Immanuel Kant

Nació el 22 de abril de 1724 en Königsberg, donde murió el 12 de febrero de 1804. El gran filósofo alemán vio la luz en una familia de modestos burgueses, ori­ginaria, según parece, de Escocia. Su padre era guarnicionero, y su trabajo permitía a la familia vivir con cierta holgura. La ma­dre, mujer muy religiosa y seguidora del movimiento pietista, ejerció en la formación de su hijo una profunda influencia; en efec­to, el pietismo permaneció siempre en el fondo del carácter y del pensamiento de Kant Entre 1732 y 1740 el joven Immanuel fue alumno del Collegium Fridericianum, donde recibió una educación que prolongaba y profundizaba la misma línea. Pero también allí empezó a comprender los límites mora­les del pietismo y, en general, de la instruc­ción religiosa, o sea los constituidos por los peligros de la coacción y la hipocresía, contra los cuales trataría luego de reaccio­nar, según sus críticos no siempre con éxito, en la elaboración de su ideología religioso- ética.

Una vez fuera del citado colegio, frecuentó, de los dieciséis a los veintidós años (desde 1741 hasta 1747) los cursos de la Universidad de Königsberg, teóricamente matriculado en la facultad de teología, pero en la práctica entregado sobre todo al estu­dio de la Filosofía y la Física, bajo la direc­ción de Martin Knutzen, wolffiano de cierta originalidad. Por aquel entonces dominaban en los centros universitarios alemanes las tendencias filosóficas racionalistas de Wolff y Baumgarten, cuyos manuales eran am­pliamente utilizados; en cuanto a la Física (todavía considerada «philosophia natura- lis», y, por ende, una rama de la misma Filosofía), se hallaban ya introducidos los criterios y los textos de Newton y de su escuela. Este dualismo — racionalismo en la filosofía teorética y empirismo en la cientí­fica — habría de convertirse en uno de los problemas fundamentales de Kant, el cual intentó finalmente solventarlo con el descu­brimiento de la Filosofía crítica.

En los últi­mos años de su vida universitaria el futuro gran filósofo conoció las dificultades pecu­niarias; y así, una vez dejada la Universi­dad, entre 1747 y 1754 hubo de actuar como preceptor privado de algunas familias no­bles. Siquiera no totalmente agradable, esta experiencia llevóle a la adquisición de los distinguidos modales que luego desempeña­rían un papel no despreciable en el ascen­dente personal del profesor Kant y a cierto conocimiento del mundo y de los hombres, compensación de los efectos de la vida reti­rada en que más tarde habría de encerrarse. En 1755 empezó su labor docente de carác­ter público. Las disertaciones De igne y Principiorum primorum cognitionis meta- physicae nova delucidatio, ambas de la ci­tada fecha, le valieron el doctorado y la licencia para su actuación como profesor libre en la Universidad de Königsberg; el año siguiente otra disertación, Monadolocia physica, le proporcionó la cátedra extraordinaria de Matemáticas y Filosofía, ya des­empeñada por su maestro Knutzen, falle­cido entonces precisamente.

Los cursos del joven profesor se extendían desde la Geo­grafía física hasta la Filosofía teorética; se­gún los recuerdos de Herder, sus lecciones eran seguidas por un auditorio atento y entusiasta. Al mismo tiempo, Kant inició su actividad de escritor. A 1755 corresponde también la Historia natural general y teoría del cielo [Allgemeine Naturgeschichte und Theorie des Himmels], lo mejor del autor en el campo estrictamente científico. Tal obra, en efecto, contiene la célebre hipóte­sis acerca del origen del sistema solar que, desarrollada luego de una manera matemá­tica por Laplace, privaría casi hasta nuestro siglo; en ella, Kant, que en las disertaciones en latín se inspiraba en el racionalismo de Wolff, aparece seguidor de Newton, a pesar de lo cual critica en un sentido racionalista un punto muy delicado de la filosofía newtoniana: la concepción de la contingencia de la naturaleza, característica de las tradi­ciones inglesas y a la que opone un criterio mecánico-determinista incluso respecto del conjunto del mundo natural.

La oscilación entre wolffianismo y empirismo habría de persistir a lo largo de todo el período «pre- crítico», o sea hasta 1770. Sin embargo, a partir de 1760 el horizonte kantiano se am­plía; la producción del filósofo, antes rígi­damente académica, se vuelve animada y brillante. Lo mismo cabe afirmar en el ámbito concreto de los temas, en los que Kant empieza a adoptar una posición frente a las cuestiones más debatidas en la época de la Ilustración y respecto a la filosofía racio­nalista en general. También se extienden sus lecturas, que llegan ahora a los contem­poráneos ingleses y franceses; dos de ellos, singularmente, Rousseau y Hume, ejercie­ron una influencia muy intensa en la for­mación de su pensamiento. La del primero de ambos resulta visible en toda la obra kantiana, y de una manera particular en los textos morales y políticos. Sobre la atención y la pasión con que leyó los textos de Rous­seau se cuenta una anécdota muy significa­tiva.

Kant era el hombre más metódico de este mundo; tal carácter se traduce, en sus es­critos filosóficos, en el rigor, y, asimismo, en una exasperada afición a los esquemas y a las deducciones simétricas (ejemplo típico de ello es la famosa «tabla de las catego­rías» de la que tan orgulloso estaba), y, res­pecto de la vida práctica, en gran número de pequeñas manías que probablemente de­bieron de pesar en el obstinado celibato de quien, por otra parte, apreció teórica­mente en grado sumo el matrimonio y la familia. Uno de tales hábitos era el metódico paseo de cada noche, siempre el mismo y a la misma hora; ello le había convertido en reloj de las mujeres de Königsberg, las cua­les, al verle pasar bajo sus ventanas, sabían que había llegado la hora de preparar la cena. Sin embargo, en cierta ocasión el sabio no salió a dar el paseo acostumbrado, y algunos amigos y discípulos, seguros de que debía de estar enfermo, corrieron a su casa, donde le encontraron no en cama, sino leyendo el Emilio (v.) de Rousseau, que acababa de recibir: tal lectura le había absorbido tanto que llevóle, por primera y quizá única vez en su vida, a olvidar la hora del paseo.

La influencia de Hume es igualmente bien conocida; el mismo Kant de­claró que el filósofo inglés le había desper­tado de su sueño dogmático. No sabemos exactamente cuándo leyó sus obras, ni cuá­les fueron éstas; según parece, debió de conocer primeramente una crítica de ellas contenida en un texto de Beattie, lo cual habríale inducido a leerlas. Por otra parte, ejercieron cierta influencia en su pensa­miento las lecturas, llevadas a cabo enton­ces precisamente, de los sentimentalistas ingleses, que luego criticaría, y del matemático francés D’Alembert. La ideología de Kant adquirió en esta época una orientación menos metafísica y más cercana a las ten­dencias generales de la Ilustración; el filó­sofo opone ya la certeza de las ciencias a la incertidumbre y la oscuridad de los cono­cimientos metafísicos, lo cual será uno de los motivos inspiradores de la Crítica de la razón pura.

En este sentido se da una progresión: así como El único argumento posible para una demostración de la exis­tencia de Dios (v.), de 1763, esboza la crí­tica, luego reanudada en Crítica de la razón pura, de la prueba ontológica cartesiana de la realidad de Dios, pero propone en com­pensación otro argumento del mismo carác­ter — Kant es todavía, por tanto, un metafísico —, Sueños de un visionario explicados con sueños de la metafísica (v.), de 1766, compara sarcásticamente las fantasías del visionario sueco Swedenborg con las de los metafísicos, y revela una clara influencia de Hume. Por aquel entonces las enseñanzas universitarias del gran filósofo sufrieron asimismo un cambio de rumbo: en un pro­grama para los cursos del semestre de in­vierno 1765-66 afirma Kant que debe darse a los estudiantes una sólida base empírica anterior a la introducción de éstos a la especulación, y que sólo es posible enseñar la forma de filosofar, pero no la filosofía.

Mientras tanto, en Observaciones acerca del sentimiento de lo bello y de lo sublime (v.), de 1764, se entregaba, siguiendo las huellas de Hume y Burke, al análisis psicológico de algunas categorías, al par que la Investi­gación para introducir el concepto de las cantidades negativas en la ciencia (v.), de 1763, permitía vislumbrar ya los rasgos esenciales de lo que habría de ser la filoso­fía de la ciencia en la Crítica de la razón pura. 1770 fue un año de trascendental im­portancia en la biografía de Kant, el cual hasta entonces había desempeñado en la Universidad un cargo meramente secundario y mal retribuido, al que poco añadían el puesto y el estipendio de segundo bibliote­cario. Desde 1758 ejercía la cátedra ordi­naria de Lógica y Metafísica cierto profesor Buck; en marzo de 1770, fallecido el titular de Matemáticas, Langhansen, Kant logró que Buck, quien así lo deseaba, pasara a ocupar esta vacante, y que él fuera llamado al puesto del trasladado, cátedra que, práctica­mente, desempeñaría hasta su muerte.

Con tal motivo, y según las prescripciones aca­démicas, escribió la célebre disertación De la forma y los principios del mundo sensible y del mundo inteligible (v.), en la que por vez primera aparecieron los rasgos de su pensamiento, crítico. Luego, durante once años, y precisamente hasta 1781, el filósofo, que en el período anterior había sido tan activo y fecundo, no publicó nada; aun sus lecciones de aquella época parecen no haber resultado muy originales. El citado año, empero, apareció la obra que había de revolucionar el mundo filosófico: la Crítica de la razón pura (v.). Kant despertaba definitiva­mente «del sueño dogmático» y anunciaba al mundo no sólo una filosofía nueva, sino también una innovación en el método filo­sófico: la filosofía y el filosofar críticos. Sin embargo, al principio nadie percibió la no­vedad, y sólo en 1782 apareció en Gelehrte Anzeigen, de Gotinga, una crítica anónima (de Cristián Garve, según se supo más tarde, y refundida por G. E. Feder) cuyo autor declaraba no haber comprendido nada; por- otra parte, muchos amigos de Kant se lamen­taban de que la obra resultara «difícil».

El sabio, para responder al crítico de Gotinga y exponer más claramente las ideas conte­nidas en su famoso texto, escribió los Pro­legómenos a toda metafísica futura (v.), pu­blicados en 1783. Iniciábase ya un segundo período en la actividad crítica de Kant: la pluma inmóvil durante once años volvía a ser fecunda, y, con una conciencia nueva, restablecía el interés por las cuestiones de la fase precedente; el autor, a la luz de la filosofía crítica, reflexionaba acerca de todos los problemas espirituales de la Ilustración, desde el religioso hasta el político, y, con otros planteamientos, orientábalos hacia nuevas actitudes. Así, entre 1785 y 1790 aparecieron las otras dos grandes Críticas kantianas: la Crítica de la razón práctica (1788, v.), precedida por el Fundamento de la metafísica de las costumbres (1785, v), y la Crítica del juicio (1790, v.), obra a la cual precedió el Uso de los principios teleológicos en filosofía (1788, v.). Junto a ello vieron la luz textos de menor impor­tancia, como ¿Qué es la Ilustración? (1784, v.), Idea de una historia universal desde el punto de vista cosmopolita (1784, v.) y Presumible inicio de la historia humana (1786, v.).

Mientras tanto, había estallado en Francia la Revolución, acontecimiento que provocó en Kant, lo mismo que en muchos otros genios de Alemania, emoción y entu­siasmo. Se trataba, en efecto, de la realiza­ción de las ideas de Rousseau, que equivalía para el filósofo a la de su pensamiento ético – religioso. Dentro de este ambiente aparecieron dos de sus obras más significa­tivas: un texto político, el proyecto La paz perpetua (1795, v.), y La religión dentro de los límites de la sola razón (1793, v.), sobre filosofía de la religión; de poder ser calificado Kant «librepensador» habría de serlo por esta obra. Los tiempos, empero, no eran propicios para la publicación en la Prusia de Federico Guillermo II de un texto por el estilo, siquiera aprobado por los teólogos (evidentemente con un criterio un tanto amplio) de Königsberg, sobre todo tras la gran fama que entonces había alcanzado ya el filósofo; todos los monarcas reaccionarios hallábanse entonces en pie de guerra contra la Revolución y las ideas «jacobinas». Y así, el autor recibió del rey, instigado por el ministro Wöllner, una severa reprensión, unida a la amenaza de sanciones en caso de que persistiera en su actitud.

Kant no era, posiblemente, un héroe; indudablemente, se trataba, en el fondo, de un conservador, muy respetuoso con la autoridad consti­tuida. Y escribió en su diario: «La retracta­ción resultaría vileza, pero el silencio, en un caso como éste, es un deber de súbdito». En consecuencia, respondió al soberano que «como vasallo fiel de S. M.» se abstendría de escribir sobre filosofía religiosa. Tal fórmula, empero, representaba, para él, un compromiso contraído personalmente con el rey Federico Guillermo II, por cuyo motivo consideróse libre a la muerte del monarca (1797), y, tomando nuevamente la pluma para tratar el tema en cuestión, refirió todo el asunto en la Disputa entre las facultades (1798, v.). El año anterior había publicado su última gran obra de filosofía moral, la Metafísica de las costumbres (v.). El pe­ríodo que siguió luego y acabó con la muerte del sabio, ocurrida tras una lenta y prolongada agonía, supone una etapa de plena decadencia.

Durante ella, Kant intentó escribir aún sobre temas filosóficos, y ela­boró un sistema metafísico definitivo basado en los principios expuestos en el curso del decenio anterior; sin embargo, sus intentos, reunidos en Opus postumum (v.), sólo con­siguieron poner de manifiesto la ruina de una de las mayores mentalidades europeas.

G. Preti