Jacques-René Hébert

Nació en Alengon el 15 de noviembre de 1757 y m. guilloti­nado en París el 24 de marzo de 1794. Fue hijo de una familia artesana modestamente acomodada — su padre era orfebre —, y pasó los primeros años de su vida en la ciudad natal. Su juventud resultó oscura; poco aficionado al estudio, dedicó a esta actividad una atención superficial y escasa. Arruinados los suyos por un proceso, mar­chó a París, donde le fue difícil establecer­se; y así, ejerció varios oficios, frecuentó ambientes de diversos tipos y, finalmente, halló un empleo de carácter estable en el Teatro de Variedades. Diose a conocer en torno a 1790 con la publicación de algunos libelos y la fundación del periódico Le Pére Duchesne (v.), título que pasó a ser el seudónimo del escritor. De una actitud po­lítica bastante moderada pasó muy pronto a la tendencia ultrarrevolucionaria.

En 1791 ingresó en el grupo de los Cordeliers, y en 1792 (10 de agosto) llegó a miembro de la Commune. Sustituto del procurador Chaumette, fue con éste apóstol del culto a la Diosa Razón, aprobado por la Convención el 24 de noviembre de 1793. En tomo al «Pére Duchesne» se alinearon políticos como Vincent, Chaumette, Momoro, Cloots, etc., que representaron la corriente más furiosa y extremista de la Revolución. Sobre H. pesan las obscenas acusaciones contra Ma­ría Antonieta, las bajezas del culto a la Ra­zón, las matanzas y la lucha contra el gru­po de los «indulgentes». Igualmente odioso a Danton y Desmoulins como a Robespierre, acabó siendo, sin buscarlo, un importante peón en la lucha del segundo contra los dos primeros. El dictador, a quien todo —y en primer lugar las ideas religiosas— alejaba de H., resolvió eliminarle tan pronto como advirtió que el movimiento hebertista com­prometía la suerte de la Revolución en la opinión pública y proporcionaba poderosos argumentos a la propaganda extranjera.

Probablemente ajeno a un verdadero ideal político, movido por la codicia y un bajo afán de lucro, H. — aun cuando idolatrado durante algún tiempo por la camarilla revo­lucionaria — no pudo resistir la personalidad superior y la fuerza moral de Robespierre. Y así, detenido junto con los principales representantes de su grupo el 24 ventoso del año II, fue procesado en los primeros días del germinal siguiente sobre la base de tres acusaciones: provocación de ca­restía y terror, espionaje y acuerdo con el enemigo para una propaganda destinada a desacreditar la Revolución y, finalmente, complot contra la Convención y la dictadura. Subió al patíbulo, entre la satisfacción de los partidarios de Robespierre y Danton al mismo tiempo.

R. Richard