Kostis Palamás

Nació en Patrás en 1859 y murió el 27 de febrero de 1943. Quedó huér­fano a los siete años y pasó su soñadora adolescencia en las orillas del lago de Missolongi. En 1876 marchó a Atenas para se­guir estudios de Leyes, que descuidó para dedicarse a la literatura. Casó en 1886 con María Balbi, que fue la compañera de toda su vida. Durante treinta años, de 1897 a 1927, desempeñó el cargo de secretario ge­neral de la Universidad de Atenas. Cuando se fundó, en 1927, la Academia de Atenas, figuró entre los primeros que formaron parte de ella, y fue también, en 1930, pre­sidente de la misma. Los cincuenta años de su actividad literaria, celebrados solemne­mente en Atenas en 1936, proclamaron la vasta resonancia de su obra en todo el país.

Venerado en sus últimos años como guía espiritual de la nación, vino a morir en el laborioso retiro de su casa de la calle de Periandro, en una hora grave para su patria, oprimida por la ocupación extranjera. Los solemnes honores que se le rindieron en­tonces convirtieron sus exequias en una especie de apoteosis. La figura prócer de Palamás domina no sólo con la poesía, sino también con la actividad crítica y con la humana nobleza de su personalidad, la vida espiri­tual de la Grecia moderna durante más de medio siglo. La herencia espiritual del poeta está representada por cerca de veinte volú­menes de versos, algunos dramas y nume­rosos trabajos de crítica literaria. Pobre en episodios exteriores, su vida fue, sobre todo, una vida recoleta, una vida interior de la que su poesía es espejo fiel. Su espíritu vibra con todas las impresiones, ya proce­dan del mundo exterior, ya de la fantasía. Y no se encierra en la contemplación de sí mismo; su mente, abierta a toda palpita­ción humana, se apoya en una fe inmutable y cándida en la bondad, en la belleza, en las cosas grandes y eternas, en los destinos de su pueblo, en la misión del helenismo.

La lírica de Palamás refleja con admirable varie­dad de tonos y riqueza de matices las aven­turas del pensamiento, las meditaciones de la historia, las conmociones del sentimiento poético. Por esta amplitud de inspiración, por su amplia humanidad, por la multiforme variedad de la expresión, recuerda muchas veces la polifónica lira de Víctor Hugo. Cualquier emoción se convierte en una imagen y se traduce en el verso de un modo espontáneo. No es fácil el juicio crítico so­bre una obra tan rica y vasta, y ciertamente desigual en su abundancia. La máxima altura se alcanza sin duda cuando el poeta nos revela las experiencias de su más pro­funda sensibilidad. El feliz equilibrio entre la inspiración y la expresión se encuentra plenamente logrado en la lúcida brevedad de los yambos y anapestos (1897, v.) y sobre todo en las composiciones líricas de La vida inmutable (v.), publicada en 1904, que expresa, incluso en su título, aquella vida interior en la que el poeta se complace en refugiarse.

Notable es también el pe­queño volumen Tumba, de 1897, extenso epicedio en el que el poeta llora a un hijo muerto a los cinco años. Persuaden menos, aunque alcanzan momentos felices, los poe­mas épico-líricos de mayor vuelo: Dodecálogo del gitano (1907, v.) y La flauta del rey (1910, v.), con los que el poeta trata de elevarse a las cumbres más altas de la poesía épica y nacional. Merecen especial mención también el relato La muerte del palicario (1901, v.) y el drama Trisévyeni (1903, v.).

B. Lavagnini