Karl Marx

Filósofo y economista ale­mán. Nació en Tréveris, vieja ciudad renana, el 5 de mayo de 1818, a las dos de la madrugada; murió en Londres el 14 de marzo de 1883. Entre sus antepasados paternos y maternos se cuentan numerosos rabinos, pero su padre, rompiendo la tradición familiar, fue abogado. Los comienzos de la carrera del padre coincidieron con el esta­blecimiento en Renania del régimen napo­leónico, al que al parecer supo adaptarse bien, ya que su bufete marchó viento en popa. Apenas casado, viose convertido en súbdito del rey de Prusia, y debió cambiar de religión para poder ejercer su profesión. Su mujer siguió siendo judía. Con todo, después de la muerte de sus padres, la señora Marx se convirtió al protestantismo, junto con sus siete hijos. Así, Karl, que había nacido judío, pasó a ser cristiano cuando contaba siete años. Fue un niño tur­bulento y autoritario. A los doce años entró en el gimnasio de su ciudad natal. A los diecisiete se enamoró. El objeto de su amor era una amiga de su hermana mayor, Jenny de Westphalen, hija de un gentilhombre liberal, el cual tras haber sido subprefecto de Napoleón pasó sin violencia alguna al servicio del rey de Prusia. La señorita de Westphalen era rubia y hermosa.

Contaba cuatro años más que su galán, pero éste, robusto y vigoroso muchacho, de tez mo­rena y mirada viva, aparentaba más edad de la que tenía. Empezó el idilio. Pero muy pronto Karl hubo de separarse de su amada para ir a estudiar Leyes en Bonn (1835). Allí llevó una vida alegre, participando de buena gana en las francachelas, tumultos y otras diversiones de este género, a las que tan aficionados eran los estudiantes de su tiempo. Ignoramos los progresos que hizo en sus estudios durante aquel primer año, pero todo hace suponer que fueron escasos. Lle­garon las vacaciones, que el joven pasó en Tréveris y aprovechó para prometerse se­cretamente con la señorita de Westphalen. Terminadas las vacaciones, en lugar de vol­ver a la «alegre taberna» de Bonn, Karl tuvo que incorporarse a la «casa de correc­ción» de Berlín. Así lo había dispuesto el padre, el cual estimaba que el ambiente austero de la universidad de la capital pru­siana ayudaría al éxito de los estudios de su hijo. Por lo demás, éste mostraba la mejor buena voluntad. El joven se ma­triculó en nueve asignaturas distintas. Pero no asistió regularmente a las clases. Por aquel tiempo se reveló en él cierta vocación poética. De ello resultaron tres cuadernos de versos, que el joven ofreció a su pro­metida como regalo de Navidad.

También se dio cuenta que la filosofía le atraía más que la jurisprudencia, y se apasionó por Hegel, lo cual no fue óbice para que tradu­jera (por puro gusto) Tácito y Ovidio, estudiara (con la ayuda de una gramática) el inglés y el italiano, empezara un «drama fatalista» al estilo de Schiller, una «novela humorística» a imitación de las de Offmann y un monumental tratado de metafísica y de filosofía del derecho. Sin contar, bien en­tendido, los versos: épicos, líricos, satíricos, etcétera. Pero todos estos proyectos queda­ron a medio camino. ¿Debemos extrañarnos de ello? Marx tiene sólo veinte años y desbor­da de energías. Pero no ha encontrado toda­vía su verdadera vocación y todo son tan­teos. Así las cosas, perdió a su padre (10 de mayo de 1838). Desde entonces podía elegir carrera libremente. Marx optó sin titubear por la enseñanza. Uno de sus profesores de Ber­lín, Bruno Bauer, que le había tomado afecto, fue llamado a Bonn y le prometió procurarle un puesto de «privat-dozent» en aquella universidad apenas hubiese obte­nido el doctorado. Marx se puso al trabajo y el 15 de abril de 1848 era doctor en Filo­sofía. Entretanto, Bauer, objeto de sospe­chas oficiales, fue depuesto de su cátedra y el proyecto acariciado por Marx se desva­neció. Por aquel entonces, un grupo de liberales de Renania decidieron fundar en Colonia un periódico de tendencia oposicio­nista. La dirección fue ofrecida a Bauer; Marx aceptó el cargo de subdirector y así viose metido en el periodismo. La Gaceta Renana [Rheinische Zeitung] empezó a pu­blicarse el 1.° de enero de 1842.

La primera colaboración de nuestro autor en el nuevo periódico apareció el mes de mayo del mismo año: fue una serie de artículos con­sagrados al examen de los trabajos de la Dieta renana. En octubre Marx sustituyó a Bauer en la dirección. El primer artículo redactado por él como director apareció en el número del 16 de octubre. Era una respuesta a la hoja rival La Gaceta augsburguesa [Augsburger Zeitung], que acusaba a la Gaceta renana de propagar la doctrina comunista. El artículo de Marx revelaba su embarazo ante una cuestión que aún cono­cía poco. «Estamos convencidos, escribía, de que el verdadero peligro no consiste en las tentativas de poner en práctica el comunis­mo, sino en la elaboración misma de la doc­trina comunista.» Y anunciaba su propósito de estudiar este grave problema. Poco tiem­po después el periódico fue prohibido (marzo 1843). Marx acababa de reñir con su madre que se negaba a entregarle su parte de la herencia paterna. Estaba preparando su matrimonio con la señorita de Westpha­len, cuyo padre había muerto el año ante­rior. Fue un momento angustioso. La pro­posición del editor Wigand que le ofrecía el cargo de codirector de una revista franco- alemana que debía aparecer en París, llegó muy a tiempo y le permitió salir de la difícil situación. La boda se celebró el 12 de junio de 1843.

El 11 de noviembre siguiente, Marx se instalaba en París en un modesto piso de la calle Vaneau, número 38. Al partir, comunicó a las autoridades de su país que renunciaba a la nacionalidad prusiana. Nuestro autor chocó con la indiferencia des­confiada y suspicaz de los medios socialistas y demócratas franceses. Nadie quiso apor­tarle su colaboración. Tampoco eran muy armónicas las relaciones con su colega Arnold Ruge (un hegeliano de izquierda que había conocido en el círculo de Bruno Bauer). Tras no pocas dificultades apareció el primer número de la revista (finales de febrero de 1844), que fue también el últi­mo: el comanditario retiró su sostén a una empresa francamente ruinosa (trescientos catorce ejemplares de la revista destina­dos a ser introducidos en Alemania fueron confiscados por la policía prusiana). En el primer y único número de estos Ana­les franco-alemanes [Deutsch-französische Jahrbücher] figuran dos artículos de Marx: «Contribución a la crítica de la filosofía del derecho de Hegel» y «Sobre la cuestión ju­día». A retener el primero sobre todo, en que se leen las definiciones marxistas, llamadas a ser clásicas, de la religión («La religión es el lamento de los oprimidos, el alma de un mundo sin alma, la esperanza de una condición humana sin esperanza: el opio del pueblo») y del proletariado («Una catego­ría social de alcance universal por cuanto soporta sufrimientos universales y que no aspira a una justicia particular, porque es víctima de una injusticia general (…), una clase de la sociedad que sólo puede libe­rarse liberando a las demás»).

Tales afir­maciones permiten medir el camino reco­rrido por el pensamiento de Marx en el espa­cio de un año. Después de la desaparición de la revista, Marx se halló falto de todo re­curso. Su colega le pagó el saldo de sus honorarios en ejemplares de la revista. En­tonces sus amigos de Colonia reunieron y le mandaron mil táleros (28 abril 1844). Mo­mentáneamente a cubierto de las necesida­des más perentorias, Marx llevó en París una vida retirada, leyendo, copiando o resu­miendo pasajes que consideraba significa­tivos. En los nueve cuadernos que se con­servan de este período (y parece que son todos) hallamos extractos de List, Ricardo, J. B. Say, A. Smith, Boisguillebert, etc. A base de las Memorias de Levasseur de la Sarthe, hace la disección de la Revolución francesa. Las Obras de Robespierre, que Laponneraye acabada de publicar (1840) parece que no atrajeron su atención. Las de Saint-Just (publicadas en 1834) tampoco. En cambio fue un lector atento de Los mis­terios de París (v.). Trabó estrecha amis­tad con Heine, que se encontraba entonces en la capital de Francia. En julio conoció a Proudhon; Marx apreciaba mucho su me­moria ¿Qué es la propiedad? (v.), a la que asignaba «la misma importancia para la economía política moderna que a la de Sieyés ¿Qué es el Tercer Estado? (v.) para la política moderna».

Sostuvo largas con­versaciones con Proudhon. «En discusiones que a menudo se prolongaban durante toda la noche — dirá más tarde Marx — le inyec­taba la doctrina hegeliana.» Con todo, este contacto no dio ningún resultado. Por aque­llos días se encontraba también en París el tumultuoso Bakunin. Naturalmente, vi­sitó a Marx, admiró su saber, su poderosa dia­léctica, pero sintiéndose molesto frente a un interlocutor que le era netamente supe­rior, espació sus entrevistas. «Nuestros tem­peramentos no concordaban», explicará más tarde. En septiembre, un joven alto y rubio, de aire a la vez tímido y distinguido, llamó a la puerta de Marx. Dio su nombre: Friedrich Engels. Un breve artículo suyo había apa­recido en los Anales. Ya en septiembre de 1842, de paso por Colonia, visitó la redac­ción de La Gaceta renana. En aquella oca­sión, llegó en un mal momento: tras una rápida discusión Marx se desembarazó de un visitante que le pareció importuno. Pero la segunda entrevista fue muy distinta; en ella nació una amistad que debía hacer sus nom­bres inseparables en la memoria de los hombres venideros. A principios de 1845, a instancias del Gobierno prusiano, Marx fue ex­pulsado de París. Marchó a Bruselas. Engels le ayudó pecuniariamente y se reunió con él en mayo del mismo año.

En julio-agosto hicieron un viaje a Inglaterra que permitió a Marx formarse una primera impresión de la vida económica inglesa y establecer contacto con la Asociación de Obreros Alemanes refugiados en Londres La «Liga de los Justos», fundada por los emigran­tes alemanes, en París, se había disper­sado tras el golpe de fuerza del 12 de mayo de 1839. En febrero de 1840, algunos de sus miembros, refugiados en Londres, fundaron en esta capital la «Asociación de Obreros Alemanes», que, bajo una forma legal, aseguraba la actividad clandestina de la liga. De regreso a Bruselas (20 de agosto de 1845), Marx y Engels empezaron en cola­boración un tratado de filosofía: La ideo­logía alemana, que les ocupó durante un año, pero no encontró editor (no fue pu­blicado hasta 1932). En la primavera de 1846, resultado de sus conversaciones con los dirigentes de la Asociación de Londres, Marx se consagró activamente a una tarea entonces nueva para él: la de propagandista- agitador. Organizó comités de enlace destinados a reforzar y desarrollar las relacio­nes de la Asociación con las organizaciones obreras diseminadas en los distintos países del continente. Proudhon, resentido, respon­dió a Marx: «Tras haber demolido todos los dogmatismos a priori, no tratemos, también nosotros, de adoctrinar al pueblo» (carta del 17 de mayo de 1846), pero al aparecer su libro Filosofía de la miseria (v.), envió a Marx un ejemplar con las siguientes pala­bras: «Espero el látigo de su crítica» (20 diciembre de 1846). Marx puso inmediatamen­te manos a la obra.

El 15 de julio de 1847 el «látigo» estaba dispuesto. Se llamaba Miseria de la filosofía (v.). En junio de 1847 la «Liga de los Justos» celebró un congreso en Londres. Engels asistió al mismo, pero Marx permaneció en Bruselas. El congreso de­cidió la completa reorganización de la liga. Iban a ser propuestos unos nuevos esta­tutos. La divisa de la liga era «Todos los hombres son hermanos». Pero a Marx no le gustaba. «Hay una multitud de hombres — decía — con los que no tengo ningún interés en ser hermano.» A sus instancias Engels propuso la divisa: «Proletarios de todos los países, unios», la cual fue adop­tada. En el congreso siguiente, que tuvo efecto en noviembre del mismo año, tam­bién en Londres, se cambió el nombre de la liga. Desde entonces se llamaría «Liga de los comunistas». Esta vez Marx estaba pre­sente. Él y Engels recibieron la misión de elaborar un manifiesto revolucionario des­tinado a imponer la nueva plataforma revo­lucionaria de la liga. Engels propuso una especie de catecismo en veinticinco puntos., que desagradó a Marx. En seis semanas éste redactó el texto del evangelio del proleta­riado mundial: El manifiesto comunista (v El 3 de marzo de 1848, Marx fue expulsado de Bélgica. La víspera había recibido una carta de Flocon invitándole a fijar su residencia entre los republicanos franceses. Marx pasó en París una breve temporada. Tenía prisa por marchar a Alemania donde acababa de prender a su vez la llama revolucionaria.

Instalado en Colonia, tomó la dirección de la Nueva Gaceta renana [Neue Rheinische Zeitung] cuyo primer número apareció el 1.° de junio de 1848. Tras el aplastamiento de la insurrección austríaca (1.° de noviem­bre de 1848), la contrarrevolución triunfó sin dificultad en Prusia. Pero Marx no se des­animó. Puso toda su esperanza en un nue­vo movimiento revolucionario del pueblo francés, seguido de una guerra mundial. «Tal es el programa para 1849», escribió en el número del 1.° de enero de su periódico. Éste dejó de publicarse el 18 de mayo si­guiente. Marx recibió la orden de abandonar el país. Pasó a París, de donde la policía francesa le expulsó al cabo de dos meses. No podía volver a Bélgica, en Suiza se le consideraba indeseable; optó por Ingla­terra. Llegó a Londres el 24 de agosto de 1849. Engels se estableció en Manchester. Comenzó la «noche sin sueño» del destierro. Marx ejerció el periodismo para vivir; la mó­dica retribución le era pagada con irregu­laridad. Fácilmente hubiera podido encon­trar, por intermedio de Engels, un empleo burocrático estable, que le habría permitido nivelar su presupuesto familiar. Renunció a ello por estimar que necesitaba de toda su libertad para realizar la obra que se pro­ponía emprender. En realidad, su mal retribuido trabajo diario le absorbía de tal modo que sólo podía consagrar a aquella em­presa unas horas nocturnas robadas al sue­ño.

Mal alojado, mal alimentado, lleno de deudas, vivía al día, a merced del carni­cero o del verdulero. Marx conoció entonces hasta el fondo la más negra miseria. Sólo al cabo de muchos años, en 1863, tras la muerte de su madre, su situación material se normalizó, al entrar en posesión de la herencia familiar. Con todo, sus preocupa­ciones económicas no desaparecieron ente­ramente hasta 1868, gracias a la pensión anual de 350 libras esterlinas que Engels pudo asegurarle. A partir de 1863 Marx se ocupó activamente del Capital (v.), que dor­mitaba desde hacía muchos años. El 29 de marzo escribía a Engels: «Si me fuese po­sible, ahora, retirarme en la soledad, la cosa iría aprisa». En lo sucesivo, ya no hablaría más de este proyecto de retiro estudioso. El 31 de julio de 1865 Marx anuncia que toda­vía faltan tres capítulos para completar el tomo primero, y el 7 de julio del año siguiente comunica a Engels que «espera terminar hacia fines de agosto». Pero hasta el 27 de marzo de 1867 no pidió a su amigo el dinero necesario para llevar el manus­crito a su editor de Hamburgo. El libro apareció en septiembre, en una tirada de mil ejemplares. Su resonancia fue entonces escasa. La reanudación de su actividad de militante revolucionario data también de esa época. El 22 de julio de 1863, durante una manifestación en favor de la insurrec­ción polaca, se tomó una resolución sobre la necesidad de crear una asociación obrera internacional. Fue elegido un comité encar­gado de los trabajos preliminares. Esos tra­bajos se prolongaron durante un año, y Marx no participó en ellos.

Invitado a la reunión inaugural como representante de los obre­ros alemanes, asistió a ella, según dijo él mismo, «como personaje mudo en la tribu­na». Con todo, fue elegido miembro del comité encargado de establecer el programa y los estatutos de la nueva asociación. Una enfermedad le impidió asistir a las pri­meras sesiones del comité, dominado enton­ces por Mazzini. El 18 de octubre de 1864 asistió por primera vez a una reunión; logró que el proyecto franco-italiano fuese revi­sado y aceptó encargarse de este trabajo. Resultó de ello un nuevo proyecto redactado por Marx y presentado por él bajo el tí­tulo: Addres and Provisional Rules of the International Working Men’s Association. Diecisiete años antes había lanzado su Ma­nifiesto comunista. Las esperanzas entonces fundadas en la revolución de 1848 resulta­ron frustradas. El capitalismo salió refor­zado de la prueba. Esta vez la clase obrera debía ser colocada ante sus responsabili­dades y ante sus deberes. Una serie de dis­posiciones se hacían imperativas: el enrique­cimiento progresivo de los ricos tiene como contrapartida la progresiva miseria de los pobres. Todo progreso del capitalismo no hace más que ahondar el abismo entre las clases y acentuar los antagonismos sociales. La liberación de la clase obrera es el gran objetivo al que debe supeditarse cualquier movimiento político. Esta liberación no debe limitarse dentro de las fronteras de un solo país. Solamente puede realizarse a través de una colaboración concertada por las cla­ses obreras de todas las naciones.

Se trata, pues, de despertar y profundizar en los obreros el sentimiento de la solidaridad y de la alianza internacionales. El proyecto de Marx fue adoptado por unanimidad. Desde en­tonces fue el jefe de la Internacional, pero tuvo que luchar contra numerosos adver­sarios que se negaban a someterse a su autoridad. Más que ningún otro, Mazzini, que no podía perdonarle el torpedeamiento de su proyecto. Marx le trataba de intrigante: «Haré que Bakunin coloque contra-minas a los pies del señor Mazzini», escribía a Engels. Pero pronto tuvo que colocar contrarias a los pies del «señor Bakunin». En seguida llegó el tumo a «esos asnos de proudhonistas», a los que dio el «golpe de gracia» en el congreso de Bruselas de 1868. Año tras año las luchas intestinas se fueron intensificando en el seno de la Internacio­nal. La consigna Sobre la guerra civil en Francia que Marx hizo adoptar por el Con­sejo general al día siguiente de la «semana sangrienta», provocó la dimisión de los jefes de las Trade-Unions. El 18 de julio de 1871, Marx escribía a su amigo Kugelmann, gine­cólogo en Hannover: «Tengo el honor de ser en este momento el hombre de Londres más calumniado y más amenazado». En el congreso del año siguiente, que tuvo efecto en La Haya, Marx capituló al pedir que la sede del Consejo general se trasladase a Nueva York. Esto significó prácticamente el fin de la Internacional. La conferencia de Filadelfia, en 1876, pronunció su liqui­dación general. Después de la disolución de la Internacional, Marx renunció a toda acti­vidad política, pero continuó en relaciones epistolares con los principales dirigentes de los movimientos obreros de Europa.

Su sa­lud declinaba cada vez más a partir de 1873; su mujer murió el 2 de diciembre de 1881 y él la sobrevivió hasta el 14 de marzo de 1883. El capital está considerado, en opinión ge­neral, como una obra pesada e indigesta. No lo es más ni menos que un tratado de Newton o de Santo Tomás de Aquino. Compuesto por un economista y para economistas, resulta difícilmente accesible a los que están poco familiarizados con esta ciencia. Lo cual, por lo demás, importa poco. Aunque únicamente hubiese servido para alimentar un solo cerebro, el de Lenin, habría llenado con creces el papel que le asignaba su autor. Marx no tiene el mérito de haber descubierto la existencia de la lucha de clases, pero fue él quien demostró que la lucha de clases conduce a la dicta­dura del proletariado: dicho de otro modo, a un período de transición política durante el cual la clase de los oprimidos, convertida en clase dominante, tiene la misión de opri­mir a los opresores; y que, a fin de cuentas, la dictadura del proletariado debe des­embocar en la instauración de una socie­dad sin clases, es decir, comunista. El mar­xismo no es un dogma. Es un vademécum. Tiene la finalidad de guiar el proletariado hacia el cumplimiento total de sus desti­nos. No admite desviación ni abandono du­rante el camino. Lenin lo dijo: «Limitar el marxismo a la lucha de clases es trun­carlo, mutilarlo, reducirlo a lo que contiene de aceptable por la burguesía. Sólo es marxista el que extiende el reconocimiento de la lucha de clases hasta la dictadura del proletariado» (El Estado y la Revolución).

G. Walter