Nació en Recey-sur-Ource (Côte d’Or) el 12 de mayo de 1802 y murió en Sorèze (Tam) el 22 de noviembre de 1861. Su trayectoria espiritual es comparable a la de muchos jóvenes. En realidad, nada más corriente que este muchacho burgués, hijo de un médico de Dijon, que, en los años de la segunda enseñanza y de la carrera en la École de Droit, abandonó la fe de su infancia. Una crisis espiritual, acerca de la cual no dio muchas explicaciones, llevóle a París; y así, abandonado el Derecho, en el que estaba haciendo sus primeras pruebas, ingresó en el seminario de Saint Sulpice. Ordenado de sacerdote (1827) y nombrado capellán del liceo Henry IV, encontró entonces a Lamennais, y, en contacto con esta alma de fuego, vio desaparecer las prevenciones que contra él alentara. Estuvo en «La Chênaie», y sus escritos fueron leídos en L’Avenir; sin embargo, cuando la autoridad eclesiástica condenó el joven movimiento que pretendía reconciliar la Iglesia con el mundo moderno, Lacordaire, a distinción de Lamennais, sometióse plenamente y llegó a publicar una refutación de las tesis de su amigo de antaño.
Reanudada y ampliada su labor de apostolado intelectual, consiguió una celebridad tan grande que el arzobispo de París ofrecióle el púlpito de su catedral. Nacieron así las Conferencias de Notre-Dame .(v.), que todavía hoy honran al famoso templo parisiense. Durante dos años seguidos Lacordaire expuso ante las enfervorizadas multitudes la posibilidad de una reconquista de la sociedad surgida de la Revolución por el cristianismo. Sin embargo, y como prosecución de su propio itinerario interno, el orador trataba de encontrar un marco espiritual firme, estable, anclado en la tradición y abierto, al mismo tiempo, a las innovaciones; lo halló en Roma en 1838, en la orden de los Dominicos, de la que tomó el hábito, y en el pensamiento de Santo Tomás de Aquino. Vuelto a su patria en marzo de 1839, restableció en ella la citada orden, publicó (1840) una sensacional Vie de S. Dominique, y, reanudada la predicación en Notre-Dame, fascinó al auditorio con el recuerdo de la «vocación religiosa de Francia». A lo largo de trece años muchas ciudades del país oyeron su palabra, ardiente, conmovida y entusiasta.
Una tercera etapa espiritual, empero, presentábase ante esta alma exigente, que, a partir de 1854, y con residencia fija en Soréze, se consagró exclusivamente a la formación de la juventud, esperanza de la renovación cristiana. El colegio provenzal de novicios de Saint-Maxi- min fue objeto de todas sus atenciones. Recién terminada la composición de una conmovedora Vie de Marie-Madeleine y de un Testament espiritual, le sorprendió la muerte, aun joven. Mucho deben a Lacordaire la historia de la elocuencia en Francia y la orden de los Dominicos.
D. Rops

