Johanot Martorell

Novelista catalán. Nació probablemente en Valencia entre 1410 y 1420. Hijo del caballero Francese Martorell, que ocupó notables cargos municipales y palatinos, y de Damiata de Montpalau, tuvo cinco hermanos, tres varones y dos hembras; una de sus hermanas casó con el poeta Ausiás March (v.). Poseemos noticias ciertas de nuestro autor correspondientes al período 1436-62. Se han conservado unas cartas suyas, de las que deducimos que Martorell fue admirador de la caballería cortesana, hombre de honor y de aventuras. En 1437, un pariente de la familia, Joan de Mont­palau, después de deshonrar a Damiata, hermana de nuestro autor, falta a la palabra de matrimonio que le había dado. El joven Martorell, ya armado caballero, sale en defensa del honor de su hermana y reta a muerte a Montpalau, según las leyes de la caba­llería. Sigue después una abundante co­rrespondencia entre ambos, en la que dis­cuten las condiciones del combate e inter­cambian insultos y mofas. El juez elegido en última instancia es Enrique VI, rey de Inglaterra, donde Martorell se traslada en 1438.

Parece que el litigio terminó — por incomparencia de Montpalau en el campo del ho­nor — con una sentencia de Alfonso IV en la que se condenaba al ofensor a una fuerte reparación económica (1445). Años antes, en 1442, hallamos a nuestro autor envuelto en otro asunto de caballería. Johanot fue desafiado por un caballero llamado Jaume Ripoll con intención de ejercitarse en las armas; en esa ocasión, Martorell rehuyó el combate por no existir motivo alguno de lucha entre ambos; Johanot aconseja a su retador que vaya a combatir bajo las banderas de Alfonso el Magnánimo, empeñado por aquel tiempo en la conquista de Nápoles. Otra vez en 1446, Martorell desafía a muerte, por motivos de orden económico, al comendador Gongalvo d’Ixar, quien no aceptó el duelo. Datos fehacientes prueban que en 1462 nuestro caballero vivía aún; a partir de esta fecha faltan las noticias. Como observa aguda­mente Martí de Riquer, la pasividad e indi­ferencia con que fueron recibidos por sus contemporáneos los desplantes caballerescos de Martorell prueban que la actitud batalladora de éste resultaba ya algo anacrónica en su tiempo. Por la primera edición de su novela Tirante el Blanco (v.), nos consta que la cuarta parte de la obra fue escrita por Martí Joan de Galba, de quien sólo sabemos que era también valenciano, que se casó en 1457 y que murió en 1490, después de otorgar testamento y poco antes de terminarse la impresión del Tirant.

La crítica más re­ciente se inclina a creer que Galba redactó algunos capítulos, corrigiendo, ampliando, adaptando y completando notas y manus­critos del propio Martorell En la primera edición consta la fecha de 1460, pero hoy se cree que la novela fue escrita hacia 1455 (Entwistle). El Tirant lo Blanc está dedicado a Fernando de Portugal, posiblemente herma­no de Alfonso V el Africano. Parte del fon­do de la novela tiene carácter autobiográ­fico. Los recuerdos de los viajes del autor a Inglaterra aparecen en la narración lige­ramente reformados. Otros elementos histó­ricos de la novela están sacados de la crónica de Muntaner (v.), en la que se narra la expedición de los catalanes a Gre­cia, acaudillados por Roger de Flor. Nuestro autor aprovechó asimismo el Libro de la Orden de Caballería (v.) de Ramón Llull (v.). Otras fuentes catalanas de la novela serían Bernat Metge (v.), Guillem de Cervera, Rois de Corella, etc. La obra revela también precedentes ingleses (relato del viaje de sir John Mandeville), franceses (El árbol de las batallas, del fraile francés del siglo XIV Honoré Bonet), castellanos (El Bursario de Juan Rodríguez de Padrón) y, de un modo particular, italianos, que entre todos son los más importantes.

La influencia de Boccaccio es decisiva en ciertos episodios; las del Dante y Petrarca son mucho menos considerables. Elementos orientales han sido encontrados asimismo en el Tirant: huellas de Las mil y una noches (v.) e influjos arábigos en la ideología de los personajes, en el detallismo de las descripciones, en el concepto exclusivamente sensual del amor y en la falta de trabas morales en hombres y mujeres. La expansión de Cataluña en el Mediterráneo y los probables viajes de nues­tro autor por Oriente, pueden explicar di­chos rastros islámicos. Una de las características más originales de la novela es la verosimilitud de casi todos sus episodios; el único pasaje verdaderamente fabuloso de la narración es el que se refiere al dragón de Lango y el caballero Espércius. No vie­nen en ayuda de Tirant fuerzas sobrenatu­rales o mágicas, ni tampoco sus enemigos son descomunales o monstruosos. A pesar de las inexactitudes históricas y geográficas, la acción de la novela discurre en tiempos y lugares conocidos. Muy citada ha sido la frase del Quijote (v.) al referirse a la no­vela de Martorell: «Aquí comen los caballeros y duermen y mueren en sus camas y hacen testamento antes de su muerte, con otras cosas de que los demás libros deste género carecen». Otra nota importante del Tirant es el humorismo, bien patente en muchas oca­siones y claramente vinculado a la men­talidad renacentista que va de Boccaccio a Ariosto.

Las escenas jocosas invaden a veces un terreno más que escabroso, en el que una obscenidad no justificada por la agu­deza o la sátira campea sin trabas. El estilo peca a menudo de retórico, con abundancia de discursos y diálogos extensos, rellenos de citas antiguas no siempre oportunas. Con todo, en muchos pasajes el autor logra libe­rarse de la moda culta y clasicista y consi­gue una frase limpia, breve y precisa, de frescor genuinamente popular. Aunque la estructura de la obra es rudimentaria y los principales elementos son tributarios de obras anteriores, puede afirmarse que el mérito de Martorell reside en haber acertado a combinar la trama y dar a la narración un tono general de novedad y amenidad, a lo cual no era ajeno un lenguaje casi siempre atractivo. La obra alcanzó cinco ediciones hasta 1497, lo que prueba el inmediato favor que le dis­pensaron los lectores. Fue traducida al cas­tellano (1511), al italiano (1538) y al fran­cés en el siglo XVIII. Su influencia sobre la literatura caballeresca posterior fue consi­derable y culmina en el Quijote. Algún crí­tico ha observado huellas del Tirant en el Orlando furioso (v.) y en las Novelas cor­tas (v.) de Bandello.