Nació en Córdoba, entonces perteneciente a la Bética, durante los primeros años de la Era Cristiana, y en el seno de una familia entregada normalmente al cultivo de las actividades intelectuales. Llegado pronto a Roma, dedicóse allí a los estudios filosóficos, con un ardor que los consejos paternos aquietaron algo. En la profesión forense reveló extraordinarias cualidades oratorias; obtenida la cuestura, ingresó en el Senado, entidad en la cual su elocuencia valióle honores, fama y peligros durante el reinado de Calígula. Sin embargo, disfrutó de una situación envidiable hasta el año 41, cuando la caída de la bella princesa Julia Livilla, hermana de Calígula y acusada por la celosa Mesalina, arrastró consigo a Séneca, por supuesta complicidad con aquélla. Desterrado en la áspera soledad de Córcega hasta el 49, transcurridos ocho taños de confinamiento y por intercesión de Agripina, la nueva emperatriz, pudo volver a Roma como preceptor del joven Nerón, adoptado por Claudio y nombrado sucesor suyo al trono imperial.
En octubre del año 54 este emperador moría envenenado por Agripina, según la opinión común, y Nerón pasaba a desempeñar un poder que las artes maternas habían arrebatado a Británico, el único hijo de Claudio. Durante la extraordinaria pompa y las honras excepcionales que acompañaron las exequias y la edificación de éste, promovidas y abultadas expresamente por Agripina, Séneca compuso una durísima sátira, publicada quizás inmediatamente después de la imponente ceremonia de la divinización. El título de la misma que figura en los manuscritos es Ludus de morte Claudii o Divi Claudii Apotheosis per satyram; el de Apocolocyntosis (v.), o sea «asunción entre las calabazas», se lo dio Dion Cassio (60, 35). El texto en cuestión es una de las sátiras políticas más originales; su vivacidad no decae, y su agudeza es siempre lozana, penetrante e implacable. Muerto Claudio, Séneca fue el más autorizado consejero del príncipe, y, aun sin llegar al desempeño de cargos públicos, reguló, en realidad, la política imperial. A lo largo de unos siete años, muchos actos del principado neroniano revelan manifiestamente la noble y benéfica influencia de este hombre dotado de un extraordinario talento.
Sin embargo, los propósitos de Séneca referentes al establecimiento de la libertad política y la justicia social en el gobierno del Imperio se enfrentaban con los tenaces obstáculos opuestos a ellos por el espíritu reaccionario y servil del Senado, al que, sin embargo, el filósofo pretendía restituir parcialmente la antigua autoridad, e incluso en el mismo príncipe, quien pronto habría de manifestar su torpe y desalmado carácter. El año 62, Burro, prefecto del pretorio y amigo y valioso colaborador de Séneca, fallecía posiblemente envenenado; y poco después, el maestro de Nerón, odiado por éste, que tenía por entonces otro consejero muy distinto, Sofonio Tigelino, nuevo prefecto del pretor, se entregaba al estudio en una vida casi completamente privada. En 65 fue descubierta una vasta conjura contra el emperador dirigida por un gran senador romano, Calpurnio Pisón, en la cual figuraban elevados personajes civiles y militares, entre ellos oficiales de las milicias pretorianas.
Desconocemos los fundamentos de la acusación de complicidad levantada contra Séneca; sea como fuere, Nerón aprovechó alegre e inmediatamente la ocasión que se le presentaba para librarse de su anciano y ya odioso consejero. Recibida la orden del suicidio, el filósofo demostró, efectivamente, en su último día saber enfrentarse con la muerte que durante la vida había afirmado siempre aguardar con serenidad. Entre la producción de nuestro autor llegada hasta nosotros figura una colección de composiciones morales, los Diálogos (v.). A pesar del título se trata, en realidad, de largas y animadas confidencias y declaraciones del escritor al personaje al cual está dedicado cada uno de los textos. Además de este conjunto poseemos una mitad de la obra De la clemencia (v.), originariamente en tres libros; dirigida a Nerón en los primeros tiempos de su gobierno, expone los principios fundamentales sostenidos por Séneca respecto a la administración de justicia y a la dirección del Estado.
Nos quedan, también: los siete libros De los beneficios (v.), dedicados a Ebucio Liberal, amplio estudio de las relaciones sociales basadas en la reciprocidad de los favores dados y recibidos y en el respeto a las obligaciones morales; otros siete de Cuestiones naturales (v.), dirigidos a Lucilio e integrados por el estudio de los fenómenos meteóricos y celestes; y las ciento veinticuatro cartas a Lucilio, en veinte libros (v. Epístolas morales a Lucilio), compuestas durante los últimos cuatro años de la vida del autor: especie de gran colección de ensayos morales en forma epistolar donde Séneca resume su filosofía, su experiencia, su sabiduría y su dolor, constituyen una obra orgánica y artística en la que todo el mundo puede encontrar una ayuda a las propias miserias o un consuelo en el infortunio. El filósofo escribió, además, nueve tragedias: Hercules furens (v. Hércules), Troades (v. Troyanas), Phoenissae (v. Las Fenicias), Medea (v.), Phaedra (v. Fedra), Oedipus (v. Edipo), Agamenón (v.), Tieste (v.) y Herculesi Oetaeus (v. Hércules). Se discute aún, siquiera en vano, sobre la atribución de una «praetexta», Octavia (v.), obra que en realidad es de un admirador e imitador de Séneca. Las tragedias en cuestión, destinadas a la lectura, carecen, como es natural, de una verdadera vitalidad escénica y presentan con frecuencia la pesadez y el convencionalismo de las composiciones fríamente literarias; contienen, no obstante, los elementos de una poesía dramática nueva cuyos frutos debían ser aprovechados singularmente por el teatro moderno.
Dispares son los juicios de la posteridad respecto a Séneca, a quien suele criticarse la incoherencia existente entre algunas censurables condescendencias y debilidades de su vida y la virtuosa rigidez de sus preceptos morales; ello mismo, empero, se reprochaba el propio filósofo, y no por ostentación de humildad, sino como sincera confesión. No obstante, cuantos se escandalizan de las flaquezas de este hombre, que desempeñó un papel no despreciable en el gobierno del Imperio, olvidan que la actividad pública requiere a veces con demasiada frecuencia sacrificios morales y obliga repetidamente a consentir medidas opuestas a la propia conciencia; y, también, que tales transigencias — corrientes en cualquier mal gobierno — resultan, en ciertas ocasiones, necesarias a un régimen político tendente al bien. A quienes le objetaban la diferencia entre las palabras y los hechos de los filósofos, contestaba diciendo que «éstos hacen ya mucho con la mera concepción y afirmación de las cosas honestas» (De la vida feliz, XX, I); la obra de nuestro autor es una confirmación magnífica de tan justo criterio.
En sus textos, efectivamente, pudo manifestar la libertad y la riqueza de un espíritu siempre moderno, que superaba su época y parecía anunciar sentimientos e ideas de tiempos futuros. La doctrina de Séneca está dedicada al individuo y no a la multitud; el filósofo se dirige no a la turba envilecida y extraviada, sino a quienes tienen que vivir forzosamente entre los hombres y advierten la necesidad y la fortaleza de la vida interior y de la conjunción de sí mismos con el universo. La proximidad de Séneca al cristianismo sólo puede ser defendida por los que basan su juicio en algunas fórmulas vagas de religiosidad y humanidad. Entre la doctrina de aquél y la predicación de San Pablo (v.), contemporáneo suyo, media un abismo: para Séneca el hombre se redime él mismo con la razón, en tanto el Apóstol defiende la redención del ser humano por Dios mediante la fe; en el cristianismo, por ende, es la divinidad la que salva a los hombres, mientras que en la doctrina de Séneca éstos pueden ser salvados por sí mismos: la concepción cristiana hace descender el milagro del cielo en tanto la senequista lo lleva del alma humana hacia el mundo celestial.
En el diálogo De la providencia (y.; VI, 3-5) una supuesta voz divina dice a los mortales: «Soportadlo todo con firmeza; así superaréis al mismo Dios: éste ignora el sufrimiento, pero vosotros lo vencéis. Despreciad la pobreza, puesto que nadie vive tan pobre como cuando nació; despreciad el dolor: acabará él o acabaréis vosotros; despreciad la fortuna, a la que no se ha dado arma alguna contra las almas; despreciad la muerte, final o cambio de la existencia». El núcleo fundamental de esta filosofía es el estoicismo (v.); Séneca, empero, no se encierra en unos límites filosóficos determinados, antes bien, se extiende, investiga en los diversos campos y encuentra muchas veces en el epicureismo la fórmula de sus ideas y aspiraciones. En este filósofo resulta notable la persistencia de ciertas contradicciones, en realidad más bien incertidumbres, objetivos temporales de un espíritu inquieto que se siente envuelto en el misterio de las cosas, busca asiduamente en la firmeza del alma el apoyo de su propia vida y pretende oponer al mundo natural la certeza de otro moral propio. La obra de Séneca figura entre las más vivas de la producción latina, y, a pesar de su evidente retoricismo, resulta una verdadera expresión literaria de las nuevas fuerzas ideales.
C. Marchesi

