Jules Michelet

Nació en París el 21 de agosto de 1798, murió en Hyères el 9 de febrero de 1874. Era hijo de un tipógrafo y tuvo una infancia triste y pobre que imprimió una huella indeleble en su espíritu. A los doce años entra en el Liceo Charlemagne, a los diecinueve es bachiller y dos años después doctor en Letras. En 1821 obtiene un puesto de profesor suplente en el Liceo Charlemagne, y al año siguiente es encar­gado de Historia en el colegio Sainte-Barbe, Ahora el porvenir parece asegurado : se casa en 1824 con Pauline Rousseau, siete años mayor que él y de aquella unión desigual e infeliz nacen Adèle y Charles. La fama de que goza el joven profesor llega a la corte de Carlos X. Llamado a las Tullerías se le encarga de la educación de la hija de la duquesa de Berry. La revolución de 1830 produce en él una inmensa espe­ranza, pronto fallida. Pero en el París in­surrecto, él se forma la conciencia de Fran­cia «como un alma y una persona» y con­cibe la idea de su Historia de Francia (v.), que deberá ser la historia de la lucha del pueblo contra todos los despotismos. Pro­fesor de la princesa Clementina, hija de Luis Felipe, en 1831 es nombrado jefe de la sección histórica de los Archivos Nacio­nales, puesto que lo pone en contacto con los documentos que clasifica y estudia. Al mismo tiempo, avanza en la carrera uni­versitaria: en 1834 es llamado para suplir a Guizot. Los cursos públicos lo ponen en contacto con un auditorio cada vez más nu­meroso.

Después de la preparación de la Histoire romaine (1831) y del Précis de VHistoire de France jusqu’à la Révolution (1833), pasa a exponer, en la Introduction à l’histoire universelle (1831), los grandes principios que orientarán la síntesis futura. Al determinismo de Thierry, opone Michelet «el principio de la fuerza viva, de la huma­nidad que se crea». Ciertamente la diferen­cia de razas ha tenido en los tiempos bár­baros una parte determinante; pero tal fac­tor ha pasado pronto a segundo plano y cuanto más se avanza en el tiempo menos válida es la tesis de Thierry. Lo que cuenta «es el potente trabajo sobre sí misma, por el cual Francia va transformando todos los elementos toscos con su propio progreso». La historia de Francia es una biografía y debe estudiarse como la vida de una per­sona querida: hay que revivirla en sí mis­ma. Y esta especie de inquietud intuitiva, ésta activa simpatía guía a Michelet cuando em­pieza a escribir la Historia de Francia. Pero, por fortuna, ha aprendido también la lección de Thierry, de que la historia sólo puede basarse en una documentación de archivo. De 1833 a 1843 la Historia de Francia es el hilo conductor de su vida. Otros estudios aparecen en el mismo pe­ríodo, traducciones de Lutero y de Vico, los Origines du droit français y el primer tomo del Procès des Templiers.

En 1838 se le confiere la cátedra de Historia y de Mo­ral en el Collège de France y el mismo año es elegido miembro del Institut. Una mu­chedumbre entusiasta sigue sus lecciones, que insensiblemente toman un aspecto po­lémico; representante de las ideas liberales y humanitarias, se ve impulsado a opo­nerse a la política conservadora y ultramontana de Guizot, a las ideas de Veuillot y de Montalembert, y a acercarse a Mickiewicz y a Quinet, con quien publica Des Jésuites en 1843. Viudo desde 1839, atra­viesa un período de vida sentimental inten­sa y atormentada durante sus relaciones con Mme. Dumesnil, muerta en sus brazos en 1842. Hacia 1841 la evolución de sus estu­dios llega a una encrucijada decisiva: Michelet comienza a recoger materiales sobre la Re­volución. El período de la monarquía abso­luta se le aparece como la lenta prepara­ción de la crisis que la derrumbará. Sus nuevos estudios sólo se manifiestan de un modo directo en 1845, en la enseñanza con el curso sobre Préliminaires, L’esprit et la portée de la Révolution, en el libro, si no con Le prêtre, la femme, la famille (1845), sí por lo menos con Le peuple (1846), obras destinadas a un público muy vasto. Para estudiar y comprender la Revolución, aban­dona todo otro trabajo. Apresuradamente entrega al editor, capítulo por capítulo, el primer volumen de la Historia de la Revo­lución francesa (v.), que aparece en fe­brero de 1847; el segundo sale en noviem­bre del mismo año.

Pero el encarnizado tra­bajo de los dos últimos años no le satisface, y sobre todo se siente solo. En este mo­mento entra en escena una joven maestra que había solicitado de él que le sirviera de guía espiritual: Athenaís Mialaret, que tiene treinta años menos que él. Nace una singular pasión entre los dos. Michelet trabaja todavía; pero se encuentra desorientado. En 1849 se casa con la joven y al período de exaltación amorosa sucede el más tran­quilo de amor conyugal. Se pone de nuevo a escribir y se entusiasma: llegado al pe­ríodo de la Convención, le parece ver la asamblea, asistir a sus sesiones, conocer íntimamente a los hombres que la com­ponen. La revolución del 48 le permite vol­ver al Collège de France, del que había sido separado a principios de año; pero al advenimiento de Napoleón III se ve pri­vado de la cátedra y, al negarse a prestar juramento, también de su puesto en los Archivos. En Nantes, en precarias condicio­nes económicas, trabaja en los capítulos so­bre el Terror, y el último volumen aparece en 1853. Bastante mal acogida por la crí­tica, la Historia de la revolución conquistó a la juventud universitaria. Después de L’étudiant (1848), otra etapa de su vasto «curso de educación nacional», publica en 1850 el segundo tomo del Procès des Tem­pliers, Les femmes de la Révolution y Les soldats de la Révolution (1854).

Vuelto a París en 1855, reanuda la Historia de Fran­cia cuya edición completa es de 1869. En la obra mayor se intercala una nueva serie lírica, un «poema de la naturaleza» en cua­tros cantos: L’oiseau (1850), El insecto (1857, v.), La mer (1861) y La montagne (1868). Con L’amour (1858) y La femme (1859) parece acrecentarse la influencia de Jules Michelet. Athénaïs Mialaret sobre la obra: la mujer ideal, la mujer que Michelet celebra con fervor un poco irritante, es la suya. Su «curso de educación social» se completa con La sor­cière (1862) y con la Biblia de la humanidad (1864, v.). Michelet pasó los últimos años de su vida en una relativa comodidad; con su mujer hizo largos viajes a Italia, a Sui­za y a Francia meridional. La derrota fran­cesa de 1870 le dictó La France davant l’Eu­rope y, a pesar de su edad, emprende en 1871 la Histoire du XIXème siècle. La viuda completó, corrigió y recompuso las obras no terminadas: Le banquet, Ma jeunesse, Mon journal, Rome, Sur les chamins de l’Europe. A pesar de las partes débiles de esta obra notable, a menudo apresurada, frecuentemente deformada por ideas proféticas que rebasan con creces el marco históri­co, esa tentativa de «resurrección integral» del pasado constituye una de las con­quistas más sorprendentes de la historio­grafía moderna.

Por otra parte, el método totalmente intuitivo de Michelet, al cual, sin em­bargo, se debe el éxito de su obra, le ha­cía incurrir en riesgos de los que no siem­pre supo salir inmune; le bastaba no estar en armonía con el tema o con el personaje para abandonar el camino recto y extra­viarse en una selva de suposiciones, de sín­tesis injustificadas, de profetismo. El estilo de Michelet es el de un gran poeta en prosa, uno de los más grandes poetas románticos con que Francia contó en el siglo XIX.

J. Brosse