Nació en el seno de una familia humilde en Vignola el 21 de octubre de 1672, murió en Módena el 23 de enero de 1750. Estudió en Módena y se ordenó de sacerdote en 1695. Doctor de la Biblioteca Ambrosiana, de Milán, fue desde 1700 archivero-bibliotecario del duque de Módena, historiador de la casa de Este, defensor del derecho de los Este a Comacchio y Ferrara, y consejero del duque y de su familia. Prepósito, a partir de 1716, de Santa María Pomposa (donde está sepultado, y en cuya casa parroquial está instalado el Museo Muratoriano), atendió a su ministerio sacerdotal con infatigable fervor: fundó un Monte de Piedad, reconstruyó la iglesia a sus expensas y derrochó todas sus rentas eclesiásticas en la institución de la «Compañía de la Caridad».
Convencido de que el ocio constituía la causa primordial de la decadencia italiana, trató hasta el último momento de sacudir mediante admoniciones y con el ejemplo de su extraordinaria laboriosidad a «la Italia actual, agalbanada y casi soñolienta». Aun cuando muy extenso, el Epistolario impreso por este humilde y glorioso sacerdote sólo constituye una selección: se conocen más de 20.000 cartas dirigidas a él por más de 2.000 corresponsales italianos y extranjeros, y más de 20.000 cartas remitidas por él a todas partes de Italia y de Europa. Aquella república literaria, que en su juventud había soñado y proyectado, la convirtió en una realidad con esta magnífica asamblea de eruditos que le tuvo como jefe, comparable a aquella otra que en el siglo XIV había acaudillado Petrarca o como la que en el siglo XVI presidió Erasmo de Rotterdam. Ingenio polifacético, en tomo al cual se ha atareado y continúa atareándose gran cantidad de estudiosos, escribió con siempre renovado vigor obras literarias, científicas, de filosofía, de religión, históricas y proyectos de reformas civiles.
Dejando aparte los versos, las ediciones y comentarios, las biografías de antiguos y modernos y algunos escritos polémicos, sus obras literarias más dignas de estudio son el tratado De la perfecta poesía italiana (1706, v.) y las Riflessioni sopra il buon gusto nelle scienze e nelle arti (1708-15). El libro de Muratori que alcanzó mayor número de ediciones fue el tratado Del governo della peste (1714), verdadero ensayo de medicina social. Más que la filosofía especulativa, en la que no llegó a superar un empirismo ecléctico (es notable, con todo, el tratado De la fuerza de la fantasía humana, 1745, v.), cultivó la filosofía práctica (Filosofia morale, 1735) y la filosofía social, comprendiendo en ellas las obras de religión, porque, como dice él, «la religión de Jesucristo fue instituida para ayudar al estado civil de los pueblos y no para oponerle obstáculos». Sincero y fervoroso creyente, pero no intolerante, opuesto a toda santurronería, animado de un espíritu de auténtica caridad evangélica, se muestra precursor del catolicismo, liberal en los tratados De ingeniorum moderatione in réligionis negotio (1714), Della carita cristiana (1723), De superstitione vitanda (1740), Della regolata devozione dei cristiani (1747).
Verdadero heraldo de la época de las reformas, escribió el tratado De los defectos de la jurisprudencia (1742, v.), que constituyó la fuente del Código civil del estado de los Este (1771), el primero que tuvo Italia; y el tratado Della publica felicità (1749), su testamento político y moral, que parece efectivamente el programa de los príncipes reformadores. Tuvo Muratori, sobre todo, el cetro de la erudición histórica y fue el padre de la historiografía filológica italiana. Pasando por alto las obras más estrictamente filológicas (Anecdota graeca, 1709, Anecdota latina, 1697-1713, Novus thesaurus veterum inscriptionum, 1739-43) y las Antichità Estensi (1717-40), primeras obras que forjaron su fama como historiador, Muratori es autor de tres obras monumentales, de importancia nacional. «Llevó a cabo — escribe Balbo — las tres misiones que hacen avanzar la historia de una nación»: reunió las fuentes de la historia de Italia desde el 500 al 1500, en la recopilación Rerum italicarum scriptores (1723- 1751, v.), que logró, al decir de Carducci, «el mayor corpus de historia nacional que hasta entonces se había publicado en Europa»; aclaró los más variados y recónditos aspectos de la vida italiana en el Medioevo en las Disertaciones sobre las antigüedades italianas (v.), que inician realmente aquella historia de la cultura que los alemanes llamaron después «Kulturgeschichte»; y finalmente en los Anales de Italia (1744-49-, v.) «fue el escritor (de nuevo citamos a Balbo) del mayor corpus que poseemos de nuestra historia; escritor siempre concienzudo, en ningún momento exagerado, nunca servil, frecuentemente atrevido y fuerte».
Estas tres obras prenuncian en cierto modo el «Risorgimento», por cuanto Muratori, al reunir las fuentes y escribir la historia de toda Italia, suscitó en los italianos cultos el sentimiento de la unidad y contribuyó a la formación de la conciencia nacional. En cuanto al estilo, el de Muratori es, como él mismo lo deseaba, «un estilo natural, que explica las cosas con claridad evidente y con palabras adecuadas y no necesita de estudio». Se puede decir de él lo que Ascoli dijo después de Manzoni: que quiso extirpar de nuestra literatura el cáncer de la retórica.
G. Natali

