Mahoma (Mohammed)

Nació en La Meca hacia 570 y murió en Medina el 8 de jimio de 632. De acuerdo con el criterio musul­mán, supone un absurdo e incluso una blas­femia la colocación del fundador del Islam en un conjunto de biografías de escritores, por cuanto el libro sacro del islamismo no es, en efecto, para sus adeptos, obra del Profeta sino directa y literal revelación divina, que Mahoma sólo transmitió mecánica­mente. La distinta concepción de la ciencia histórico-religiosa e incluso de la común opinión de los no musulmanes considera, en cambio, a nuestro personaje como autor auténtico y exclusivo del Corán (v.). Te­niendo en cuenta su calidad de tal ofrece­mos aquí los siguientes datos biográficos del Profeta, aun cuando antes hayamos de ad­vertir que, incluso dejando aparte cualquier prejuicio de tipo teológico, resulta difícil hablar de la personalidad «literaria» de esta figura, por cuanto su obra tiende por completo a la acción práctica y a la difusión de la sencilla fe acerca de la cual meditara, y ello, casi siempre, de una manera ajena a toda preocupación o ambición literarias conscientes. Mahoma pertenecía a una importante, pero decaída, familia de La Meca. Hijo póstumo, perdió también pronto a su madre, y creció bajo los cuidados primeramente del abuelo paterno, y, luego, de un tío.

Alejado el nimbo de la hagiografía legendaria con que su comunidad le ha rodeado, quedan muy pocas noticias referentes a su juventud y a su formación espiritual. Fue comer­ciante, y se distinguió por su honradez y su astucia; todavía joven contrajo matrimonio con una rica viuda, Khadigia, su única y apreciada esposa hasta el fin de sus días. Hacia los cuarenta años (o sea en torno a 610) se manifestó en él la crisis religiosa — al principio individual, y, más tarde, tendente a llevar una misión o un mensaje a sus coterráneos — que marcó el comienzo de la religión musulmana. Las visiones que tuvo a raíz de ello, y acerca de cuya subje­tiva sinceridad no cabe dudar, aparecen parcialmente insinuadas en el mismo Corán, y figuran también en los relatos biográficos «hadith» que se hallan en la biografía más antigua (Sira) del Profeta. La parte más primitiva del libro sacro de Mahoma refleja su apasionada predicación entre sus conciuda­danos, en quienes pretendía inculcar las verdades iniciales de su fe: la unicidad de Dios, su justicia, su bondad y su omnipo­tencia, el inminente juicio supremo de la humanidad y la misión por él recibida y que le movía a llamar a su pueblo al ca­mino recto, como hicieran ya otros profetas con sus compatriotas. Esta primera propaganda conoció algunos éxitos, y procuró a Mahoma varios fieles compañeros, procedentes del grupo de sus parientes próximos o de las gentes humildes.

Sin embargo, la obstinada resistencia y la obstrucción de las clases altas de La Meca, apegadas por motivos religiosos, económicos y sociales al politeísmo tradicional, obligaron al Profeta a buscar en otros lugares un campo de acción más ade­cuado. Ello dio origen a la «migración» (hégira) hacia Medina, que tuvo lugar durante el otoño de 622 y señaló el comienzo de una segunda etapa en la existencia de Mahoma, ya no solamente predicador religioso, sino tam­bién jefe político y legislador. El conflicto entre Medina, musulmana, y La Meca, pa­gana en sus principales representantes, duró, a través de pactos diplomáticos y encuentros armados, algo más de siete años, y terminó con la plena victoria del Profeta, el cual, en enero de 630, entró como conquistador, al frente de sus partidarios, en su ciudad natal. A este triunfo, que le hizo árbitro de los destinos de toda Arabia, sobrevivió poco más de dos años; vuelto a Medina, residen­cia de Mahoma hasta su muerte, extinguióse allí entre la consternación de su comunidad en 632. Su Corán refleja precisamente en la segunda fase (suras, o capítulos, medineses), con un estilo a propósito, más discursivo y normativo comparado -con el tono más lírico y emotivo de las revelaciones anteriores, la obra decenal del Profeta, y ofrece un com­plejo dogmático, un orden social y jurídico y una guía práctica a la primera generación de sus adeptos. La veneración hacia la per­sona de Mahoma y el convencimiento de que la revelación por él transmitida tenía un origen celestial directo, hicieron de tales disposiciones, preceptos, exhortaciones y ejemplos prácticos la norma permanente e inmutable de todas las generaciones musul­manas futuras.

En nuestro caso, la persona­lidad del Profeta, muy compleja y difícil, y susceptible de ser considerada en sus as­pectos político y religioso, únicamente que­da estudiada, empero, en relación con su obra «literaria» y según el sentido anterior­mente indicado. En la expresión de su men­saje reanudó la forma rítmica y solemne de los antiguos vaticinios paganos, o sea la prosa rimada, muy eficaz por sus efectos acústicos en las «suras» coránicas más anti­guas, pero mucho menos evidente en la re­dacción de las partes medinesas. Carente de una verdadera inspiración poética, y adversario de los poetas del paganismo que él combatía, Mahoma fue, no obstante, comparado con ellos por sus contrarios en cuanto al estilo de la revelación, la singularidad y la rareza de las imágenes y la misma obse­sión «demoníaca» de la que los antiguos árabes consideraban igualmente poseídos al poeta y al vate-adivino. Siquiera luchase contra tal parangón, el Profeta de Arabia mantuvo siempre las características propias de su estilo expresivo, y sólo evolucionó en el sentido indicado anteriormente, o sea en cuanto al tránsito de un concentrado li­rismo religioso-emotivo a una predicación más prosaica. Entre el hombre y la obra (que no fue recogida sistemáticamente y escrita hasta más tarde), para el creyente musul­mán, sólo existe Dios; en la opinión de los no adeptos, empero, brota el texto directa­mente de Mahoma con un patente sello individual que funde las influencias parciales de sus inciertas fuentes extranjeras y la herencia de la tradición literaria nacional en una tosca pero vigorosa originalidad.

F. Gabrieli