Jean de La Bruyère

Nació en Paris el 16 de agosto de 1645 y murió en Versalles el 11 de mayo de 1696. Vio la luz en la «Cité», no lejos de Notre-Dame. Pertenecía a la pe­queña burguesía parisiense; su padre, en efecto, era inspector general de las rentas municipales, y, siquiera empleado modesto, procuróle, no obstante, una buena forma­ción. Conviene decir cuanto antes que la biografía de quien había de colocarse entre los conocedores más agudos de sus contem­poráneos permanece ignorada en muchos de sus aspectos. Debió de estudiar, seguramen­te, en la Congregación del Oratorio; luego inclinóse a la carrera jurídica, terminada en la Universidad de Orleáns en 1665 con la discusión de una tesis acerca de las tutelas y donaciones; pero nunca ejerció la aboga­cía. Poco después perdía a su padre, y el cuidado de la prole (tres varones y una hembra) pasaba al tío paterno, hombre de una situación acomodada. Gracias a la he­rencia de éste, fallecido cuatro años después (1671), la familia pudo permanecer unida y conoció durante algún tiempo una vida fácil, con criados y carroza.

El futuro mo­ralista compró en 1673 y conservó hasta 1686 el cargo de tesorero general de la hacienda en Caen; se trataba de uno de tantos pues­tos lucrativos creados por el Tesoro, siempre atento a las soluciones destinadas a hacer frente a los enormes gastos de la corte: una especie de sinecura que permitía mu­chas libertades, entre ellas la de no ejercer el cargo de una manera efectiva. Precisa­mente esto hizo La Bruyère, quien siguió viviendo en París con su familia y sin modificar en absoluto sus hábitos: la lectura y la medi­tación eran entonces sus aficiones más gra­tas. En tanto el hombre sufría la vulgaridad de una vida mediocre en familia, el «filó­sofo» debía de refugiarse en su «reino», una modesta habitación «proche du ciel» donde su mente podía vagar y considerar, en la experiencia propia, la de los hombres, y advertir, cambiando la amargura en una aguda e inexorable observación, que «l’intérieur des familles est souvent troublé par les défiances, par les jalousies et par l’antipathie, pendant que les dehors contents, paisibles et enjoués nous trompent et nous y font supposer une paix qui n’y est point…».

Durante diez años La Bruyère pudo permanecer ocioso y encontrar en sí mismo la autonomía y la dignidad suficientes para llenar, como él mismo dijo, «le vide du temps». Actualmente se cree que desde 1668 iba componiendo ya su gran obra. Sin em­bargo, también para el sabio «el libre em­pleo del tiempo, el derecho a ser el único juez de lo que uno hace o deja de hacer» acaba chocando con las exigencias cotidia­nas; y así, La Bruyère comprendió, con gran pe­sar, que no sabía resignarse a su mediocre existencia y a la suerte común de los hom­bres vulgares. El 15 de agosto de 1684, bajo los auspicios de Bossuet, convertíase en uno de los preceptores del duque de Borbón, el gran Condé. El cargo que ofrecía al obser­vador un nuevo e interesante campo de indagaciones, el de la corte y sus persona­jes, y parecía igualmente propicio a una digna revelación de su doctrina, resultó ser una dura prueba, que aparece todavía más desalentadora si pensamos que La Bruyère, al aceptar el cometido, esperaba poder llevar a cabo una misión no distinta de la que Bossuet realizara junto al Delfín. Como permite comprender la correspondencia en­tre el preceptor y el príncipe abuelo, que seguía con interés los estudios del joven, las cosas anduvieron por un camino muy distinto.

El obligado respeto no logró disi­mular del todo la fatiga y la tristeza de un maestro ante un discípulo que difícilmente soportaba su presencia. Por otra parte, la innata esquivez de La Bruyère fue acentuándose de tal manera en el trato con los tres prín­cipes — de quienes sólo el primero, el héroe vencedor de Rocroi, era «un verdadero hombre, sencillo y magnánimo» —, y la con­ciencia de su propio valor se vio sometida a una tan dura prueba en la comunidad con los restantes miembros de la casa de Condé — entre los cuales resultaban singularmente odiosos los favoritos, quienes con la adula­ción acrecentaban los vicios y la insolencia de sus señores —, que aquél no consiguió, en cuanto de su parte estaba, mejorar de ninguna manera la situación, y hubo de sufrir, en particular, del carácter violento, rebelde y maligno de su tan ilustre como desatento alumno. La Bruyère, en definitiva, no estaba hecho para una existencia de cor­tesano; en sus esfuerzos por agradar al «mundo» aparecía tosco y más burgués y fuera de lugar que nunca, precisamente cuando, por naturaleza, era reservado, tran­quilo, dado a las alegrías simples y abierto a la amistad.

En conjunto, pues, se trata de un carácter incierto, que a pesar de su finura no logró imponerse como debía. Sal­vóse del pesimismo de un La Rochefoucauld, pero no llegó a la concepción amplia y serena de un Bossuet, y ello a causa de su temperamento impresionable, extraordina­riamente susceptible y fácil al resentimiento. Todo el contenido del libro Los caracteres (v.), que apareció anónimo en enero de 1688, es fruto, como se sabe, de años enteros de reflexión. Su autor fue pronto conocido, y el éxito de la obra inmediato; entre 1689 y 1693 aparecen numerosas ediciones, siem­pre ampliadas en la parte destinada a los «retratos», que los maliciosos lectores se empeñaban en identificar. Sus incertidumbres y las divergencias aparecían conve­nientemente tratadas en el estilo rico, agi­tado y exquisitamente artístico de acuerdo con el cual Julien Benda juzgó al autor «L’annonciateur de l’impressionnisme contemporain». Gustaba del detalle concreto y de las notas tomadas de la existencia real, en cuya diversidad se complacía aquella personalidad compleja y multiforme, cual para demostrar que la serenidad clásica iba enriqueciéndose con infinitos matices y pre­sentando nuevas inquietudes.

Los triunfos que jalonaron el ritmo de las distintas edi­ciones alentaron a La Bruyère, quien pensó aspi­rar a otras consagraciones, como la de la Academia de Francia. Hasta el 23 de mayo de 1693 y luego de un intento infructuoso de 1691 no consiguió ser elegido miembro de la institución. En el discurso de ingreso, uno de los más audaces y agresivos pronun­ciados ante la ilustre asamblea, el nuevo académico se revelaba partidario de los autores antiguos y declaraba la superioridad de Racine respecto de Corneille, con lo cual provocó la animadversión, difícilmente aplacada, no sólo de los defensores del drama­turgo normando, sino también de cuantos en la discusión entre antiguos y modernos apoyaban a estos últimos. En la octava edi­ción, la postrera de cuantas dirigió el autor (1694), pueden encontrarse nuevamente, de una manera directa o velada, la cólera y la amargura del filósofo, quien, como ya hemos dicho, no olvidaba; esta vez el arte no logra disimular la dureza del tono. Se trata de los años en que La Bruyère participa más abierta­mente en la vida literaria; luego habría de retirarse de la escena, para vivir los últimos tiempos de su existencia casi en el silencio. Los deberes que el título de gentilhombre, recibido a la muerte del gran Condé (1686) le imponía, no frenaron nunca su libertad; y así, permaneció en la principesca mansión con unas imprecisas obligaciones de biblio­tecario y una pensión anual de mil escudos.

En su vida de soltero impenitente se han buscado en vano influencias femeninas y el nombre de una mujer predilecta; en un siglo en el cual florecía y dominaba la ga­lantería, ¿acaso La Bruyère, quien, por otra parte, había dejado a la posteridad sutiles y agu­das reflexiones sobre el bello sexo y los misterios del corazón, consiguió, pues, elu­dir la curiosidad y la malicia de sus contem­poráneos? Acertadas resultaron sus amis­tades, sinceras y profundas, entre las cuales figuraron las de Bossuet, Boileau e in­cluso de Racine; ello no puede parecer extraño en quien define la amistad como patrimonio de espíritus escogidos. En sus últimos años interesóse en la controversia religiosa que oponía a Bossuet y Fénelon sobre la cuestión del quietismo, y, según parece, pensó llevar a cabo contra los mís­ticos lo que Pascal hiciera en las Provin­ciales (v.) contra los jesuitas; inició los Dialogues sus le Quiétisme, que quedaron incompletos y fueron publicados póstumos y mutilados (1699), y preparaba la novena edición de Los caracteres cuando una muer­te repentina por apoplejía sorprendióle en Versalles a los cincuenta y un años, entre el llanto de la mayoría: «Toute la Cour l’a regretté, et Monsieur le Prince plus que tous les autres», escribía pocos días después Bossuet.

A. Bruzzi