Maksim Gorki

Seudónimo de Alesi Peshkov; n. el 14 de marzo de 1869 en Nijni Novgorod, murió el 18 de junio de 1936 en Moscú. Todavía vinculado por su origen a la gran literatura realista de la segunda mitad del siglo XIX, al modo mismo de Chejov, G. fue el único de su generación que se convirtió al mismo tiempo en el campeón de la nueva literatura soviética tras el re­ajuste de la Revolución, propugnando el principio, más tarde erigido en fundamental, del realismo socialista. Hijo de un tapicero, que consiguió con grandes esfuerzos mejo­rar de posición convirtiéndose en agente de navegación en Astrakhan, pronto aban­donó el hogar y entre 1875 y 1893 ejerció los más variados oficios para ganarse la vida (mozo de cuerda, empleado de un pin­tor de iconos, ayudante de panadero, pinche en un barco del Volga, ferroviario, vendedor de bebidas, etc.), acumulando gran cantidad de experiencias y de conocimientos de los hombres, de los que supo servirse más tarde en sus narraciones o en sus dramas, y cuyo relato nos ha dejado en las obras autobio­gráficas Infancia y Mis universidades. En­tre estas experiencias, una de las últimas, la de pasante del abogado A. I. Lanin en Nijni Novgorod, contribuyó mucho a encaminarlo hacia la literatura, haciéndole entrever y sentir el gusto por la cultura, desarrollado después en él con copiosas lecturas.

Así nacieron sus primeras narraciones, de Makar-Tchudra, de 1892, a Tchelkach, de 1895, publicada esta última en la revista Russkoe bogatstvo (La riqueza rusa) de V. Korolenko (v.). El estímulo del gran escritor «populista» fue decisivo para el joven G., el cual reunía en 1898 sus narraciones en dos volúmenes, entre las cuales figuran las fa­mosísimas Konovalov, Los esposos Orlo (v.) y Malva (v. Los vagabundos). El éxito fue enorme y duradero: no sólo agradaron los cuentos, sino que la misma persona del escritor se hizo cada vez más popular, hasta el punto de que su fama rebasó pronto los límites de Rusia. A aumentar tal populari­dad contribuyó también el éxito teatral de sus dos dramas Pequeños burgueses y Los bajos fondos (v.), llevados a la escena en 1902 en el «Teatro de arte» de Moscú, y que entraron pronto, especialmente el segundo, en el repertorio de los teatros más importantes de Europa. Mientras tanto, G. había pasado de los cuentos a narracio­nes de más largo alcance con las novelas Varen’ka Olesova (1898, v.), Foma Gordeev (v.), publicada en 1899 y seguida de Los tres (v.) en 1900-1901.

El contacto estable­cido en Petersburgo con importantes marxistas de su tiempo le había inclinado cada vez más a los problemas sociales y al movi­miento revolucionario. Un pequeño poema suyo, El canto del petrel, produjo la prohibi­ción de la revista Jizn (La vida), justa­mente centro del marxismo ruso. Sus con­comitancias con la idea revolucionaria se advirtieron, por lo demás, en sus nuevos dramas Los veraneantes, Los hijos del sol, Los enemigos, Los bárbaros, algunos de los cuales provocaron los rigores de la censura. Elegido en 1902 miembro honorario de la Academia Imperial de Ciencias, en conside­ración a la gran fama adquirida en el extranjero, había visto anulado su nombra­miento por un acto gubernamental de carác­ter policíaco. La solidaridad de dos escrito­res como Chejov y Korolenko que, en señal de protesta, dimitieron de sus puestos en la Academia, acentuó la resonancia del hecho. La revolución de 1905 contó a G. entre sus instigadores más activos: su detención pro­vocó manifestaciones de protesta en todo el mundo.

Puesto en libertad, pensó aban­donar Rusia para trasladarse a los Estados Unidos; pero allí, por motivos de puritanis­mo— se había sabido que la mujer que le acompañaba en calidad de esposa no había contraído matrimonio con él —, topó con tales molestias que regresó a Europa y se estableció en Capri, donde formó un centro de la emigración revolucionaria, hasta poco antes del estallido de la primera Guerra Mundial en 1914. En estos años había con­tinuado ininterrumpida su actividad de es­critor, pero su fama había ido disminuyendo. En 1907-1908 apareció la novela La madre (v.), considerada hoy como modelo de na­rración social revolucionaria, pero pasada entonces casi en silencio por la crítica; en 1910 se publicaron los dramas Los extra­vagantes y Vassa Zeleznova (v.), que poca o ninguna fama añadieron a G. como autor teatral. Muchas dudas había experimentado en los últimos tiempos, como resulta fácil deducir de la lectura de Una confesión, y él mismo había atravesado una crisis de carác­ter casi religioso bajo la influencia de las ideas de Tolstoi.

Con todo, sus obras se habían ido difundiendo entre la clase obrera, de la que acabó por convertirse en un sím­bolo La revolución de 1917, que lo sorpren­dió en Rusia, encontró en él un ardiente partidario en los primeros años, durante los cuales fue muy notable su actividad en el campo cultural; en aquel año, en efecto, inició una revista mensual, Letopis (Cróni­cas), asumió la dirección de una gran co­lección de traducciones de obras de todas las literaturas y luchó en pro del respeto y conservación de los monumentos del pasado. En 1919 publicó los Recuerdos sobre Tolstoi. No del todo satisfecho, sin embargo, de la marcha de las cosas, abandonó en 1921 Rusia, para marchar a Alemania, donde permaneció hasta 1924; se estableció a con­tinuación en Sorrento, desde donde, en 1928, regresó a Rusia, llamado allí para la celebración de su sexagésimo aniversario.

A partir de entonces comenzó su obra sus­tentadora del régimen soviético, que lo llevó a una disciplina político-social cada vez más rígida en la actividad literaria, bajo el lema del «realismo socialista». Obras viejas y nuevas fueron publicadas en nue­vas ediciones: a Los Artamonov (y.) del período de Sorrento (1925) se añadió, en­tre 1927 y 1936, La vida de Klim Samgin, dos novelas de amplias proporciones, en cierto sentido obras cíclicas en las que se reconstruye el pasado de la burguesía rusa y su disolución, una nueva manera gorkiana, que se advirtió también en una proyectada trilogía dramática, de la que sólo se repre­sentaron las dos primeras partes: Igor Bulitchev y Dostigaiev y los otros.

E. Lo Gatto