Joseph, conde de Maistre

Nació el 1.° de abril de 1753 en Chambéry y murió el 26 de febrero de 1821 en Turin. Una de las ca­racterísticas de su infancia fue la obediencia absoluta a los padres; recuerda, al hablar de su madre, que sentíase feliz adivinando lo que ella deseaba de él. Recibió una educa­ción severa, y, bajo la guía de los jesuitas, se dedicó intensamente al estudio de las letras; aprendió cinco lenguas, a las cuales añadió más tarde el griego y el alemán. Se interesó mucho por las matemáticas y la filosofía religiosa. Para poder seguir la ca­rrera paterna (su padre presidía el senado saboyano, que era tribunal de justicia) estudió Derecho en Turin. Fue abogado general supernumerario del Senado en 1774, sustituto efectivo en 1780, y, finalmente, senador en 1788. Poseedor de una amplia cultura histórico-filosófica, y muy atento a las ideas nuevas, inscribióse en la logia masónica de Chambéry; ello le valió ante la corte la fama de liberal y jacobino. La rápida sucesión de los acontecimientos de la Revolución francesa y la ocupación de Saboya por las tropas de Francia (1792) le indujeron a una revisión de su postura política.

Fiel al monarca, dirigióse al Pia­monte, y luego emigró a Suiza. En el des­tierro de Lausana fue acumulando el material necesario para su labor, y frecuentó el grupo de los Coppet; a pesar de la dispari­dad de opiniones teológicas y políticas, no tuvo choques con Mme. de Staël. En 1796 publicó las Consideraciones sobre Francia (v.), texto que atrajo la atención de Europa hacia su autor y conoció tres ediciones en el transcurso de un año; en tal obra Maistre con­sidera a Francia como principal instrumento de la Providencia — manifestada singular­mente en las revoluciones — para el bien y el mal. No compartió el proyecto según el cual los emigrados franceses pretendían volver a su país con el apoyo extranjero. Fautor de la restauración, no admitía, em­pero, el restablecimiento de los abusos, y mostrábase opuesto al dominio del poder militar sobre el civil y a cualquier forma de despotismo; conocido es su principio en el que defiende la necesidad de predicar ince­santemente a los pueblos los beneficios de la autoridad y a los reyes los de la libertad. De Lausana marchó a Venecia, donde per­maneció dos años.

Luego, nombrado por Carlos Emanuel IV «agente de la gran can­cillería» de Cerdeña, establecióse en 1799 en Cagliari; tal cargo comportaba entre otras misiones la vigilancia del movimiento comercial y militar del puerto, y el arreglo de las dificultades cotidianas en la concilia­ción de las exigencias de Francia e Ingla­terra. Por su inteligencia y su fidelidad Víctor Emanuel I nombróle enviado extra­ordinario ante la corte de Rusia. En San Petersburgo, Maistre conquistó la confianza del zar y de sus ministros, y llegó a desempeñar delicadas misiones. A esta época pertenece la notable obra Ensayo sobre el principio generador de las constituciones políticas y de las restantes instituciones humanas (1810, v.). Entregado al estudio, trabajaba a lo largo de todo el día, y por la noche par­ticipaba en selectas reuniones, en las que recobraba la alegría innata que siempre alentara. Confesaba: «Soplo encima de este fuego cual lo hace una anciana sobre el tizón de la víspera para encender de nuevo su lámpara. Procuro alejar los sueños de brazos despedazados y cabezas rotas que me torturan sin cesar. Luego ceno como un joven y duermo como un niño. Me levanto, finalmente, como un hombre, o sea tem­prano».

Nuestro autor mostróse, no obstante, descontento de los tratados de 1815 y de la restauración. Aun cuando hubiese preferido permanecer en Rusia, la disposición de diciembre de 1815 referente a la expulsión de los jesuitas, acusados de la conversión de personalidades rusas al catolicismo, indújole, por su posición de católico, al re­greso a la patria. Un navío ruso llevóle a Calais; desde allí, a través de Francia, llegó a Saboya (1817). En 1818 se le nombró ministro de Estado, y en 1819 viose confiada la dirección de los asuntos judiciales; sin embargo, no siempre estuvo de acuerdo con la política estrechamente reaccionaria de su rey. A su muerte, Ballanche rindióle ho­menaje y le llamó «profeta del pasado y hombre de las antiguas doctrinas». En los últimos años de su existencia terminó la composición de las obras iniciadas en Rusia: Del Papa (v.), De la iglesia galicana (v.), Las veladas de San Petersburgo (v.), todas ellas aparecidas póstumas. Características permanentes de los textos de este autor son la demostración de la debilidad de la razón humana, la exaltación del dogma nacional y el respeto a la tradición. Crítico del prin­cipio contractual de Rousseau, considera la sociedad no como una asociación, sino como una agregación en tomo a un centro común, el soberano; y así, juzga la cons­titución civil de los pueblos no resultado de una deliberación, sino, antes bien, fru­to de la tradición y de las necesidades per­manentes de aquéllos.

G. Sasso