisfacerle. Él mismo ha confesado: «¡Escribo a galope tendido; tengo dema­siado que decir!».

Es esta, sin duda, una de las razones por las que, durante su vida, sólo rara vez hizo alusión a esta primera tentativa, a esta novela autobiográfica que tuvo la intención de destruir y que Ber­nard de Fallois encontró en una sombre­rera treinta años después de la muerte de Proust En 1899 había escrito a Marie Nordlin- ger, prima de Reynaldo Hahn: «Trabajo desde hace mucho tiempo en una obra de gran aliento, pero sin terminar nada». Ha­cia la misma época, en Trouville, en el «cot­tage» de «la Cour Brûle», había iniciado Proust, en forma de cartas, una novela en colabo­ración con sus amigos Fernand Gregh, Ro­bert de Fiers y Daniel Halévy. Entre Les plaisirs et les jours y Swann, el texto de Jean Santeuil señala uno de los eslabones gracias al cual podemos reconstruir la evo­lución del escritor. Es ya Proust, no el Proust más grande, puesto que estos fragmentos de una obra sublime aparecen todavía impregnados de demasiada feminidad y melindre. No ha encontrado todavía el tiempo, no está bas­tante separado de su infancia para poderla resucitar con la magia del recuerdo; Jean Santeuil significa más bien un diario que una obra artística; pero, como ha observado Mauriac, el amor es sentido ya en esta obra como una forma de desesperación.

Poste­riormente, no había de mostrarse Proust indul­gente con este período de su vida; sin em­bargo, alrededor de 1907, compuso el Contre Sainte-Beuve que, interrumpido, había es­tado a punto de transformarse durante la redacción en un ensayo sobre Balzac, ya que, en contacto con el autor de la Comedia humana (v.), además de sentir renovada su vocación de novelista, experimentó Proust la necesidad de afirmar su divergencia. Su pri­mera obra maestra, Du côté de chez Swann, no apareció hasta diciembre de 1913, en vísperas de la primera Guerra Mundial. Aunque había concebido ya el esquema quizá desde 1907, la inició efectivamente en 1909, después de haber elaborado la «es­tructura» del triple ciclo de Swann, de Guer- mantes y de Albertine. Tras la muerte de su madre en 1905, conoció Proust la soledad, la manumisión de todo vínculo familiar, la separación absoluta. Este aislamiento se hizo todavía mayor cuando el 30 de mayo de 1914 vio morir trágicamente en accidente de aviación a su secretario, Alfred Agosti- nelli, «el ser que más amó después de su madre». Carente ahora de todo respeto hu­mano y de todo escrúpulo, se hizo ahora audaz, clarividente y de una sinceridad casi cruel.

A la recherche du temps perdu cons­tituye pues la historia de su vocación, de una vocación largo tiempo desconocida y diferida, pero que se impuso al fin con la fuerza inexorable de un deber, con la vio­lencia de una pasión. Poco a poco cae la barrera del yo individual y Proust es sólo «el lugar donde se realiza su obra». Swann representa la primera de las tres genera­ciones, de las que la Recherche nos ofrece el retrato y la metamorfosis. El mismo Proust, en una carta a René1 Blum, nos ha contado la génesis de esta obra que para él es la que menos se distancia del género novelís­tico: «Hay en ella un «Señor» que narra y que dice «Yo»; hay muchos personajes que son introducidos en este primer volumen, Lo cual significa que en el segundo harán exactamente lo contrario de lo que se es­peraba de ellos. Por lo que se refiere a la arquitectura general, es tan compleja que sólo se descubre muy tarde, cuando todos los «temas» han comenzado a combinarse. Es un libro extremadamente real, pero «sos­tenido» en cierto sentido, para imitar la memoria involuntaria…, por una gracia, por un núcleo de reminiscencias».

Así, un frag­mento de su obra no era otra cosa que «una parte de su vida de la que se había olvi­dado» y que volvía a encontrar ahora ines­peradamente saboreando «una magdalena empapada en el té» — sabor que lo em­briaga antes de reconocerlo e identificarlo con el que había gustado todas las maña- ñas en la casa de la tía abuela en Com- bray — mientras otra parte de ella vuelve a aflorar en las sensaciones del despertar, cuando todavía no nos damos cuenta de dónde estamos y nos creemos en un país desconocido. La vida, con sus sufrimientos, sus amarguras, sus desilusiones, y en fin la experiencia de la guerra —que tan pro­fundamente lo sacudió, aunque su mala sa­lud lo mantuvo alejado del frente—, todo debía conferir a su arte una riqueza, una entonación, resonancias nuevas. Pese al des­arrollo imprevisto de sus temas y a la com­plejidad de su orquestación, puede decirse que, lejos de perder o desnaturalizar el sentido de su Recherche, como ha dicho alguien, se encontró Proust con que había obe­decido «a una especie de plan secreto que, haciéndose al fin patente, impone retroacti­vamente un orden propio y al mismo tiem­po permite entrever su desarrollo hasta la apoteosis final».

Si es cierto que una vida grande sólo es una intuición de la juven­tud realizada en la edad madura, ninguna existencia como la de Proust podría ser mejor ejemplo de ello. Desde el día en que, de­lante de los árboles de Méséglise y del estanque de Montjouvain — y de aquellas jaspeaduras rosadas reflejadas en el agua desde los tejados bañados de lluvia y dora­dos por el sol — él, impotente para expre­sar su emoción, había exclamado «Zut, zut, zut, zut», comprendiendo que su deber con­sistía en no quedarse parado en estas pala­bras opacas, sino en leer con mayor clari­dad en su propio arrobamiento, no descansó hasta conseguir dar forma a la turbación que experimentaba y fijar aquella cosa im­palpable y aquel impulso interior mediante palabras correspondientes a su sentimiento más íntimo. A través de un largo y pa­ciente proceso, las ideas todavía confusas que lo poseían encontraban sólo paz en la lograda claridad de la expresión. El color que una piedra tomaba al sol parecía a ve­ces indicar que iba a abrirse y revelarle lo que parecía contener y esconder al mismo tiempo. En el objeto, inesperadamente apa­recido a la luz, creía divisar la llamada a una realidad interior del ser.

La misión del poeta consistía precisamente, para él, en «liberar la esencia de las sensaciones componiéndolas, para sustraerlas a las con­tingencias del tiempo, en una metáfora». «El artista — afirmaba — no inventa, des­cubre. Ya que el arte consiste en captar es­tas furtivas correspondencias». «No es posi­ble que una música, una pintura que nos conmueven dejen de corresponder a una realidad espiritual.» El universo aspira con­fusamente a ponerse en contacto con nos­otros. «Depende de nosotros — decía — rom­per el encanto que tiene prisioneras a las cosas, traerlas hasta nosotros e impedir que vuelvan a caer en la nada para siempre.» Esta lucha afanosa contra el olvido, este esfuerzo frenético y nunca terminado de vivir «i la absoluta atemporalidad consti­tuye el tema esencial del Temps perdu y del Temps retrouvé (v. En busca del tiem­po perdido). Para crear este mundo suyo, Proust se había separado de todo «sin pesar y sin disgusto», con un raro «valor espiritual». Sólo el pensamiento de su obra lo sostuvo después que, muerta su madre, «perdió su única finalidad, su única dulzura, su única esperanza, su único consuelo». Hubo de reanudar, sin embargo, el contacto con el mundo para «imponer su creación» y (des­pués que obtuvo el Prix Goncourt en Í919) para defenderla contra la incomprensión de ciertos críticos y las interpretaciones ten­denciosas de ciertos discípulos.

Como hace notar Harold Nicolson, «Proust comenzaba a ser festejado. Se quedaba en la cama todo el día, en su cuarto sombrío y sin aire; luego, por la noche, se ponía meticulosa­mente el frac… para asistir a las recepcio­nes en honor de los delegados al Congreso de la paz…». A veces, en sus últimos años, se reprochaba Proust no haber sacrificado sufi­cientemente su vida a su vocación. Se pare­cía a su héroe Bergotte, quien, a punto de morir veía pesar su vida en un platillo de la balanza mientras el otro contenía el «es­corzo de muro amarillo» tan bien pintado por Vermeer. Proust daba singular importancia a este tránsito. Unos quince meses antes de morir, habiendo ido con Jean-Louis Vau- doyer a visitar la exposición holandesa al Jeu de Paume de las Tullerías, para con­templar la Vista de Delft de Vermeer, fue atacado por un repentino malestar y le pareció que iba a morir… Cuando recu­peró el conocimiento, se apresuró a anotar todas las sensaciones experimentadas y que después había de poner en boca de Ber­gotte; y se dice que — refinado escrúpulo de artista— deseó en la misma víspera de su muerte retocar este pasaje y dictó algu­nas frases a Céleste, su fiel criada. Su obra no «estaba terminada» indudablemente, pero ahora comprendía que no la terminaría nun­ca y que era mejor que así ocurriera.

Sabía también que, a semejanza de las grandes catedrales medievales, nunca terminadas, su Recherche se prestaría mejor por ello a la necesaria colaboración del lector. Puede decirse que Proust murió por su arte. Atacado en septiembre de 1922 de un enfriamiento, es más que probable que se hubiera resta­blecido de no haberse fatigado en exceso corrigiendo las pruebas de Albertine dis- parue. A pesar de una fiebre enervante, continuó su trabajo sin descanso, negán­dose a seguir las prescripciones del médico. Quizá hubiera podido salvarse, pero, con misteriosa obstinación, no quiso obedecer los afectuosos consejos de su hermano. La fiebre continuaba siendo alta. Sentía ahogo, pero no dejaba de trabajar. Céleste Alba- ret que velaba entonces a su lado nos ha dejado el cuadro de sus últimos instantes. «Céleste — repetía con voz dulce pero obs­tinada— Céleste, me acosa la muerte. No tendré tiempo para acabar… No dejes en­trar a nadie.» Sentía próximo su fin, de­seaba la soledad, quería alejar a los médi­cos, a los amigos, a la familia; sin embar­go, recibió dos veces a Jacques Rivière y le dio instrucciones para la publicación de Albertine. Delirante, veía vagar a su alre­dedor «una gran dama negra», la Muerte.

Con su rostro demacrado, con su negra bar­ba crecida y descuidada, su palidez, sus ojos brillantes por la fiebre, parecía, entre la blancura de las sábanas, un sombrío Cristo español. Así precisamente lo retrató Duno- yer de Segonzac, que lo vio en su lecho de muerte. Hacia las cuatro de la tarde del 18 de noviembre de 1922, en presencia de su hermano, dejó de respirar. «Fue sepultado, pero durante la vela del cadáver, desde los estantes iluminados velaban sus libros dis­puestos de tres en tres, como ángeles con alas desplegadas y parecían el símbolo de la resurrección de aquél que no existía ya.»

G. Cattani