Hugo von Hofmannsthal

Nació en Vie- na el 1.° de febrero de 1874 y murió en Rodaun el 15 de julio de 1929. De Viena, cri­sol de germanismo y latinidad y enlace del Occidente con Oriente, fue, por la heren­cia natural de su sangre mezclada, no exen­ta de cierta ascendencia italiana, y más aún por herencia espiritual, uno de los repre­sentantes e intérpretes más auténticos. Tras haberse revelado poeta con una. precoci­dad rimbaudiana, compuso, entre los dieci­séis y los veinticinco años — período en cuyo transcurso relacionóse pasajeramente con el poeta Stefan George y su revista Hojas para el arte (v.), cenáculo del sim­bolismo alemán —, todas sus Poesías y los breves dramas líricos Ayer (v.), La muerte de Tiziano (v.), El loco y la muerte (v.), La mujer en la ventana [Die Frau im Fenster, 1897], La mina de Falún (v.) y El aventu­rero y la cantante [Der Abenteurer and die Sängerin, 1899]; teatro de tonos hasta en­tonces desconocidos en la poesía alemana, «pequeño teatro del mundo», para llamarlo con el título calderoniano de uno de tales dramas (Das Kleine Welttheater).

Durante estos años de juventud el autor residió en Viena, agasajado en los ambientes munda­nos y en los círculos literarios, y relacio­nado con Schnitzler, Bahr, etc. Estuvo repe­tidas veces en París, pero manifestó una preferencia especial por Italia, que visitó con frecuencia, y, sobre todo, por Venecia, elegida como escenario de seis de sus obras; en dicho país conoció a D’Annunzio, de quien el adolescente fue crítico férvido y, al mismo tiempo, severo, y a la muy admi­rada Duse. En su primera y espléndida eta­pa lírica o en la siguiente — la de las in­quietas y tenebrosas refundiciones de tra­gedias griegas e isabelinas, como Elektra (v. Electra), Edipo y la esfinge (v. Edipo) y Venecia salvada (v.) —, intermedio trá­gico y descenso al «vacilante reino subte­rráneo del yo», deteníase la crítica oficial contemporánea, que sepultaba al poeta a los treinta años y con los gastados epígrafes de niño prodigio, decadente y esteta. Sin embargo, H., abandonando muy pronto el supuesto jardín cerrado del egoísmo esté­tico, y, asimismo, la obsesiva cárcel de lo singular, elegía el camino señalado por su obra La mujer sin sombra (v.), que de las encantadas soledades baja hasta las sendas fatigosas de los hombres para amarles y servirles.

A la profundidad y a la incorruptibilidad, pero también a la ligereza y a la gracia, de un mensajero espiritual vincu­lado a un servicio terreno se debe la pro­ducción de su madurez, testimonio cada vez más evidente de su preocupación humana y social. A este fértil período pertenecen los mejores textos de la lengua alemana en cuanto a prosa narrativa (Andreas, La mu­jer sin sombra) y de ensayo, su obra de pa­triota en la más límpida acepción de la palabra, de animador de tradiciones (a él se hallan vinculados los Festspiele de Salzburgo) y de ilustre europeo religiosamente consciente de las responsabilidades del poe­ta; en esta fase cabe situar asimismo una rica producción teatral, grave en significa­dos metafísicos, pero abierta al juego, la danza y la música: las delicadas comedias con un ambiente de fondo propio del si­glo XVIII (El regreso de Cristina [Cristi­nas Heimreise, 1910]) o contemporáneo (El dificultoso, v.), casi un autorretrato, el mis­terio Jedermann (v. Cualquiera), los libre­tos de ópera para Richard Strauss (El caba­llero de la rosa, v., Ariadna en Naxos [v. Ariadna], La mujer sin sombra, Elena Egip­cíaca, Arabella, v.), que guió por derrote­ros también musicalmente más claros, y los dos grandes dramas religiosos y políticos que cierran la actividad teatral de H., o sea el misterio El gran teatro del mundo de Salzburgo (v.) y la obra testamentaria La torre (v.). Establecido a principios de siglo en Rodaun, cerca de Viena, el poeta abandonó esta localidad sólo con motivo de algunos breves viajes a Escandinavia, du­rante la guerra y en misión cultural, Gre­cia, y el norte de África. Su vida, llena de conmociones y tendencias espirituales más bien que de episodios externos, concluyó precoz y trágicamente con la muerte repen­tina del autor frente al cadáver de su hijo suicida.

G. Bemporad