Leandro Fernández de Moratín

Escri­tor, poeta y dramaturgo español. Nació en Ma­drid, el 10 de marzo de 1760, murió en París el 21 de julio de 1828. Como quiera que su padre, Nicolás, ayudante del guarda-joyas de la reina Isabel, fue escritor apreciado, nuestro autor es también conocido por Moratín el Joven. Nació en la capital de España, en la calle que hoy lleva su nombre, pero que entonces se llamaba de San Juan. Mimado por sus padres que habían visto morir a sus otros hijos niños aún, pasó una infan­cia desabrida, que ocupó en vastas lecturas. Estudió latín pero no llegó a la universidad. Su padre quería hacer de él un artista, por lo que le colocó de aprendiz en casa de un joyero, donde pasó varios años. Pero la vocación literaria no tardó en despertar en él.

Contaba dieciocho años cuando mandó un poema a la Academia sobre La toma de Granada, con el que obtuvo un accésit. Frecuentó los círculos literarios y las taber­nas madrileñas, especialmente el café «La fontana de oro», cerca de la calle del Lobo, que cita con frecuencia en sus obras. En compañía de jóvenes poetas hacía excursio­nes por los alrededores de Madrid, y trataba de emular a sus compañeros con ejercicios poéticos. En 1780 murió el padre. En 1782 tomó parte en un concurso académico con Lección poética, sátira contra los poetastros, que obtuvo un premio. Su primer ensayo escénico fue El viejo y la niña (v.), escrito en 1786, que al parecer es un bosquejo de El sí de las niñas (1801, v.). Hasta pasados cuatro años no logró que fuese estrenada, gracias a la protección de Godoy. En enero de 1787, por recomendación de Jovellanos, acompañó a París al conde Cabarrús, padre de la famosa Teresa, que fue más tarde madame Tallien. La embajada pasó por Barcelona, Marsella y Aviñón, y llegó a París el 29 de abril. Moratín se hospedó en la calle Vivienne, en el «Hotel de la Cour de Francia».

Allí estudió el francés con su amigo Melón y encontró a Cario Goldoni, que había dejado Venecia por París más de veinte años antes. En la capital de Francia compuso El barón (v.), una zarzuela, que más tarde rehízo. Al año siguiente, de nuevo en Madrid, le tocó vivir un período difícil. El ministro Cabarrús había caído en desgracia e incluso fue encarcelado. Moratín se hospedó entonces con su tío Miguel; gracias a la protección del conde de Floridablanca, obtuvo un beneficio de trescientos ducados en el arzobispado de Burdeos. Más tarde ganó el favor del poderoso Godoy, y se dejó tonsurar: el 9 de octubre de 1789 recibió las órdenes menores de manos del obispo de Tagaste. Así pudo tener un beneficio en la iglesia de San Bartolomé de Montoro, y una pensión de seiscientos ducados en el obis­pado de Oviedo. En disputa con un grupo influyente que impedía la representación de El viejo y la niña, publicó una mordaz sá­tira, La derrota de los pedantes (v.) En Pastrana, cuna de su familia, compuso La Mojigata (v.), cuya heroína, falsa devota, ha sido llamada la «señorita Tartufo». Allí terminó, además, La comedia nueva (v.), que fue estrenada en Madrid el 7 de febrero de 1792.

Esta obra, en la que se refleja una fuerte influencia de Molière (se notan en ella reminiscencias a la vez de Las mujeres sabihondos y del Misántropo), era también una obra «moderna», y fue discutida como una manifestación de vanguardia. La acción transcurre en un café, por lo que el público dio a la pieza un segundo título, El café; por ella Moratín pasaba a ser el jefe de los «galicistas», grupo de intelectuales impregnados de literatura francesa. Durante una estancia en Aranjuez en abril de 1792, Moratín obtuvo de Godoy una bolsa para viajar por el extran­jero. Visitó a Cabarrús en Bayona. El 18 de mayo, por miedo a la Revolución, se detuvo en Burdeos, pero luego decidió ir a ver lo que pasaba en París, a donde llegó el 25 de julio. Asistió a escenas de violencia; vio las Tullerías devastadas, el traslado de Luis XVI al Temple. Aterrado, pasó a Lon­dres, donde se encontraba el 27 de agosto; la campiña inglesa le encantó. A pesar de la modestia de sus medios, pasó allí varios meses de vacaciones. Conoció a algunos es­critores, hizo excursiones a Winchester y a la isla de Wight, y empezó la traducción de Hamlet, cuya «barbarie» trató de disciplinar. En 1793, por Ostende y Bruselas, llega a Renania, y, por Zurich, a Italia.

El 16 de octubre estaba en Roma. Visitó Flo­rencia, Bolonia, Venecia y Nápoles. Hasta 1796 no pensó en regresar a España. Llegó a Madrid el 5 de febrero de 1797. Cuatro días después se hizo cargo de su nuevo empleo de director de la oficina de traduc­ciones del Ministerio de Relaciones Exte­riores. Aquel largo viaje fue el período más feliz de su vida. Dotado de fuerte curiosi­dad, anotaba sus impresiones sobre las ciu­dades, la gente, los monumentos, y se documentaba sobre la organización de las bibliotecas: se le debe la introducción en España del sistema de catalogación por fichas cuando, en 1811, fue director de la Biblioteca de Madrid. En 1799 su amistad con Goya se hizo más íntima, y en julio el pintor terminó el bello retrato del escri­tor, que hoy se encuentra en la Academia de Bellas Artes de Madrid. Este mismo año nació la gran pasión de Moratín por Paquita Muñoz, la musa de su obra maestra, El sí de las niñas, terminada en 1801, pero que no fue estrenada hasta cinco años más tarde, después de El barón, silbado en 1803, y La mojigata, mejor acogida el año si­guiente, en el mismo teatro de la Cruz, de la capital. El 14 de enero de 1806, el estreno de El sí de las niñas, honrada con la asistencia de Godoy, alcanzó un franco éxito.

Esta comedia, en la que Moratín funde de manera muy personal el realismo bona­chón de Goldoni y la penetración psicológica de Molière, señala la madurez de su estilo y el apogeo de su carrera. Si estu­diamos las escenas sacadas de Molière (del Avaro, de la Escuela de las mujeres), com­probaremos que la Paquita de Moratín no es un mero calco de Agnès y que don Diego es mucho más bondadoso que el inquietante Amolphe. El español se enternece con sus personajes y, como Marivaux, se permite cierto espiritual sentimentalismo. Moratín era entonces un hombre que «había llegado». Compró una casa con jardín en la calle donde había nacido e hizo restaurar una bella residencia en la calle de Fuencarral, que amuebló con gusto, y en la que se ins­taló en noviembre de 1807. Pero algunos meses después, todo se hundió en España; en marzo de 1808 estalló el motín de Aranjuez, cayó Godoy, empezó la ocupación francesa. Moratín no tardó en declararse parti­dario de Napoleón y en acercarse a los nuevos amos de España. En 1811, José Bo­naparte, rey efímero, le nombró director de la Biblioteca Real y caballero del Pen­tágono. Pero en agosto del año siguiente, la derrota de los Arapiles obligó a los fran­ceses a evacuar Madrid.

Moratín huyó a Valen­cia, que pronto fue abandonada por las tro­pas de José. El escritor las acompañó al castillo de Peñíscola, donde resistieron un sitio de once meses, hasta mayo de 1814. Preso en la ciudadela de Valencia acu­sado de inteligencia con el enemigo, su pena fue conmutada, gracias a sus relaciones, por la de destierro. Camino de Francia, se detuvo en Barcelona, donde le fue permi­tido residir algunos meses. Se levantó el secuestro de sus bienes, pero en todas par­tes sentía el desprecio de sus compatriotas y sus obras fueron prohibidas. En septiem­bre de 1817, obtuvo, gracias a un certifi­cado médico, el pasaporte para Francia. Pero no fue en Aix donde cuidó su su­puesta dolencia, sino en París, de donde pasó a Bologne y finalmente a Barcelona. En 1821, al declararse la peste en esta ciu­dad, volvió a Francia. Por Bayona llegó a Burdeos y allí preparó la publicación de sus obras, que aparecieron en 1825 en París, y terminó su trabajo sobre los Orígenes del teatro español. En diciembre de 1827 llegó a la capital de Francia y allí murió meses después. Sus restos fueron trasladados a Madrid en 1853.

J. Desternes