Nació durante el primer decenio del siglo IX y murió, posiblemente, hacia 875. Se conoce con seguridad su origen irlandés. Se educó probablemente en algún convento de su país, donde se enseñaba el griego en textos clásicos y patrísticos y donde el estudio del latín poético, en cuanto a léxico y métrica, era muy cuidado. Posteriormente, Scoto, como los restantes sabios irlandeses contemporáneos, debió emigrar al continente a causa de la invasión danesa, que destruía los centros culturales. Hacia el año 847, en efecto, llegó a París, y entre los años 850 y 852 se hallaba en la corte de Carlos el Calvo, donde, venerado por el emperador por razón de su cultura, fue maestro de artes liberales y doctrinas teológicas, y, muy probablemente, dirigió la escuela palatina. La misión más notable de cuantas se le confiaron fue la traducción, en latín, de las obras de Dionisio Areopagita (v.) y San Máximo Confesor (v.), versión que habría de tener una amplia difusión e influir intensamente en los pensadores escolásticos.
Temperamento singular, destacó sobre sus contemporáneos particularmente por la peculiar amplitud de las bases de su cultura y por la esencia filosófica de su pensamiento. Debido a ello y a su austeridad y su entrega a la meditación, permaneció, hasta cierto punto, aislado; y, así, para explicar su característica figura la leyenda habló de una presunta e insostenible formación juvenil de Scoto en Oriente y bordó los datos posteriores de su vida. La crítica, empero, nos dice únicamente que fue llamado por el obispo Incmaro de Reims para que interviniera en la controversia acerca de la predestinación suscitada por el monje Gottschalk, y que estuvo implicado, a su vez, en reacciones y acusaciones, por considerársele racionalista excesivamente confiado en la «sapientia» mundana y poco diestro en una dialéctica de la fe mediante la cual intentaba explicar el misterio con argumentos humanos y filosóficos. Su doctrina, en efecto, fue condenada por los concilios de Valence (855) y Langres (859), su obra considerada diabólica y sus teorías tenidas como cuestiones de poca monta y cuentos de viejas (cánones IV y V del sínodo de Valence).
Probablemente, debió de ampararle contra las consecuencias de la polémica, harto apasionada, su amistad con Carlos el Calvo. El texto objeto de la acusación era De la predestinación (v.), al que siguió De la división de la naturaleza (v.), compuesto durante el período 860-865. Hacia 860-870 Scoto trabajaba todavía prácticamente libre de estorbos, luego de algunos sinsabores, en las Expositiones super Jerarchiam Coelestem S. Dionysii y las Expositiones super Jerarchian Ecclesiasticam S. Dionysii; de estas últimas poseemos únicamente los títulos, transmitidos por antiguos autores (De officiis divinis, De immaculatis mysteriis, Omeliae, etc.). Cabe citar, finalmente, las poesías de nuestro autor admiradas por sus contemporáneos y muy apreciadas incluso por él mismo; en realidad, nada tienen de poético y carecen asimismo de todo contenido artístico y filosófico. De divisione naturae, concepción jerárquica y unitaria del ser que recuerda la grandiosidad de Plotino, es la única obra orgánica y sintética de filosofía de Scoto merecedora de un lugar destacado entre los textos agustinianos y el renacimiento filosófico del siglo XI.
M. T. Antonelli

